KAEL
La lluvia no cesa.
Golpea la mesa improvisada con la misma insistencia con la que mis pensamientos chocan contra la misma idea una y otra vez.
Aira.
El mapa está extendido frente a mí, sujeto por piedras para que el viento no lo arranque. El papel ya está manchado de agua y barro, pero las marcas siguen siendo claras. Las rutas. Los puntos de vigilancia. Y, marcada con tinta más oscura que el resto…
La grieta.
—Aquí —digo, clavando la mano sobre el mapa—. No rodeen más. Si seguimos bordeando el Bosque Prohibido, solo vamos a perder tiempo.
Los consejeros intercambian miradas tensas. Nadie quiere ser el primero en contradecirme.
—Mi príncipe —dice finalmente uno de ellos—. Los exploradores informan actividad irregular. Corrientes que cambian de dirección. Sonidos que no tienen origen claro. El bosque no… no se está comportando de forma estable.
Alzo la mirada.
—Nunca lo hace.
Enderezo la espalda, ignorando el peso del agua empapando mi capa.
—Eso no es razón para detenernos.
Otro consejero carraspea.
—No es solo el bosque. La grieta… responde.
Aprieto la mandíbula.
—¿Responder a qué?
—A usted.
El silencio cae como un golpe.
—Explícate.
—Cada vez que usted se acerca —continúa, con cautela—, la actividad aumenta. Como si… —duda— como si algo lo reconociera.
Siento un escalofrío recorrerme la espalda.
Rabia. No miedo.
—Entonces es claro —respondo—. No voy a detenerme ahora.
Me giro hacia los soldados.
—Preparad a los exploradores del aire. Quiero ojos sobre el dosel del bosque y guardias avanzando por tierra. Nadie entra solo. Nadie se separa.
—Mi príncipe —dice uno de los capitanes—. ¿Y si ella…?
No lo dejo terminar.
—No es una “ella” abstracta —corto—. Es Aira.
El nombre me pesa en la lengua.
—Y está sola —añado—. Sea lo que sea que esté ocurriendo, no tiene por qué enfrentarlo sin apoyo.
No digo sin mí.
Pero todos lo entienden.
Un trueno retumba a lo lejos, profundo, prolongado. No viene del cielo.
Viene del bosque.
Vuelvo al mapa.
Mi dedo traza una ruta directa hacia el punto donde la grieta fue vista por última vez. Donde el aire se partió. Donde algo cambió para siempre.
—Avanzamos al amanecer —ordeno—. Si el bosque intenta cerrarse… lo abrimos.
Los consejeros dudan, pero asienten.
Cuando se dispersan, me quedo solo bajo la lluvia.
Cierro los ojos un instante.
Y la siento.
No como presencia clara. No como voz.
Como una presión en el pecho. Como un hilo invisible que tira de mí hacia adelante.
Aira.
No sé dónde estás.
No sé qué te está pasando.
Pero juro por todo lo que queda en pie que no voy a detenerme.
Ni aunque el bosque me trague.
Ni aunque la grieta vuelva a abrirse bajo mis pies.
Porque si hay algo al otro lado que te reclama…
Entonces tendrá que pasar primero por mí.
Y sin saberlo, doy un paso más hacia el lugar donde mi hermano renació.
…
El amanecer no llega con luz.
Llega con movimiento.
El campamento despierta antes de que el cielo cambie de color. Pasos apresurados sobre tierra mojada. El roce de armaduras ajustándose. Alas plegándose y desplegándose con impaciencia contenida.
—Kael.
No necesito girarme para reconocer la voz.
Zephyr camina hacia mí desde el borde del claro, la capa empapada pegada al cuerpo, el cabello oscuro recogido de cualquier forma menos ordenada. Sus alas están tensas, apenas visibles bajo el manto, como si el viento mismo la empujara hacia adelante.
—Te dije que no esperarías —dice—. Y aun así… aquí estás.
—Y tú también —respondo.
Zephyr mira el bosque. Sus ojos no muestran miedo, sino una concentración inquieta.
—El aire no está bien —añade—. No fluye. Se dobla. Como si alguien lo estuviera reteniendo a propósito.
Mi pecho se aprieta.
—¿Puedes atravesarlo?
—Puedo intentarlo —responde—. Pero no prometo volver ilesa.
—Nunca lo haces —murmuro.
Un paso pesado interrumpe la conversación.
Pryron emerge entre los soldados como una muralla viva. Su armadura de placas rojizas aún humea ligeramente, evaporando la lluvia al contacto. Cada paso suyo deja la tierra marcada, endurecida.
—Esto es una pérdida de tiempo —gruñe—. Si la grieta está ahí, la cerramos. Si algo sale de ella, lo quemamos.
Zephyr lo fulmina con la mirada.
—No todo se arregla con fuego.
—Todo se aclara con fuego —replica Pryron—. El problema es que ustedes insisten en mirar antes de actuar.
—Basta —ordeno.
Ambos me miran.
—No estamos aquí para pelear entre nosotros. Si Aira está cerca de esa grieta, cualquier movimiento en falso podría… —me detengo— podría empeorar las cosas.
Pryron frunce el ceño.
—Hablas como si ella fuera el centro de todo esto.
No respondo.
Porque en el fondo, lo sé.
Antes de que pueda decir algo más, el aire cambia.
No con violencia.
Con presencia.
El suelo se humedece aún más, como si el agua se filtrara desde abajo. Un murmullo suave recorre el claro, como olas lejanas rompiendo contra piedra.
Los soldados retroceden instintivamente.
El agua se reúne.
No cae del cielo. Se forma.
Y de ella emerge la Reina del Agua.
Su figura es serena, imponente sin esfuerzo. La lluvia parece evitarla, deslizándose a su alrededor como si no se atreviera a tocarla. Sus ojos claros recorren el campamento con calma calculada.
—Príncipe Kael —dice—. Has avanzado demasiado rápido.
Inclino la cabeza, con respeto.
—No puedo esperar —respondo—. La grieta se expande. Y Aira…
—…es una variable que altera los equilibrios —termina ella—. Sí. Lo sé.
Zephyr se tensa.
—¿Entonces por qué no haces nada? —espeta—. ¡Tus corrientes también están siendo afectadas!