Ainelen y el temible reino de los malditos

EL ORIGEN

Hubo un tiempo, en que la alianza era el lenguaje común entre los humanos y hechiceros, unidos por un vínculo en el que ambos mantenían el orden. No había enfermedad en los campos ni hambre en las aldeas, pues los hechiceros eran los jardineros del alma de la tierra.

Allí donde ponían sus dedos, la tierra respondía en chispas brillantes con frutos dulces y diversas flores, cuyos poderes también restauradores, hacían que la vegetación brotara en los lugares más áridos, y sanaban las heridas que las tormentas dejaba en los bosques. Aquella lealtad mutua fue armoniosa, mientras los hechiceros cuidaban de la naturaleza, la naturaleza cuidaba de los hombres.

Y así permanecieron durante muchos siglos hasta que un día, el rey Leonorius, un humano cegado de envidia por un don que no podía poseer, decidió ir a un lugar en donde la luz no se atrevía a entrar y suplicarle al diablo para que la humanidad también alcanzará la magia. A cambio, el mismo diablo le propuso un pacto innegociable. Todos los humanos controlarían una nueva magia mucho más resistente, pero no nacerían de la armonía, sino del sacrificio. Debían de consumir las almas de quienes tanto envidiaban, o sino, tanto sus poderes como la salud se desequilibrarían, debilitándose lentamente hasta morir. El rey, desesperado de deseo, aceptó sin importarle las consecuencias.

Entonces, todo cambio drásticamente. La fauna de los reinos humanos se modificó a un espejo de la maldad del diablo, hundiéndose en un eterno invierno sombrío. Sus tierras perdieron fertilidad, los frutos se volvieron tóxicos y venenosos, los ríos dejaron de fluir aguas claras, las montañas se asemejaron a cráneos gigantes vigilando el abismo, los árboles mutaron por la sequedad a escalofriantes formas, similares a dedos hambrientos arañando un cielo plomizo en qué el sol se negaba a aparecer ante un ambiente profanado.

Los animales se transformaron en criaturas deformes, y incluso, muchos en monstruos sedientos de hambre que rondaban por los nuevos bosques tenebrosos. Los humanos consiguieron dones mucho más poderosos y distintos a los de sus aliados, pero también perdieron todas sus características, y la gran mayoría la capacidad de sentir amor o compasión. Sus corazones se volvieron fríos, encontrando el placer únicamente en el dominio y el dolor ajeno. Aquello no fue un pacto, sino una maldición en la que solo podían escapar con la muerte. Los hechiceros, conmovidos por el miedo, más contagioso que cualquier plaga, quebraron su antigua confianza, y nombraron a los nuevos humanos “los malditos”.

Fue una ruptura definida, un aislamiento forzado en el que ambas especies se retiraron a los confines de sus propias tierras, creando fronteras infranqueables cargadas de un odio mutuo, y separadas por un mar de desconfianza. Por desgracia, la sed de los malditos era insaciable, un tormento de debilidad en que solo las almas de los hechiceros podían saciar de manera temporal. El acercamiento fue inevitable, y cada vez más vidas fueron arrebatadas desde sus propias manos. Las primeras Guerras no buscaban la gloria, ni la conquista de terrenos, simplemente la prolongación de su propia existencia maldita. Ya no existía aliados, solo un mundo de presas y cazadores.

Tras décadas de sangre derramada, los hechiceros comprendieron que sus nuevos adversarios eran casi invencibles, y no tuvieron más remedio que ajuntarse con los hechiceros supremos, y entre todos entrelazar la magia para invocar un hechizo de traslación continental. Bajo el amparo de las estrellas, las tierras fértiles cambiaron de ubicación, situándose en un mar remoto, un refugio secreto en donde respiraron por primera vez después de mucho tiempo. Los malditos quedaron atrapados en sus tierras tenebrosas, gritando de hambre ante un horizonte que ya no les pertenecía, mientras se iban extinguiendo poco a poco.

El rey Leonorius, consumido por la vejez y la falta de inhalación de almas, intentó deshacer lo que su orgullo forjó, regresando ante el diablo y rogarle con su último aliento una oportunidad para qué la humanidad volviera a ser la de antes. El diablo en lugar de otorgarle aquello, lanzó un conjuro final de desplazamiento hacia su reino maldito, el último que quedaba con vida. Reapareció al mismo mar donde los hechiceros se habían refugiado, y allí permanecieron, sin causar más masacres, ocultos de manera misteriosa tras los pliegues de la neblina marina. Los rumores entre hechiceros se convirtieron en un autentico enigma. Nunca supieron realmente si sus tierras también fueron desplazadas, o si fueron extinguidos en su propia oscuridad a la otra punta del océano, pero aún así nadie se atrevía a navegar hacia lo desconocido para comprobarlo.

Al transcurro de los siglos siguieron sanando la tierra y hacer brotar la vida, pero no podían sanar el vacío que dejó la traición. Estar en alerta se volvió una costumbre, ya no miraban al horizonte con esperanza, sino con sospecha. El miedo quedo grabado en sus corazones con la fuerza de una runa imborrable. La lealtad rota les había dejado una lección amarga; la envidia era el peor veneno, capaz de devorar la belleza del mundo en un solo suspiro.




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