Aira

XXVI

AIRA:

El cansancio me pesaba como una armadura de plomo, pero la sangre aún me hervía. Esperaba que Aeth se quedara ahí, vigilando, como un centinela de piedra. Pero en lugar de eso, retrocedió.

Se recogió la chaqueta de la raíz, se la echó al hombro y me dio la espalda, fundiéndose casi por completo con las sombras espesas de los árboles.

—Me voy —dijo, sin siquiera mirar atrás.

Me incorporé a medias, alarmada. —¿Me dejas sola? —La pregunta sonó más vulnerable de lo que pretendía.

—Sobrevive a tu propia mente esta noche —fue lo último que dijo, sin mirar atrás—. Nos vemos al amanecer.

Y desapareció. Sin pasos. Sin crujidos. Como si el aire se lo hubiera tragado.

Me quedé sola en el claro. El frío calaba hasta los huesos, pero el agotamiento fue más fuerte que el miedo. Me acurruqué entre las raíces gigantes, cerré los ojos y dejé que la oscuridad me arrastrara.

Pero no hubo descanso.

...

De repente, ya no estaba en el suelo. Estaba suspendida en el aire, pero no volando. Estaba cayendo. El rugido a mi alrededor era ensordecedor. Las corrientes, que alguna vez fueron mi hogar, ahora me golpeaban como látigos invisibles. Miré hacia arriba. El cielo, nuestro cielo perfecto e infinito, estaba surcado por una cicatriz negra y palpitante. La Grieta.

A mi alrededor, las nubes se teñían de carmesí. Escuché los chillidos agónicos de los corceles alados, cayendo en picada, envueltos en fuego oscuro.

¡Mantengan la formación! —gritaba la voz de la Reina del Aire, distorsionada, rota.

Quise responder, quise jalar las riendas de mi montura, pero mis manos estaban vacías. No había armazón. No había alas. Solo el vértigo puro y enfermizo del vacío tirando de mí.

Y entonces, la caída se detuvo de golpe.

No choqué contra el suelo. Fui atrapada en el aire. Algo me jaló con una violencia brutal, arrancándome del abismo para estrellarme contra un cuerpo sólido, frío como el hielo.

Alcé la vista. No era una bestia ni una sombra deforme. Era una figura humanoide envuelta en oscuridad, sin rostro, solo con dos cuencas vacías que parecían devorar la poca luz que quedaba en mi mundo. Me sujetó por la nuca con una mano que se sentía como garras de acero.

Traté de liberarme, de gritar, pero entonces vi el destello.

Una hoja larga, negra y dentada bajó a una velocidad cegadora. No hubo tiempo para esquivar. No hubo tiempo para nada.

El sonido de la carne rasgándose resonó en mis propios oídos cuando el cuchillo se hundió hasta la empuñadura, directamente en mi corazón. El dolor fue absoluto. Un fuego helado que estalló en mi pecho, quemando mis venas, robándome todo el oxígeno. La figura retorció el mango, destruyendo todo por dentro.

La oscuridad me tragó entera. Abrí la boca ensangrentada y empecé a gritar con los pulmones destrozados.

Un golpe seco y brutal en las costillas me arrancó de tajo de la oscuridad.

El impacto físico se mezcló tan perfectamente con el cuchillo de la pesadilla que abrí los ojos de golpe, tomando una bocanada de aire helado como si acabara de salir del fondo de un lago. Me llevé las manos al pecho, frenética, buscando el mango de la daga, buscando la sangre, pero solo encontré la tela empapada de mi propia camisa.

Mi propio grito murió en mi garganta, reemplazado por una tos áspera y desesperada. Me aferré a la tierra húmeda, temblando, con el corazón golpeándome el pecho a un ritmo doloroso.

Una sombra se cernía sobre mí.

Aeth me miraba desde arriba, con los brazos cruzados. La punta de su bota todavía estaba cerca de mi costado; me había empujado para despertarme. No con delicadeza, sino con la eficacia de quien apaga una vela de un manotazo.

—Estás sudando frío y gritándole a los fantasmas —dijo Aeth, su voz plana, carente de cualquier rastro de lástima—. Te escuché desde el otro lado del claro.

Me froté el rostro con las manos temblorosas, intentando sacudirme el dolor fantasma que aún me latía en el corazón. —Estaba... estaba ahí otra vez —balbuceé, la voz ronca—. La grieta. El cielo rompiéndose. Alguien... alguien me atrapó. Me apuñaló directo en el corazón. Lo sentí, Aeth. Sentí cómo me mataba.

—Pero no te mató, ¿o sí? —me interrumpió, cortando mis palabras con la frialdad de una navaja—Ya caíste, Aira,eso ya pasó. Estás en el suelo ahora.

Me lanzó una cantimplora de cuero que aterrizó pesadamente en mi regazo. —Bebe. Lávate la cara y levántate.

Lo miré, sintiendo un destello de indignación mezclado con la vulnerabilidad del sueño. —Acabo de sentir cómo me arrancaban la vida. ¿No puedes darme un maldito minuto?

Aeth se inclinó ligeramente hacia adelante, sus ojos azules clavándose en los míos con una dureza implacable. —No. Porque el mundo que te arrancaron ya no existe, y en este, los minutos cuestan sangre. Si de verdad te hubieran clavado ese cuchillo anoche, no estarías aquí temblando.

Se enderezó, dándome la espalda para caminar hacia el centro del claro pulido. —No hay espacio aquí para pesadillas bobas, jinete. La nostalgia y el miedo son un lujo que no puedes pagar. Tu mente débil te matará mucho antes que cualquier espada o criatura de la grieta.

Se detuvo y me señaló con la barbilla. —Así que guarda tus fantasmas, colócate en el centro y levanta los puños. El entrenamiento no ha terminado.

Apreté los dientes. El dolor fantasma en el corazón fue reemplazado por una chispa de rabia pura. La frustración empujó la pesadilla hacia el fondo de mi mente. Agarré la cantimplora, bebí un trago de agua helada que me devolvió la claridad de golpe, y me puse de pie.

Las piernas me dolían a horrores, y el pecho aún me ardía con el recuerdo del metal negro, pero el fuego viejo, ese instinto terco que él mismo había despertado el día anterior, volvió a encenderse.

Caminé hacia el centro del claro.
Si él quería que peleara,
iba a pelear.




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