Ailin

Capítulo 8

Él siguió caminando despacio, como auditor interno evaluando cada rincón con un KPI secreto que yo no había firmado.
No tocaba nada, pero todo parecía reaccionar a su presencia.
Incluyéndome a mí.

—Tu casa dice mucho de ti —comentó, sin verme directamente—.
Más de lo que tú crees.

Su voz cayó suave, como un memo confidencial que solo dos personas deberían leer.
Y, aun así, me atravesó.

—¿Ah, sí? —pregunté, cruzándome de brazos para parecer menos afectada—.
Ilumíname, consultor misterioso.

Él rió.
Bajo.
Casi elegante.
Como si su risa viniera con traje.

—No te ilusiones —dijo, acercándose apenas—.
No estoy analizando tu vida.
Solo… reconociéndola.

—¿Reconociéndola? ¿Desde cuándo?

Él se detuvo justo frente a mí.
Demasiado cerca para alguien que no se quiere confesar.
Demasiado lejos para alguien que ya me tiene el corazón en reunión extraordinaria.

—Desde antes de entrar —respondió él—.
Y no por tu casa.

Mis pulmones hicieron huelga.
Él no parpadeó.
Yo sí.
Tres veces.
Por si la realidad necesitaba actualizarse.

—¿Entonces por qué? —pregunté, odiando lo frágil que sonó mi voz.

—Porque tú no eres nueva para nadie que presta atención.

Su frase cayó como un reporte que nadie quería leer, pero todos necesitaban.

—Empiezas a sonar filosófico —intenté bromear.

—No.
Empiezo a sonar honesto.

Y ahí… algo en mí vibró.
Como si él hubiera tocado un cable suelto dentro de mi pecho.

Él dio un paso más.
Uno solo.
Suficiente.

—Te dije que no corro detrás de nadie —murmuró—.
Pero también dije que no me iba si me quieren cerca.
Y tú… no me abriste la puerta para que me fuera.

Boom.
Poesía corporativa, sí, pero con impacto.

Yo tragué.
Lento.
Como si mi garganta también estuviera procesando la auditoría emocional.

—Todavía no sé si necesito que te quedes —respondí.

—No te pedí claridad —dijo él, con esa sonrisa que parecía una firma al final de un contrato peligroso—.
Solo espacio.

—¿Y qué pasa si no quiero darte espacio?

Él levantó la mirada, directo a mis ojos.
Firme.
Seguro.
Casi tierno.
Pero no blando.
Nunca blando.

—Entonces dame tiempo.
Que al final… es lo mismo.

Y ahí supe que la tormenta no venía de afuera.
Venía de él.
Y que yo, por razones que jamás admitiría en voz alta,
ya estaba abriendo el paraguas al revés.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.