Aira

XXV

Un recuerdo

AIRA

Silencio.

—¿Entonces… me quedo aquí sola? —pregunto, con una mezcla de desafío y miedo.

—No —responde—. Me quedo yo.

Algo en mi pecho se afloja antes de que pueda evitarlo.

Aeth lo nota.

Y se cierra por completo.

—No te confundas —dice—. No es compañía. Es supervisión.

Se aparta.

—Colócate ahí —añade, señalando el centro del claro pulido.

Obedezco.

El suelo está frío bajo mis botas. No incómodo. Despierto.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunto.

Aeth se sitúa frente a mí, a varios pasos de distancia.

—Nada —responde.

—¿Nada?

—Exacto.

Cruzo los brazos.

—Eso no suena mucho a entrenamiento.

—Por eso fracasan la mayoría —replica—. Porque creen que entrenar es hacer algo.

Me observa con una intensidad que me obliga a bajar los brazos.

—Quiero que te quedes quieta.

—¿Quiet…?

—Quieta —repite—. No pienses. No intentes entender. Solo… quédate.

Resoplo.

—Eso es imposible.

—Entonces empieza por notar por qué.

Cierro la boca.

Respiro.

Al principio, no pasa nada. Solo el bosque. El aire. El pulso bajo que sigue ahí.

Luego, lo siento.

Un tirón suave en el pecho. No dolor. Presión. Como si algo intentara asomarse.

Inspiro más hondo.

—No —dice Aeth de inmediato—. No lo empujes.

Abro los ojos.

—¿Cómo sabes…?

—Porque lo estás haciendo mal.

Me muerdo el labio.

—Entonces dime cómo hacerlo bien.

Su mirada se afila.

—Ese es el problema —responde—. No puedo.

—¿Qué?

—Si te digo cómo, lo convertirás en un acto consciente. Y lo que llevas dentro no responde a órdenes.

Frustración. Miedo. Un destello de rabia.

—Entonces, ¿qué se supone que haga?

—Escuchar —dice—. Pero no a mí.

Cierra los ojos.

Por primera vez desde que entramos al bosque… Aeth se queda completamente quieto.

No parece humano.

El aire a su alrededor se vuelve más denso, como si su presencia anclara el lugar.

—Cierra los ojos —ordena—. Y cuando sientas algo, no lo sigas. Déjalo pasar.

Hago lo que dice.

Oscuridad.

Mi respiración suena demasiado fuerte al principio. Luego se suaviza.

El bosque sigue ahí. Lo sé. No lo oigo. Lo siento.

Algo roza mi mente. No como un pensamiento. Más como una corriente.

Intento aferrarme.

—No —dice Aeth, sin abrir los ojos—. No persigas.

Suelto.

El tirón vuelve. Más intenso.

Mis manos tiemblan.

—Bien —murmura—. Eso es.

El pulso en mi pecho se acelera. Una presión detrás de los ojos me obliga a fruncir el ceño.

—Duele —susurro.

—Porque estás acostumbrada a estar abierta —responde—. Cerrarse siempre duele al principio.

—No sé si puedo…

—No tienes que saber —corta—. Tienes que resistir.

El tirón se vuelve casi insoportable.

Mi respiración se agita.

—Aeth… —murmuro.

No responde.

Entiendo.

Esto… esto es el entrenamiento.

No hay palabras. No hay ayuda.

Solo yo… y lo que intento atravesarme.

Aprieto los dientes.

No empujo. No huyo.

Me quedo.

El tirón cede de golpe.

Casi caigo hacia adelante, pero el suelo me sostiene.

Abro los ojos, jadeando.

El bosque parece… más quieto.

Aeth me observa.

—Otra vez —dice.

—¿Otra…?

—Otra vez.

Mis piernas tiemblan.

—Esto va a matarme.

—No —responde—. Esto va a evitar que otros lo hagan.

El silencio que queda después no es amable.

No es un descanso.

Es una pausa tensa, como el instante justo antes de que algo se rompa.

Abro los ojos todavía jadeando. El claro sigue ahí, pero algo ha cambiado. No en el bosque. En mí. Como si una capa invisible se hubiera retraído apenas… lo suficiente para que el mundo dejara de empujar desde dentro.

Aeth me observa.

No hay aprobación en su rostro. Tampoco decepción.

Solo cálculo.

—Es como… —empieza a decir.

Se detiene.

Aprieta la mandíbula.

Su mirada se desplaza un segundo, como si hubiera estado a punto de decir algo que no debía.

—Olvídalo —corta—. No importa.

Me enderezo con dificultad.

—¿Qué ibas a decir?

—Nada útil —responde—. Y no tenemos tiempo para poesía.

Da un paso atrás, alejándose del centro del claro.

—Vamos a lo físico.

Parpadeo.

—¿A lo… físico?

—Tu cuerpo todavía no sabe mentir —dice—. Eso lo vuelve más fácil de entrenar.

Me observa de arriba abajo, evaluando postura, equilibrio, respiración.

—Quítate las botas.

—¿Qué?

—Las botas —repite—. Te anclan mal.

Dudo solo un segundo antes de obedecer. El suelo está frío bajo mis pies, pero no desagradable. Se siente… firme. Vivo.

Aeth se despoja de la chaqueta sencilla que llevaba y la deja caer sobre una raíz. Sus movimientos son precisos, económicos. No hay nada sobrante en ellos.

Se coloca frente a mí.

—Ataca.

Me quedo helada.

—¿Cómo?

—Como sepas.

—Nunca he peleado así —protesto—. Yo…

No termina de escucharme.

Avanza.

Instintivamente retrocedo, levantando las manos.

—¡Espera!

Demasiado tarde.

Su movimiento no es violento. Es rápido. Controlado. Un giro de muñeca, un empujón directo a mi hombro.

Pierdo el equilibrio y caigo de espaldas contra el suelo.

El aire se me escapa de los pulmones.

—Levántate —dice.

—¡Aeth! —espeto, intentando recuperar el aliento—. ¡Eso no fue justo!

—La grieta tampoco lo es —responde—. Levántate.

Aprieto los dientes y me incorporo. El suelo amortigua la caída mejor de lo que esperaba, pero el golpe igual duele.

—No quiero hacerte daño —digo, más por inseguridad que por bondad.

Aeth ladea la cabeza.

—Ese es otro problema.

Da un paso hacia mí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.