Ainelen y el temible reino de los malditos

CAPÍTULO 1

El día de mi nacimiento el reino de Arwerland se celebró a lo alto, convirtiendo cada aldea en un estallido de luces y música. Hubo banquetes donde la fruta brotaba de las mesas al ritmo de las risas, y los hechiceros, olvidados de sus guardias y centinelas, brindaban por su nueva heredera. Cuando mis padres dieron un paso hacia el balcón de mármol, el clamor del pueblo fue tan ensordecedor que pareció sacudir las nubes. Me alzaron a la vista de todos como si fuese una señal divina, envuelta de mantos de seda dorada.

Mis padres junto a mi hermano mayor, Theodorian, traían puesto unos refinados atuendos blancos adornados en oro y plata, cuyo brillo relucía con fuerza al contacto de la luz exterior. Aquella multitud de hechiceros también asistieron de blanco, era nuestro color esencial, simbolizaba la pureza y la bondad. Las flores qué rodeaban el balcón eran hermosas, de distintas formas, tamaños y colores, sus suaves tonos transmitan una sensación de serenidad, y un dulce aroma que se desprendían por el ambiente. Miles de manos se elevaron hacia el cielo, soltando micro esferas de luz de varios colores que crearon una lluvia mágica sobre la plaza. Mi padre se animó a llevarse las manos a las sienes y se despojó del oro con una genuina sonrisa, pensando qué sería gracioso colocármela sobre mi pequeña cabeza. La corona inmensa para mi tamaño, resbaló hasta mis hombros, dándome un aspecto de pequeña y adorable soberana.

Mi madre le miró medio confusa, pero no dijo nada, en cambio mi hermano soltó una carcajada cristalina que contagió a los cortesanos y el rey, entre risas, recuperó su corona para devolverla a su lugar. El pueblo, al ver la faceta más cercana y bromista de sus reyes, estalló en un aplauso cálido, celebrando no solo a una heredera, sino a una familia feliz.

Transcurrieron unos cuantos años...

Una tarde, después de una larga mañana de lluvia salí al jardín, en donde una ráfaga de aire se abalanzó sobre mí, helándome la punta de la nariz y colándose por el cuello del vestido. Fue un choque brusco que me obligó a tensar los hombros, pero no me detuve, mi cuerpo estaba protegido por el calor del tejido. Ajusté el agarre de mi capa y seguí adelante.

Mis zapatos aplastaban la hierba mojada a un ritmo constante, observando las gotas de lluvia que temblaban en las hojas, y los arbustos repletos de geranios moverse a merced del gélido viento.

Al final de un sendero de piedra, vi a una extraña mariposa posándose sobre la superficie de una estatua representativa de reno. Levanté la mano muy despacio con el deseo de sentir el tacto de sus irreales alas, cuyo color me fascinó por completo. Era semblante al zafiro pero con un ligero matiz rosado, jamás había visto algo parecido.

En el segundo qué sintió el calor de mis dedos, la mariposa desplegó sus alas con un aleteo rítmico y se elevó. Sin pensarlo, la perseguí entusiasma, estirando los brazos con la intención de atraparla, a pesar de la distancia. Esquivé los charcos que la lluvia dejó, sintiendo el aire frío golpeándome el rostro y haciéndome soltar una carcajada llena de vida. Correr me devolvió el calor en aquel rato, mi vestido blanco ondeaba a mi alrededor como una bandera mientras ella subía y bajaba, burlándose de mi torpeza con su agilidad aérea.

Tenía la vista tan clavada a la mariposa qué ignore todo mi alrededor, hasta qué choqué contra una columna de arcos y caí al suelo. Solté un bufido de vergüenza, por suerte apenas me hice daño, tan solo unos rasguños en las palmas de las manos y un escozor de pocos golpes en las rodillas. Me puse en pie algo aturdida por el impacto, me limpié el barro de los guantes y sacudí el polvo de mi vestido.

Al mirar arriba, la mariposa se posó sobre una margarita sobresaliendo de una planta trepadora. Me acerqué en un solo paso, observando con los ojos muy abiertos como sus alas se camuflaban a la perfección de los pétalos, cuyo color eran idénticos, tan vibrante y profundo como si ambos seres hubieran sido pintados con el mismo pincel.

—Si ese color simbolizará algo, seria la belleza —pensé.

La mariposa de nuevo salió volando, esta vez la altura fue tal qué no pude seguirla, se camuflo entre las ramas de los arboles y la perdí de vista. Pero no le di más importancia, ahora quería tener aquella insólita margarita en mis manos. Levanté el brazo estirándolo por completo, sin embargó, estando de puntillas apenas la alcanzaba.

Entonces, decidí alejarme para buscar ayuda. Pocos minutos después encontré a mi madre a lo lejos, paseando en solitario con su elegancia serena de siempre, y me lancé hacia ella con la urgencia. Al llegar a su lado, jadeando y con las mejillas encendidas por el esfuerzo y el frío, la agarré de la mano para arrastrarla hacia el arbusto.

—¡Madre! —chillé, con una sonrisa que apenas cabía en mi pequeño rostro.

Ella dio un respingo, y se giró rápidamente, envolviéndose más en su capa turquesa, a juego con su mirada.

—Hija, ¿qué diantres haces aquí? Hace demasiado frío para que estés fuera —me regañó.

—Necesito tu ayuda —pedí ansiosa.

Eludiendo mi súplica, me agarró de las manos para analizarlas.

—Tienes los guantes manchados —exclamó sin ningún ápice de agrado. A veces, ella podía ser un poco severa.

—Es qué me caí... —tartamudeé.

—¿Te has echo daño? —preguntó con algo de aspereza.

—Un poco —me levanté la falda, mostrándole los golpes.

Ella se llevo una mano en la frente y soltó un jadeó.

—Pero qué torpe eres —murmuró.

—Por favor, ayúdame a recoger una flor —persistí.

—¿Una flor? —encarnó una ceja.

—Sí, sí, sí, sí... —respondí con gran ahínco.

Me miró desde su altura, con una amargura qué me congeló la sonrisa.

—Esta bien, ¿cual es?

—Sígueme —dije, y sin perder el entusiasmo. Le cogí la mano y la guié.

Mis pies bailaban sobre la piedra del sendero mientras ignoraba los suspiros de desgana que ella soltaba a mis espaldas. Estaba convencida de que la belleza qué nos esperaba en el jardín acabaría por contagiarla también.




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