Aira

XXII

La proyección

AETH

—Entonces… ¿qué soy? —pregunta Aira otra vez, más bajito esta vez, como si temiera la respuesta.

Mis pasos se detienen.

La sombra detrás de mí también.

Ella no lo ve, pero la grieta vibra como si riera.

Me giro hacia ella. Bajo la mirada, estudiándola. Cada gesto suyo me golpea como un recuerdo que no alcanza a formarse.

—¿De verdad no lo sabes? —pregunto despacio.

Ella parpadea, sorprendida por el filo en mi voz.

—Si lo supiera, no te lo preguntaría.

—O tal vez lo sabes —murmuro, avanzando un paso— pero tienes miedo de decirlo en voz alta.

Ella retrocede apenas, como si sintiera que mis palabras la tocaban más que mis manos.

—¿Por qué tendría miedo?

—Porque la verdad suele hacer eso —respondo—. Y porque tú… llevas huyendo de la tuya desde antes de llegar aquí.

Su respiración se agita. La observo. No es miedo lo que brilla en sus ojos. Es reconocimiento. Instinto. Algo que su alma parece recordar, incluso si su mente aún no.

—¿Huyendo? No entiendo qué quieres decir —dice ella.

—Claro que no. Todavía no. —Me acerco un poco más—. Pero lo sentirás. Muy pronto.

Ella aprieta los puños.

—Aeth… ¿qué soy? Al menos dime si estoy en peligro.

La pregunta me corta más de lo que debería.

Me doy cuenta. Bajé la guardia otra vez.

La grieta susurra advertencias, pero las ignoro.

—No estás en peligro conmigo —respondo.
Y eso es lo más sincero que he dicho en años.

Aira baja la mirada, confusa.

—Entonces… ¿qué soy para ti?

Mi garganta se cierra un segundo.

Demasiado. Eso es lo que quiero decir.

Demasiado para este mundo.
Demasiado para mí.
Demasiado incluso para la sombra que me coronó.

—Eres… una excepción —logro decir.

Ella frunce el ceño.

—Eso no significa nada, Aeth.

—Significa mucho más de lo que imaginas.

Avanzamos por el corredor. Ella respira hondo, como si intentara tomar valor.

—¿Por qué me trajiste aquí realmente?

Me detengo otra vez.

Miro el borde de la grieta, respirando ese aire cargado de memoria y abismo.

—Porque aquí —respondo— la verdad no puede esconderse. Ni tú… ni yo.

Ella se queda inmóvil.

—¿Y cuál es tu verdad?

Mi verdad.
Mi nombre antiguo.
Mi muerte.
Mi renacer.
Mi corona de sombra.
Mi hermano buscándome entre ruinas.
Ella… ella muriendo conmigo y renaciendo lejos de mí.

—No estás lista para escucharla —digo al fin.

—¿Y tú? —pregunta ella— ¿Estás listo para decirla?

La grieta vibra.
Mi sombra tiembla.
Mi otra mitad gruñe desde lo profundo.

Pero la voz que uso no es la del rey oscuro. Es la del príncipe que fui.

—Estoy… intentándolo —admito.

Ella se acerca un paso. Se atreve.

—Aeth… ¿quién eres realmente?

La pregunta cae como un golpe.

Mis dedos se crispan. Siento el segundo corazón —el del abismo— latir fuerte contra mis costillas.

—Soy alguien que tú conociste antes —susurro.

Ella se congela.

—No… eso no puede ser.

—¿De verdad no lo sientes? —pregunto, inclinándome apenas hacia ella— ¿O prefieres fingir que no?

Su respiración se corta.

Por un instante, un destello familiar pasa por sus ojos. Un recuerdo que no pertenece a esta vida.

Ella se aferra a la pared, mareada.

—Aeth… estoy recordando algo. No sé qué es, pero…

—No fuerces nada —le digo, sosteniéndola antes de que caiga—. Déjalo venir cuando quiera. La verdad siempre encuentra su camino.

Ella levanta la mirada hacia mí, temblando.

—¿Y tú? —susurra— ¿tú también recuerdas?

Mis labios se curvan apenas. Pero no es una sonrisa.

—Aira… yo nunca olvidé.

Aira se aferra a mi brazo solo un segundo, temblando. Su mente es un torbellino desordenado… y yo lo escucho todo.

Siempre lo he escuchado.

No puede ser… lo conozco… lo conozco… ¿por qué siento esto? ¿por qué él…? necesito aire, necesito aire…

Sus pensamientos me golpean con la fuerza de un recuerdo que estuve esperando siglos.

Ella no sabe que cada pensamiento suyo me atraviesa como si fuese mío.
No es invasión.
Es conexión.
Vieja. Inquebrantable.
Irrompible incluso entre vidas.

Aira separa la mano de la mía y respira hondo, casi con desesperación.

—Necesito… necesito aire —dice de repente.

Lo dice en voz baja, pero ya lo sabía antes de que sus labios se movieran.

Ella se aparta y sale casi corriendo por el corredor, buscando la luz, buscando espacio, buscando algo que calme lo que está despertando en ella.

No la detengo.

No puedo encerrarla otra vez.
No a ella.

Sus pasos llevan directamente al jardín del palacio quebrado: un espacio extraño, lleno de hojas plateadas, raíces negras y luz filtrada desde grietas en el techo. Un jardín que la grieta tolera… solo por ella.

La sigo.

Silencioso. Como sombra. Como príncipe. Como ambas cosas.

La encuentro apoyada en una columna de piedra resquebrajada. Respira rápido, mirando el cielo roto sobre el jardín, como si ese fragmento de luz fuera lo único real en todo este lugar.

¿Qué me está pasando? ¿Por qué él? ¿Por qué siento que lo conozco?
¿Por qué no puedo… alejarme?

—Deberías controlar tus pensamientos —digo al fin, acercándome despacio—. Gritan demasiado.

Ella se da la vuelta bruscamente.

—¿Puedes… escucharlos? —pregunta, horrorizada.

—Siempre he podido —respondo sin suavizarlo—. Contigo es imposible no hacerlo.

Sus mejillas se tensan, no sé si por rabia o vergüenza.

—Eso no está bien, Aeth. No deberías… meterte en mi mente.

—No me meto —corrijo—. Estás abierta. Como si algo en ti me llamara. Como si ya hubieras sido mía antes.

Ella se estremece.




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