Cuando desperté, me encontré tumbada a un lugar totalmente desconocido. No vi las maderas del barco ni la luz de las lámparas, sino un techo de ramas entrelazadas que parecían haber sido dibujadas con el mismo color oscuro de mi cabello. El cielo era sombrío y nublado, las estrellas apenas se mostraban visibles, solo la luna semiplena resaltando en medio de aquella penumbra. El frío me calaba los huesos, haciendo que mis dedos, aún entumecidos por el golpe, se enterraran en la hojarasca helada.
No tenía ni idea de cuanto tiempo estuve inconsciente.
Me incorporé con algo de dificultad. sintiendo el mareo del golpe y nada más separar el cuerpo de la tierra, mis ojos se clavaron a un niño de mi edad sentado sobre un viejo tronco caído a pocos metros de mi.
Su presencia allí, tan repentina y silenciosa me hizo contener el aliento, preguntándome si era real o tal vez, un sueño.
«O una pesadilla...».
—Por fin te has despertado —dijo él, bajando del tronco con una tranquilidad que escondía un pequeño entusiasmo—. Sabia que no estabas muerta.
Desvíe la vista, analizando todo nuestro alrededor durante un momento. Estaba un tanto segura de qué ese lugar no le pertenecía a ningún soberano hechicero, ya qué ellos jamás dejarían la naturaleza en tan mal estado. El ambiente opresivo era indescriptible, no se oía rastro de pájaros, ni de insectos volando, solamente nos rodeaba un silencio sepulcral en el que podía escuchar mi ritmo cardíaco acelerándose. La niebla baja se arrastraba pesadamente por las rodillas, cubriendo un suelo lleno de hojas esparcidas tan resecas que nada más tocarlas crujían con facilidad.
Era completamente opuesto a esos bosques frondosos y eternamente cálidos, donde la luz del sol se filtraba entre las copas como hilos de oro líquido, iluminando alfombras de flores silvestres de colores tan vivos que parecían salidos de la paleta de un pintor. En Arwerland, el aire olía a tierra fértil, a polen dulce y a vida en constante movimiento, en cambio, aquí el aire que respiraba era tan denso y pesado que se sentía como ceniza húmeda en los pulmones.
—¿Quién eres, y dónde estoy? —exigí saber, abrazándome a mí misma para ocultar el temblor de mis manos.
Él se detuvo y me miró fijamente sin desviar las pupilas ni un milímetro de mi rostro. Sus ojos eran de un color qué jamás había visto antes. Un verde muy brillante, semejante a dos esmeraldas encendidas desde el interior, capaces de rasgar la densa negrura del sendero.
Me quede un segundo completamente pasmada, paralizada bajo el influjo de aquella mirada hipnótica.
—Mi nombre es Kaleb Darius y estas en el bosque de los malditos —respondió con una calma casi irreal.
—¿Qué? ¿Has dicho el bosque de los malditos? ¿¡Malditos!? —repetí, impactada por un miedo que me congeló la sangre.
Su mirada permaneció limpia y serena.
—Sí, eso he dicho —afirmó. No parecía tener frío, ni miedo ante la oscuridad que nos rodeaba.
Yo retrocedí de un paso, y en ese instante me di cuenta qué tenía mis cabellos y orejas redondeadas expuestos.
—Oh no he perdido mi mantilla y mi velo —murmuré. Bajé la vista hacia mis manos y una oleada de nerviosismo me recorrió todo el cuerpo—, y también un guante. ¡Ahora tengo mis desemejanzas exhibidas!
Bajé la mirada mientras las mejillas se me teñían de un rojo encendido por la vergüenza. Sin embargo, él no le dio mucha importancia y me miró con auténtica extrañeza.
—¿Desemejanzas? —arqueó una de sus cejas negras—. ¿Eres algún tipo de ser especial o algo así?
—No —negué con la cabeza.
Con un gesto rápido y aristocrático, crucé los brazos sobre mi pecho, encajando mis manos bajo las axilas para ocultarlas. Acto seguido, enderecé la espalda, procurando adoptar una expresión de fría indiferencia.
—¿Por qué lo preguntas? —forcé un tono de voz casual.
Me analizó milímetro a milímetro, con las pupilas fijas en mis rasgos expuestos y en la forma en que escondía las manos, concentrado por completo en descifrar mis intenciones.
—Porqué eres distinta —musitó, con una tranquilidad qué me desarmó—, y por lo qué veo, eso te molesta.
Traté de eludir sus palabras para no mostrarme tan ofendida. A continuación, dio un paso al frente y empezó a acercarse lentamente hacia mí. La realidad me golpeó con fuerza y la desconfianza me encendió las alarmas del cuerpo; estaba junto un completo desconocido en mitad de un bosque medio putrefacto.
Me puse extremadamente nerviosa y di dos pasos hacia atrás de forma instintiva. Al ver mi reacción de huida, el niño detuvo su avance y relajó sus hombros.
—No tengas miedo... —dijo él, y su voz baja un tono, perdiendo por un instante esa ligera madurez fría para sonar como la de un niño de verdad.
—No te conozco —dije intranquila.
—Yo a ti tampoco. Si quisiera hacerte daño ya lo hubiera echo —aseguró. Pero sus palabras no me dejaron del todo tranquila.
—No entiendo nada, yo estaba dentro de un barco y ahora estoy aquí —murmuré de la nada, y me tape la cara con las dos manos—. Esto debe de ser un sueño.
—Te aseguró qué no lo se. Te encontré tirada en la playa y decidí traerte hasta aquí.
—¿Por qué me trajiste aquí? —quise saber.
—Quería conocerte —confesó con ligero pasmo, dibujando en su rostro pálido una expresión que rozó una sonrisa leve y enigmática.
Me destapé la cara al instante. A pesar de la calidez de sus palabras y de ese gesto casi risueño que suavizó sus facciones, el recelo seguía presente.
El compás de nuestros pasos se volvió una danza de desconfianza. Cada vez que su humilde bota avanzaba un centímetro, yo retrocedía con la misma precisión, manteniendo una distancia prudencial mientras mis ojos continuaban clavados en el brillo esmeralda de sus pupilas.
—¿A...a mí? —tartamudee, señalándome el pecho.
—No, a los cuervos —respondió irónicamente, y apunto con el dedo índice por encima de mi hombro.
Editado: 26.08.2026