Aira

XXIX

AIRA:

El choque de nuestros cuerpos resonó en el claro como un trueno sordo.

El entrenamiento había dejado de ser una lección de supervivencia para convertirse en una danza salvaje. Ya no sentía el dolor en mis músculos; mis venas bombeaban pura adrenalina y una magia antigua que empezaba a despertar, respondiendo a mi furia. El viento a nuestro alrededor ya no era una simple brisa de bosque; era un vendaval que cortaba las hojas y hacía gemir a los árboles centenarios.

Aeth era implacable. Cada golpe suyo buscaba desarmarme, humillarme, empujarme al límite. Pero yo ya no retrocedía.

Atacó con una estocada de su daga de obsidiana, buscando mi hombro. Esta vez, no la esquivé. Me deslicé por debajo de su guardia, dejé que el filo me rasgara la manga, y usé todo mi peso para embestirlo. El viento me dio un impulso antinatural. Aeth abrió los ojos, sorprendido por un milisegundo, antes de que ambos cayéramos al suelo.

Rodamos por la tierra húmeda en una maraña de extremidades y rabia. El instinto me guió ciegamente: le inmovilicé el brazo armado con la rodilla, le torcí la muñeca hasta que soltó un gruñido ahogado, y le arranqué la daga de obsidiana.

Me senté a horcajadas sobre él, aplastándole el pecho, y alcé la hoja negra sobre mi cabeza, lista para detenerla a un milímetro de su corazón, tal como él había hecho conmigo horas atrás. Iba a demostrarle que había aprendido la lección. Iba a gritarle que ya no era débil.

Pero en el instante en que bajé el brazo y la punta helada de la obsidiana rozó el pecho de su camisa... el universo entero colapsó en mi mente.

La postura. El calor de su cuerpo bajo el mío. El peso exacto del cuchillo en mis manos. Todo actuó como una llave abriendo una puerta que había estado sellada con sangre y milenios de olvido.

No fue una visión borrosa. Fue un impacto cósmico que me desgarró el alma.

El olor a tierra húmeda y pino desapareció de golpe, ahogado por el aroma denso y embriagador del incienso de loto, las sábanas de seda negra y el sudor dulce de su piel desnuda. No estábamos en un bosque hostil. Estábamos en nuestro lecho, en lo más alto del Palacio del Cénit.

Las sombras del dosel nos envolvían en un éxtasis absoluto. Yo estaba sentada a horcajadas sobre él, exactamente igual que ahora, pero no estábamos peleando. Nos estábamos devorando en la penumbra. Sus manos fuertes, posesivas y ardientes aferraban mis caderas, y sus labios reclamaban los míos con una pasión tan profunda, tan feroz y reverente, que cada beso se sentía como un juramento. Me amaba. En esa cama, bajo mí, el temible Rey de las Sombras era vulnerable. Era completamente mío.

Pero mi alma estaba enferma.

«Es tu única cadena, mi reina», susurró una voz en mi cabeza, la voz seductora y venenosa del Rey de la Luz. «Su oscuridad impide que tus cielos sean infinitos. Para gobernar la eternidad, debes cortar el ancla. Cóbrate el mundo entero.»

Yo gemí contra la boca de Aeth, fingiendo entregarme a su fuego, mientras mi mano libre se deslizaba, fría, metódica y calculadora, por debajo de la almohada de seda. Mis dedos se cerraron alrededor de la empuñadura de obsidiana.

Aeth enredó una mano en mi cabello, tirando suavemente para profundizar el beso, cegado por el deseo, ajeno a que estaba abrazando a su propia verdugo. Y entonces, sin romper el beso, sin apartar mis labios de los suyos ni un solo milímetro... le hundí la daga hasta la empuñadura, directamente en el corazón.

El sonido húmedo de la carne desgarrándose quedó ahogado por nuestras bocas unidas.

El cuerpo de Aeth se tensó violentamente. El calor de nuestro beso se transformó en un infierno helado cuando su sangre dorada brotó a borbotones, manchando mi mano y arruinando las sábanas de seda.

Se apartó de mis labios con un jadeo ahogado. Sus ojos, inmensos y azules, se abrieron de par en par, chocando con los míos. Un espeso hilo de sangre resbaló por la comisura de su boca. No gritó. No intentó arrancarse la hoja.

Me miró con una lucidez devastadora. No había sorpresa en sus ojos. Había una tristeza infinita, pesada como el océano.

—Sabía... sabía que la Luz te había envenenado... —susurró, su aliento mezclándose con el sabor metálico de la sangre y la traición—.

Pero entonces, algo cambió. La indulgencia y el dolor en su mirada fueron reemplazados por un destello salvaje, oscuro, cargado de una posesividad letal. Sus ojos ardieron con un fuego de otro mundo.

Aeth levantó su mano derecha, empapada en su propia sangre dorada. Hubo un movimiento rápido. Un golpe de pura sombra y fuerza cortando el aire directo hacia mi pecho.

Y entonces... oscuridad absoluta. Silencio. El vacío me tragó entera antes de que pudiera entender qué demonios me había hecho.

El aire regresó a mis pulmones con una lentitud agónica, como si me hubieran obligado a tragar tierra. El lecho de seda y la penumbra del palacio se hicieron añicos. De pronto, el olor a incienso desapareció, reemplazado por la humedad cruda del bosque.

Estaba de nuevo en el claro, jadeando, sentada a horcajadas sobre Aeth.

La daga temblaba violentamente en mis manos. La punta de obsidiana seguía apoyada contra su pecho. Exactamente en el mismo lugar donde, milenios atrás, había destrozado su corazón.

Un sollozo sordo, casi animal, se atoró en mi garganta. Solté el arma como si quemara. El cuchillo cayó y rebotó contra la tierra con un sonido metálico que pareció resonar en todo el bosque.

Me bajé de él a trompicones, torpe y sin gracia. Mis piernas no me sostenían, así que me arrastré hacia atrás por el barro, alejándome de él hasta que mi espalda chocó contra el tronco rugoso de un árbol. Me abracé las rodillas, encogiéndome sobre mí misma.




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