El sol del amanecer se filtraba por las cortinas, iluminando mi desayuno sobre las sábanas, una rica tostada untada de tomate y queso por encima, junto un batido de uvas recién exprimido.
Justo en ese instante, la puerta se abrió con un roce familiar. Mi padre, el rey, entró con tranquilidad, y se sentó al borde de mi cama, ignorando la sencillez de mis ojos castaños que lo miraban con asombro.
—Buenos días, hija mía —había un brillo de complicidad en su mirada colorida que no supe descifrar.
—Buenos días, padre... —llegué a decir, algo confundida.
No solía entrar a mi habitación muy a menudo. Normalmente pasábamos tiempo juntos en otros rincones del castillo, jugando a juegos de mesa, instruyéndome en nuevos aprendizajes, paseando por los jardines... etc.
«Quizás había ocurrido algo».
—No estas muy alegre —comentó con buen humor.
Hice una mueca de perplejidad.
—¿Yo? —me señalé, y inquirí medio tartamudeante—. ¿A...no?
—Para ser tú cumpleaños no te veo demasiado entusiasmada —me recordó.
Puse los ojos como platos.
—Creí qué mi cumpleaños sería mañana.
Él se río a carcajadas, y me rodeo del hombro.
—No tardaran en regresar las doncellas, cuando estés preparada los guardias te escoltaran hasta el jardín, allí te esperaremos —pidió con cariño.
—¿Y qué haremos al jardín? —curioseé.
Se levantó.
—No puedo decirlo aún, será una sorpresa —me guiño el ojo.
Esbocé una sonrisa cargada de alegría.
—¿¡Una sorpresa!?! ¿¡Para mí!? —repetí entusiasmada.
Asintió.
Mi padre salió de mi habitación y como él comentó, las doncellas vinieron en pocos minutos a colocarme un vestido de seda blanca con pequeños adornos florales esparcidos de gemas grisáceas. Las telas iban combinadas con los guantes, el velo y la mantilla, ocultando mis rasgos como siempre. Hoy, de manera muy refinada.
Después, escoltada por los guardias qué me guiaban al destino, me dejé cautivar ante sus blanquecinas armaduras, pulidas hasta la perfección. Bajó el contacto del sol, relucían con tanta intensidad que casi dolía los ojos de mirarlas, imitando el leve brillo iridiscente de los diamantes. Sobre sus cabezas, los cascos con astas de reno se alzaban hacia el cielo con una belleza salvaje, y en sus corazas, exhibían dibujado en relieve el escudo de Arwerland.
Cada reino hechicero tenía su propio animal representativo, en nuestro caso era el reno que simbolizaba fortaleza, adaptación, y valentía. Más qué por motivo cultural o histórico, para mí era como un simple decorado. Aunque esa opinión no podía compartirla, ya qué, la última vez qué se me ocurrió comentar sobre el tema mi madre reaccionó muy ofendida ante mi ignorancia.
Al llegar al jardín, padre cumplió con su palabra. Me esperaba junto mi familia y varios guardias rodeando un opulento carruaje. Me detuve frente a él, sintiendo el corsé ajustándose a mi respiración acelerada mientras mi hermano mantenía una postura impecable con su reluciente túnica blanca, ornamentada en pequeños detalles de plata, y mi madre me analizaba de arriba a bajo como si quisiera encontrar alguna imperfección en mi atuendo.
—Hija mía, ¡qué hermosa estas! —exclamó dulcemente, y me estrechó de la mano.
—Gracias —sonreí, y no pude esperar a preguntar de la emoción—. Padre, ¿y mi sorpresa?
—No lo sabrás hasta qué lleguemos —respondió.
Quede boquiabierta.
—Oh ¿Es un lugar?—inquirí, dando saltos.
Mi alegría le contagio, esbozando una sonrisa plena.
—Más o menos.
Madre comenzó abrazarnos uno por uno.
—¿Tú no vendrás? —pregunté un poco apenada, una vez de separarme de sus brazos.
—No cariño, debo quedarme aquí —posó su cargada mano de joyas sobre su enorme barriga. —Pronto nacerá tu nuevo hermano.
—Espero que todo salga bien —comentó Theo.
—Vámonos —urgió mi padre, animoso.
Los tres nos acomodamos en el interior del carruaje, y dejamos atrás nuestro castillo. Mis dedos rozaron los relieves de plata y las filigranas de oro que decoraban los paneles, sintiendo una leve frialdad del metal frente al aroma cálido y dulce de las flores que entraba por las ventanillas. Mi hermano y mi padre encajaban perfectamente en ese entorno de riqueza, mientras yo miraba hacía fuera, intentando buscar algún vegetal del mismo color de la hermosa flor qué madre me arrebató hace unos días.
Parecía qué ser diferente era demasiado inusual, al igual qué yo.
La espesura azulada era exuberante, con una gran diversidad de flores silvestres, arbustos, musgos, setas y helechos que se acumulan sin cesar por la hierba. Los cantos de los aves resultaba una agradable sinfonía, los conejos nos observan con timidez desde sus madrigueras. Lo recorrimos durante media mañana y accedimos a una despejada playa, un lugar en el qué jamás había estado.
¡No podía resistir de la emoción! Mis padres sabían qué deseaba ver el mar algún día.
«Y ese día era hoy».
Descendí rápidamente de los peldaños del carruaje, y corrí a la orilla con el corazón galopando, sin apartar la vista de aquella maravilla qué se extendía ante mí como un cielo caído.
Allí me arrodillé y hundí la mano en la espuma blanca que retrocedía. El primer contacto con el agua fue un choque helado que me hizo soltar una risotada de pura sorpresa. El frío no me asustó, al contrario, me hizo sentir despierta. Me aproximé aún más allí, sin importar mojarme y sumergí mi mano, en donde bajo el agua cristalina se difuminó, pareciendo más pálida.
—Hija mía, ¿por qué no miras a tu derecha? —insistió mi padre.
Enseguida giré mi cabeza de lado, y mi emoción incrementó al descubrir un imponente barco amarrado a un muelle cercano.
—¿Vamos a subir ahí? —pregunté sin aliento.
Theodorian soltó una risa, en cuanto me alcanzó.
—Exacto —rodeo mi brazo con sutileza y me obligó a levantarme—. Daremos una vuelta en el mar.
—¿Por el mar? —repetí cautivada.
Editado: 26.08.2026