Aira

XXIII

Confianza

AETH:

La proyección se acerca un poco más, como si la grieta quisiera que lo viéramos con mayor claridad. Kael se mueve entre mapas y voces superpuestas, su capa empapada, el ceño fruncido con esa mezcla de furia y determinación que lo ha definido desde siempre.

Aira da un paso involuntario hacia la imagen.

—Está… preocupado —dice, casi para sí misma.

—Está desesperado —la corrijo—. Y eso lo vuelve peligroso.

Ella me mira, molesta.

—Kael no es peligroso.

La sombra a mi espalda se agita, ofendida. Yo no.

—No para ti —concedo—. Nunca lo ha sido.

La imagen cambia otra vez. Kael clava la mano sobre el mapa, señalando una zona cercana al Bosque Prohibido. Reconozco ese punto al instante. La grieta original. El lugar donde todo empezó.

Mi pecho se tensa.

—Va a venir —digo—. Y no vendrá solo.

Aira palidece.

—¿Aquí? ¿A este lugar?

—A donde sea que la grieta lo llame —respondo—. Y la grieta… siempre sabe dónde estás tú.

El jardín tiembla levemente. Las hojas plateadas susurran entre sí. La proyección se disuelve como humo, dejando un silencio espeso detrás.

Aira se pasa una mano por el rostro, claramente al borde.

—Esto es demasiado —dice—. Yo solo quería respuestas.

—Y las tendrás —respondo—. Pero no todas. No todavía.

—¿Por qué? —alza la voz—. ¿Por qué sigues decidiendo qué puedo saber y qué no?

La miro fijamente.

Porque si supieras quién soy, huirías…
o te quedarías para siempre.

—Porque algunas verdades no despiertan recuerdos —digo en cambio—. Los desatan.

Ella me sostiene la mirada, temblorosa pero firme.

—Tal vez necesito que se desaten.

Doy un paso hacia ella antes de pensar. La sombra se repliega, obediente. Mi voz baja.

—No —digo—. Todavía no. Si recuerdas ahora, los reinos lo sentirán. Y vendrán todos. No solo Kael.

—¿Y qué se supone que haga entonces? —pregunta—. ¿Esconderme aquí contigo mientras el mundo se rompe?

La palabra contigo resuena más de lo que debería.

—No —respondo despacio—. Se supone que aprendas a cerrarte.

Ella parpadea.

—¿Cerrarme?

—Tu mente. Tu esencia. Lo que sea que te mantiene… abierta. —Me acerco un poco más—. Si sigues así, no solo yo podré oírte.

—¿Quién más? —susurra.

No respondo de inmediato.

Porque el nombre quema.

Porque no quiero traerlo a este lugar con una palabra.

—Otros como yo —digo al fin—. Cosas que viven entre grietas. Y que no serían tan… pacientes.

Aira traga saliva.

—Entonces enséñame.

Me sorprende.

—¿Qué?

—A cerrarme —dice—. Si eso puede evitar que todo empeore… hazlo.

La observo. Está asustada. Confundida. Y aun así… no huye.

Siempre fue así.

—Esto no es un ejercicio —advierto—. Requiere confianza.

—¿En ti?

—En nosotros —corrijo.

Ella duda solo un segundo. Luego asiente.

Ese gesto, tan pequeño, me golpea más fuerte que cualquier juramento.

—Bien —digo al fin—. Entonces no podemos quedarnos aquí.

Aira frunce el ceño.

—¿A dónde iríamos?

Me giro, observando el jardín quebrado, las raíces negras, la luz filtrándose como si incluso el cielo dudara de este lugar.

—A un sitio donde la grieta no grite tu nombre —respondo—. Donde puedas aprender sin que el mundo entero te esté observando.

—¿Existe un lugar así? —pregunta, incrédula.

—Pocos —admito—. Y ninguno es amable.

Ella traga saliva, pero no retrocede.

—¿Ahí… me entrenarías?

Asiento despacio.

—Te enseñaría a sostenerte —corrijo—. A cerrarte cuando sea necesario. A abrirte solo cuando tú lo decidas.

—¿Y por qué tú? —pregunta—. ¿Por qué no alguien… normal?

Una exhalación baja escapa de mí.

—Porque nadie normal sobreviviría al primer intento.

No sonrío. No necesito hacerlo.

El jardín vuelve a estremecerse, como si confirmara mi decisión.

—Tenemos que irnos ahora —añado—. Antes de que Kael llegue a la frontera del Bosque Prohibido.

—¿Irnos… cómo?

Mi sombra se desliza por el suelo, señalando un arco derruido al fondo del jardín.

—A pie —respondo—. Como cualquiera.

Aira me mira, sorprendida.

—¿Caminando? ¿Por el pueblo?

—Precisamente —digo—. La grieta espera portales. No pasos comunes.

Ella suelta una risa nerviosa.

—Esto es una locura.

—Lo sé —respondo—. Pero funciona.
Aunque hay un detalle más.

Aira alza una ceja.

—Siempre hay un “detalle más” contigo.

Me giro y la miro de arriba abajo, evaluándola como si fuera una ecuación incompleta.

—Así no podemos cruzar el pueblo —digo—. Llamas demasiado la atención.

Ella baja la mirada hacia sí misma. La ropa clara, el brillo leve que aún se aferra a su piel como si la luz no quisiera soltarla.

—¿Yo? ¿Qué tiene de raro?

—Todo —respondo sin malicia—. Caminas como alguien que no pertenece a ningún sitio. Eso siempre se nota.

Se cruza de brazos.

—Bueno, perdón por existir.

Una comisura de mis labios se curva sin que pueda evitarlo.

—Créeme, no es una queja.

Antes de que pueda responder, giro hacia un pasillo lateral del palacio quebrado. Una puerta medio oculta, casi tragada por la piedra.

—Ven —digo—. Hay un lugar aquí abajo.

—¿Otro lugar secreto? —murmura mientras me sigue—. ¿Cuántos tienes?

—Los suficientes para sobrevivir —respondo—. Y algunos para no aburrirme.

El pasillo nos lleva a una estancia pequeña, iluminada por cristales opacos incrustados en las paredes. Hay estanterías viejas, cofres abiertos, telas dobladas con descuido.

Aira parpadea.

—¿Esto es… un armario?

—Un refugio —corrijo—. La diferencia es importante.

Abro un cofre y saco una capa oscura, gastada pero resistente. Se la tiendo.

—Póntela.

—¿Negro? —pregunta—. ¿Siempre usas negro?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.