ZEPHIR:
El Reino del Agua no era un océano común; era un abismo oscuro e infinito que parecía tragarse hasta el sonido.
Navegábamos a bordo de una embarcación de madera espectral, deslizándonos sobre aguas tan negras y quietas que parecían cristal pulido. La única luz provenía de extrañas criaturas bioluminiscentes que nadaban cientos de metros bajo nosotros, destellando en tonos cian y violeta como estrellas ahogadas.
Para alguien de los cielos como yo, estar rodeada de tanta profundidad me provocaba una claustrofobia insoportable. Pero si a mí me incomodaba, a Pyrron literalmente lo estaba extinguiendo.
El engreído hechicero de fuego estaba sentado en la proa, abrazándose las rodillas. La humedad constante del aire pesaba como una manta mojada, y su cabello, que usualmente parecía arder con chispas invisibles, ahora caía lacio y tristemente empapado sobre su frente.
—Odio este lugar. Lo odio con cada chispa de mi alma —masculló Pyrron, frotándose los brazos—. Me estoy oxidando. Juro que escucho mis huesos crujir.
Estaba apoyada contra el mástil, haciéndome girar una pequeña esfera de aire entre los dedos para no perder la cordura. No pude evitar sonreír con malicia.
—¿Qué pasa, antorchita? —me burlé, acercándome a él con pasos ligeros—. ¿La humedad está apagando tu ardiente personalidad? Si quieres, te canto una canción de cuna para que no le tengas miedo a los pececitos.
Pyrron me fulminó con una mirada que habría derretido acero si estuviéramos en su reino. Aquí, solo logró verse como un gato mojado y furioso. —Cuidado, pajarito. Un estornudo mío en este bote y te convierto en sopa de plumas.
—Ay, qué miedo —fingí temblar.
Con un movimiento rápido de mi muñeca, envié una ráfaga de viento cortante directo hacia la superficie del agua negra. La corriente levantó una ola perfectamente calculada que salpicó de lleno sobre la cara y los hombros de Pyrron.
Él soltó un grito ahogado, escupiendo agua salada, mientras yo estallaba en una carcajada.
—¡Estás muerta! —rugió, poniéndose de pie de un salto.
Sus manos se encendieron, pero en lugar de las llamas cegadoras a las que estaba acostumbrado, solo salieron unas cuantas chispas lastimeras que chisporrotearon cómicamente antes de morir. Su rostro pasó de la furia a la pura humillación.
Me reí aún más fuerte, sujetándome el estómago. Pero subestimé su ingenio. Como no podía usar fuego abierto, Pyrron agarró el barandal de madera empapada y canalizó todo su calor corporal hacia él. En un segundo, la madera hirvió y una nube de vapor hirviente y espeso me golpeó de frente, cegándome y llenándome los pulmones de aire caliente.
—¡Oye! —grité, tosiendo, mientras agitaba las manos para disipar el vapor con mi viento—. ¡Eso es trampa!
—Adaptación y supervivencia, brisa barata —replicó él, riendo con esa voz ronca suya que, muy a mi pesar, no sonaba tan mal—. La próxima vez te hiervo el agua bajo las botas.
Iba a devolverle el golpe con un mini-ciclón que lo mandara directo al agua, pero una capa de hielo se extendió repentinamente por la cubierta, congelándonos las botas al suelo de madera a ambos.
—Si no se callan y se quedan quietos, los arrojaré por la borda yo mismo.
Kael estaba de pie en el timón, su rostro pálido casi brillando en la penumbra. No nos miraba. Sus ojos, fríos y calculadores, estaban fijos en las aguas oscuras que se extendían frente a nosotros. Estaba canalizando su magia para abrirnos paso; pequeños icebergs se formaban en la proa, cortando unas corrientes subterráneas que, de atraparnos, nos harían pedazos.
—Solo le estaba enseñando modales al fósforo —murmuré, usando el viento para descongelar mis botas.
—Y yo solo la estaba desinfectando —replicó Pyrron, sacudiéndose el hielo de los pantalones, aunque esta vez mantuvo la voz baja.
Nos miramos de reojo, compartiendo una chispa de complicidad infantil antes de volver a darnos la espalda con dignidad exagerada.
Me apoyé de nuevo en el barandal, sintiendo la presión de la magia de Kael vibrar en la madera. Miré hacia el horizonte oscuro, donde las aguas parecían fundirse con el cielo negro. La broma me había servido para aliviar la tensión, pero el peso en mi pecho seguía ahí.
Resiste, Aira, pensé, dejando que el viento se llevara mi susurro hacia la oscuridad. No sé en qué infierno te metió la Grieta, pero vamos por ti. Así tenga que cruzar este océano nadando y arrastrar a estos dos idiotas conmigo.
El viaje a través de la oscuridad líquida culminó cuando la magia de Kael nos hizo cruzar una cascada subterránea invertida. El agua caía hacia arriba, desafiando toda lógica, y al atravesarla, el verdadero Reino del Agua se reveló ante nosotros.
No era una cueva lúgubre. Era Abyssalis, la Ciudad de las Corrientes Muertas.
Palacios de coral pálido y nácar se alzaban desde el fondo de un foso infinito, iluminados por medusas colosales que flotaban en el aire húmedo como lámparas de papel. Sin embargo, a pesar de la belleza etérea, el lugar apestaba a tensión. Había guardias con armaduras de escamas de leviatán patrullando cada puente de cristal.
Nuestro bote de hielo chocó suavemente contra los muelles del palacio principal. Pyrron fue el primero en saltar, cayendo de rodillas sobre la piedra perlada y besando el suelo húmedo.
—Bendita sea la tierra firme, aunque esté mojada —murmuró el hechicero de fuego, mientras pequeñas chispas de alivio saltaban de sus hombros.
—Levántate, idiota, nos están mirando —le siseé, pateándole la bota mientras desenvainaba mis abanicos de viento por instinto.
Kael desembarcó último, con la misma elegancia gélida de siempre. Frente a nosotros, un escuadrón de guardias separó sus lanzas tridentes, abriendo paso no a un guerrero, sino a un anciano encorvado. Sus ojos eran blancos, completamente ciegos, y sus manos estaban manchadas de una tinta bioluminiscente.