LA REINA DEL AGUA
El agua está demasiado quieta.
Eso debería tranquilizarme. Soy yo quien la gobierna, quien la ordena, quien la calma cuando el reino tiembla. Pero hoy esa quietud no es obediencia. Es contención. Como un océano que se queda inmóvil solo porque sabe que, si se mueve, lo destruirá todo.
Apoyo las manos en el borde del estanque central. La piedra está fría. Siempre lo está. Yo no.
Cierro los ojos.
Y el pasado vuelve, como siempre lo hace: sin permiso, sin piedad.
Aeth estaba frente a mí.
No como príncipe.
No como elegido.
Como hermano mayor.
—Debemos casarnos —dijo.
No fue una orden.
Fue una constatación.
Sentí el agua a mi alrededor tensarse, inquieta, como si el reino mismo supiera que estaba a punto de romper algo que no tenía arreglo.
Lo miré.
Y no bajé la mirada.
—No —respondí—. No puedo.
Aeth no se movió.
—Es lo que se espera —dijo—. Lo que mantiene el equilibrio.
Tragué saliva. El silencio pesó más que cualquier corona.
—No sería justo —añadí—. No para ti.
Eso fue lo que lo hizo alzar la vista de verdad.
—¿Por qué?
El agua tembló.
No porque dudara.
Sino porque no podía mentir.
—Yo amo a tu hermano —dije al fin.
El silencio cayó entre nosotros como una sentencia.
Aeth no reaccionó de inmediato. No frunció el ceño. No se tensó. Solo me miró, con esa calma peligrosa que siempre precede a algo irreversible.
—Lo sé —respondió.
Eso fue peor que cualquier reproche.
Tragué saliva.
—No como esperan —me apresuré—. No como lo exige el reino. Pero lo amo. Y no quiero que él crea que lo traiciono. No quiero que piense que todo fue una mentira.
Di un paso más cerca, con el corazón golpeándome las costillas.
Abro los ojos de golpe.
El agua del estanque se ondula, traicionándome. Pequeñas ondas circulares rompen el reflejo del cielo, deforman mi rostro hasta volverlo irreconocible. Respiro hondo. Una vez. Dos. Tres. No sirve.
La memoria no se calma.
La Serpiente apareció sin anunciarse.
No desgarró el aire.
No emergió del agua.
No cruzó ningún umbral visible.
Simplemente… estuvo allí.
Un segundo antes no existía.
Un segundo después, el mundo ya no era el mismo.
Sentí el frío recorrerme la espalda antes siquiera de verla. Un frío profundo, antiguo, que no tocaba la piel sino algo más adentro, como si mi propia sombra hubiera reconocido a su dueña. Cuando alcé la vista, su cuerpo oscuro parecía flotar entre los reflejos del estanque y las raíces del bosque, como si no perteneciera del todo a ninguno de los dos mundos.
No proyectaba sombra.
La absorbía.
Sus ojos se clavaron en Aeth.
No me miraron a mí.
No necesitaban hacerlo.
—Has sido elegido —dijo.
No habló al aire.
No habló en voz alta.
Habló a la esencia misma de las cosas.
Sentí las palabras vibrar en mis huesos, como si alguien hubiera tocado una cuerda tensada dentro de mí. El agua del estanque tembló. Los árboles inclinaron apenas sus copas. El mundo escuchaba.
Aeth no retrocedió.
No dio un paso atrás.
No tensó los hombros.
No buscó mi mirada.
—Lo sé —respondió.
Y en ese instante lo entendí todo.
No porque me lo explicaran.
No porque alguien lo dijera en voz alta.
Lo entendí porque algo dentro de mí se quebró de forma limpia, precisa, irreversible.
La Serpiente habló de grietas.
No como heridas…
sino como puertas.
Habló de coronas que no brillaban, de reinos que no necesitaban luz porque habían aprendido a existir en la sombra. Habló de un trono que no se heredaba por sangre, sino por resistencia. De un reino que no era cielo ni tierra, sino el espacio entre ambos, donde las cosas olvidadas seguían respirando.
Habló de perderlo todo sin morir.
De ser dividido sin desaparecer.
De ser reclamado.
Cada palabra era un clavo.
Cada silencio, un martillo.
Mientras hablaba, sentí cómo algo se rompía dentro de mí. No fue un estallido. No fue un grito. Fue un quiebre lento, como el de una estructura que siempre estuvo destinada a ceder.
No porque no entendiera.
Sino porque entendía demasiado bien.
Aeth estaba siendo ofrecido.
No como sacrificio.
Como respuesta.
Y lo peor… lo insoportable…
era que él lo sabía.
Aeth aceptó.
No preguntó el precio.
No pidió tiempo.
No miró atrás.
Siempre aceptaba.
Eso era lo que más miedo me daba de él.
—¿Y Kael? —pregunté antes de poder detenerme.
Mi voz sonó extraña, ajena, como si hubiera atravesado demasiadas capas para llegar al aire.
La Serpiente giró apenas la cabeza. Por primera vez, sentí su atención rozarme. No fue hostil. Fue… evaluadora.
—El hermano menor —dijo— pertenece a otro camino.
—No —insistí—. Él lo seguirá. Siempre lo hace.
Aeth se giró entonces. Me miró por primera vez desde que la Serpiente había aparecido. Sus ojos seguían siendo los mismos… y no lo eran. Había en ellos una calma que no reconocí. Una aceptación que me heló la sangre.
—Kael no debe saberlo —dijo.
—Aeth…
—No debe —repitió, con una firmeza que no admitía discusión.
La Serpiente asintió.
—El que queda atrás debe creer en la pérdida —dijo—. Solo así cumplirá su papel.
Sentí náuseas.
—¿Qué papel? —susurré.
La Serpiente sonrió.
No con la boca.
Con el tiempo.
—Odiar —respondió—. Vigilar. Proteger aquello que cree destruido.
Entonces lo vi. No como visión. No como profecía. Lo vi con una claridad brutal.
Kael buscando.
Kael jurando.
Kael convirtiendo la grieta en enemigo.
Y comprendí que el engaño no era un daño colateral.
Era necesario.
—No —dije, dando un paso adelante—. No así. Si va a perderte… no puede perderte creyendo que lo abandonaste.