Aira

XXIV

Entrando a la verdad

AIRA

Rodeamos la choza por detrás.

Y algo cambia.

No sabría decir en qué punto exacto dejo de sentir que estoy caminando hacia un lugar y empiezo a sentir que estoy entrando en algo. No es solo el suelo bajo mis botas, aunque lo noto de inmediato: la tierra ya no es seca ni quebradiza, sino oscura, húmeda, como si hubiera estado respirando bajo la superficie todo este tiempo, esperando.

Cada paso deja una huella suave, casi indecisa, como si el suelo no estuviera seguro de si quiere recordarme o no.

Levanto la vista.

El bosque se abre ante nosotros.

No aparece de golpe. No se impone. Simplemente… está.

Y está vivo.

No de esa forma salvaje que uno imagina al pensar en árboles retorcidos y sombras hostiles. No. Esto es distinto. Más antiguo. Más atento. Las ramas no crujen cuando el aire las roza; se mueven despacio, con un sonido bajo, profundo, como un suspiro contenido. Las hojas vibran sin viento, ajustándose apenas, creando pasillos naturales que no estaban ahí un segundo antes.

No siento amenaza.

Siento observación.

La luz es lo primero que me desconcierta. No cae desde arriba como debería. No hay rayos definidos atravesando las copas. Es una luminosidad suave, dispersa, que parece surgir del suelo, de las raíces, de los espacios entre los troncos. Como si el bosque no necesitara del cielo para iluminarse.

Me detengo sin darme cuenta.

No porque Aeth lo haga. Él sigue avanzando un paso más antes de notar que no lo sigo. Me quedo quieta, respirando despacio, dejando que todo entre.

Mis ojos recorren el lugar con una mezcla extraña de asombro y… reconocimiento.

Piedras dispuestas en círculos imperfectos, cubiertas de símbolos gastados por el tiempo. No los entiendo, pero algo en mi pecho se aprieta al verlos, como si mi cuerpo supiera que no son decoración. Que tuvieron propósito. Que lo siguen teniendo.

Raíces gruesas se entrelazan formando arcos bajos, obligando a inclinarse para pasar. No es casualidad. El gesto importa. Aquí nadie cruza erguido sin permiso.

Más adelante, un claro pequeño se abre entre los árboles. El suelo está pulido, liso, marcado por grietas suaves, como si algo hubiera caído ahí una y otra vez. O como si alguien hubiera aprendido a levantarse. Muchas veces.

Trago saliva.

No digo nada.

No sé qué podría decir sin romper algo.

Seguimos avanzando.

Cada paso que doy se siente… aceptado. No bienvenido, no exactamente. Es como si el bosque tomara nota de mí, registrara mi peso, mi respiración, la forma en que mis hombros están tensos, la forma en que intento no tocar nada innecesariamente.

Un tronco se desplaza apenas frente a nosotros, creando un sendero donde antes solo había maleza espesa. No se arrastra ni cruje. Simplemente se mueve, como si siempre hubiera tenido la intención de estar en otro lugar.

Un charco oscuro se retrae cuando me acerco, drenándose entre las raíces, como si no quisiera tocarme.

No sé por qué, pero ese gesto me estremece más que cualquier amenaza.

Siento que, si doy un paso en falso —no con el cuerpo, sino con la intención—, algo aquí lo notará de inmediato.

Miro a Aeth de reojo.

Camina como si perteneciera. No con arrogancia. Con conocimiento. Como alguien que sabe exactamente dónde poner el pie y, más importante aún, dónde no.

No lleva la capa. Su figura es más simple así, más humana… pero algo en su postura sigue siendo distinto. No se mueve como la gente del pueblo. Se mueve como alguien que ha caminado por lugares donde las reglas cambian.

Y eso me inquieta.

Avanzamos más adentro.

El aire cambia de nuevo. Se vuelve más denso, más cargado, como si cada respiración llevara algo más que oxígeno. Hay un pulso bajo, casi imperceptible, que siento más en el pecho que en los oídos.

Llegamos a una elevación suave.

Desde ahí, el bosque se despliega de otra forma. Veo plataformas naturales entre ramas gruesas, unidas por raíces tensas como músculos. Rocas suspendidas a distintas alturas, sostenidas por entramados imposibles. Espacios donde el aire vibra distinto, como si estuviera… afinado.

No entrenamientos.

Preparación.

Lo entiendo sin que nadie lo diga.

Aeth se detiene.

Es la primera vez desde que salimos que lo hace de verdad.

No se gira hacia mí de inmediato.

—Aquí —dice.

Nada más.

La palabra resuena en mi interior como si hubiera sido pronunciada mucho antes de ahora.

Doy un paso adelante.

Mis botas se hunden apenas en la tierra. Lo suficiente para dejar marca. Lo suficiente para sentir que el suelo responde.

El bosque no se tensa.

No retrocede.

No se cierra.

Me acepta.

No con calidez. Con decisión.

Siento un cambio sutil en el aire, como si algo hubiera ajustado su enfoque. Como si el lugar hubiera decidido mirarme directamente.

Y, por primera vez desde que crucé la grieta…
no siento que esté fuera de lugar.

No sé cuánto tiempo me quedo ahí, simplemente respirando. Tal vez segundos. Tal vez minutos. El tiempo aquí no se comporta como debería.

Me obligo a moverme, a observar con más atención.

Veo marcas en los troncos. No cortes. No daños. Marcas suaves, como huellas de manos que presionaron una y otra vez en el mismo punto. Veo zonas donde el suelo cambia de textura, volviéndose más áspero, más firme, como si hubiera sido reforzado.

Me inclino un poco para tocar una de esas zonas del suelo. Es áspera bajo mis dedos, firme, marcada por líneas que no son grietas naturales. Al retirar la mano, siento un cosquilleo leve en la palma, como si el lugar hubiera respondido al contacto.

—No toques nada más —dice Aeth.

Su voz es distinta.

No es la de hace un rato, cuando ironizaba con el pan o con los guardias mal disfrazados. Es más baja. Más plana. No cruel, pero sí… cerrada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.