AETH:
Observarla dormir era una tortura que no le desearía ni a mi peor enemigo.
La vi retorcerse entre las raíces nudosas, sus manos apretando la tierra como si temiera que el suelo fuera a desaparecer bajo ella. Sabía lo que estaba soñando. La Grieta no perdona a los que logran escapar; se mete en tu mente, hurga en tus peores terrores y te los hace tragar hasta ahogarte.
Cuando sus manos volaron hacia su propio pecho y su boca se abrió en un grito mudo y agónico, sentí como si el cuchillo invisible de su pesadilla se hubiera hundido también en mí.
El instinto, uno traicionero y estúpido que llevaba años enterrado, me gritó que corriera hacia ella. Quería arrodillarme a su lado, rodearla con mis brazos, esconder su rostro en mi pecho y susurrarle que estaba a salvo. Que yo no iba a dejar que nada la tocara.
Pero eso la mataría.
La compasión en este mundo es una sentencia de muerte. Si la acostumbraba a un toque suave, la Grieta la destrozaría cuando yo no estuviera para atajar el golpe. Así que aplasté mi corazón, endurecí la mandíbula y caminé hacia ella. No usé mis manos para despertarla; no confiaba en que mis dedos no se demoraran en su piel. Usé mi bota. Un golpe seco en las costillas. Lo suficiente para sacarla del abismo.
—Estás sudando frío y gritándole a los fantasmas —le dije. Soné como un bastardo sin alma. Exactamente como necesitaba sonar.
Me miró con esos ojos inmensos y desorientados, rogando por un minuto de piedad. Por los dioses, te daría el mundo entero si pudiera, pensé, viendo cómo se abrazaba el pecho. Pero en lugar de eso, la obligué a levantarse. Le tiré la cantimplora, la provoqué, le falté al respeto a su dolor.
Tuve que morderme la lengua hasta casi hacerme sangrar cuando la vi caminar hacia el centro del claro. Le dolía cada paso, estaba agotada, rota... y aun así, levantó los puños. Qué criatura tan magnífica eres, Aira, pensé, sintiendo una oleada de orgullo tan fuerte que casi me marea.
Atacó. Al principio, era todo rabia desordenada, protegiendo su pecho como si aún estuviera sangrando por el sueño. La provoqué de nuevo. La golpeé, obligándola a dejar la pesadilla y concentrarse en mí. Y entonces, vi cómo cambiaba. Vi el destello de la jinete. Su postura se ajustó, su cuerpo recordó la memoria del viento. Lanzó una combinación hermosa, letal, impulsada por un fuego que me dejó sin aliento.
Pero se distrajo. Mis palabras sobre los ecos de la Grieta la hicieron dudar un milisegundo. Y un milisegundo es todo lo que la muerte necesita.
Barrí sus piernas. Cayó con un golpe seco y antes de que pudiera parpadear, yo estaba sobre ella.
La inmovilicé. Mi pecho chocó contra el suyo. Esperaba que peleara, que me maldijera, pero se quedó quieta, mirándome con una mezcla de furia y asombro. Su respiración agitada se mezclaba con la mía. Tenía el cabello revuelto, la cara sucia, y me pareció la cosa más jodidamente hermosa que había visto en mi vida.
La tensión de los últimos días, el miedo a perderla, lo absurdo de tenerla atrapada bajo mi cuerpo cuando lo único que quería era que fuera libre... todo eso estalló en mí.
No pude evitarlo. Me eché a reír.
Fue una risa ronca, que me rasgó la garganta. Por un segundo, decidí que al diablo con la guerra y al diablo con el entrenamiento. Me permití sentirla. El calor de su cuerpo debajo del mío era como un incendio en medio de un invierno eterno. Mi mano abandonó la tierra por voluntad propia. Solo quería tocarla. Aparte un mechón de su frente sudorosa, sintiendo la suavidad de su piel bajo las yemas de mis dedos endurecidos.
—Te distraes demasiado rápido, pequeña jinete —le susurré. Mi voz sonó más grave de lo normal, cargada de todo lo que no podía decirle—. Pero me encanta verte pelear así.
Sus ojos, que segundos antes echaban chispas, se oscurecieron. Sus labios se entreabrieron. El aire a nuestro alrededor se volvió pesado, eléctrico. No estaba intentando huir de mí; se estaba fundiendo en mi toque. Podía sentir cómo su corazón latía desesperado, y no era por miedo. Era por mí.
La deseé en ese momento con una intensidad que me aterrorizó. Quise inclinarme, tomar esa boca que me desafiaba constantemente y hacerla olvidar cada pesadilla.
Pero entonces, el terror real me golpeó.
Está bajando la guardia. Se está rindiendo a ti. Si yo fuera un asesino de la Grieta con un rostro amable, ahora mismo estaría muerta.
El pánico me revolvió el estómago. Era mi culpa. Yo la estaba distrayendo. Yo era la debilidad que la iba a matar.
Tuve que romperlo. Tuve que destrozar el momento más perfecto de mi vida para asegurarme de que ella siguiera teniendo una.
Con todo el dolor de mi alma, apagué la luz de mis ojos y llamé a la frialdad. Mi mano voló a mi cintura. En un parpadeo, el filo de obsidiana estaba presionado contra su pecho, exactamente donde la sombra la había herido en su sueño.
Vi el momento exacto en que la magia se rompió en sus ojos. Vi el calor desaparecer, reemplazado por la confusión y el frío del acero. La odiosa traición asomándose en su mirada. Me odié a mí mismo. Me odié con cada fibra de mi ser.
—Si el día de mañana tus oponentes se ponen a coquetearte antes de matarte, ¿qué vas a hacer? —le espeté. Mi voz salió cortante, cruel. Una máscara perfecta—. ¿Te vas a quedar así, quieta y suspirando? Estás paralizada, Aira. Te acabo de matar mientras me mirabas a los ojos.
La vi tragar saliva, avergonzada, herida. Retiré la daga de su pecho con un movimiento brusco, porque si la dejaba un segundo más, terminaría tirándola al bosque.
—Tienes que avisparte —le dije, levantándome de un salto, alejándome de ella antes de que me arrepintiera y la levantara en brazos—. Si te dejas encandilar así de fácil, no vas a durar ni un día.
No le ofrecí la mano. La dejé tirada en la humedad de la tierra. Caminé unos pasos hacia atrás y me puse en guardia, clavándome las uñas en las palmas de las manos para mantener el control.