AIRA
Las palabras colgaron en el aire, pesadas y letales.
Yo te voy a matar a ti.
El bosque entero pareció contener la respiración. El calor de su rostro rozando el mío era un contraste enfermizo con el hielo absoluto de su promesa. Esperé sentir miedo. Esperé que el terror me paralizara o que la necesidad de huir me dominara, pero lo único que me invadió fue una desolación tan vasta que amenazó con asfixiarme.
Aeth se apartó lentamente. La distancia física entre nosotros volvió a ser de apenas un metro, pero se sentía como si un abismo cósmico se hubiera abierto a nuestros pies.
Me miró desde arriba, con su postura impecable, esperando. Esperando que me rompiera. Esperando que llorara y suplicara perdón por un crimen que mis manos cometieron en una vida que apenas lograba comprender.
Miré la daga de obsidiana tirada en el barro entre nosotros. El arma que había cruzado milenios para recordarme lo que yo era. Una asesina. Una reina corrompida.
—Hazlo ahora —susurré.
La voz me tembló al principio, pero tragué aire y la encontré de nuevo. Me puse de pie, ignorando el temblor de mis rodillas y el barro que me cubría.
—Si el equilibrio exige mi sangre para cerrar la Grieta, cóbrate la deuda de una vez —dije, dando un paso hacia él y pateando la daga hasta que chocó contra la punta de su bota—. Termina lo que empezamos en esa maldita cama, Aeth. Mátame.
Él no se movió. Sus ojos descendieron hacia la daga y luego volvieron a mi rostro. Su mandíbula estaba tan apretada que parecía tallada en piedra.
—Recógela —ordenó, con una voz que carecía de cualquier emoción.
—¡Que lo hagas! —le grité, y el viento respondió a mi voz. Una ráfaga violenta barrió el claro, arrancando hojas y haciendo crujir las ramas sobre nosotros. La magia latía en mis venas, furiosa, alimentada por la traición, la culpa y el dolor desgarrador de haber recuperado al amor de mi vida solo para saber que me odiaba.
Me acerqué a él hasta que mi pecho casi rozó el suyo. Alcé el rostro, desafiando su altura, con las lágrimas calientes resbalando por mis mejillas mezclándose con la suciedad.
—Dices que no eres el idiota enamorado de antes —siseé, clavando mis ojos en los suyos—. Dices que no vas a cerrar los ojos esta vez. Entonces mírame, Aeth. Mírame a los ojos, clávame el cuchillo y dime que el mundo estará a salvo. Dime que esto —me golpeé el pecho con el puño cerrado— arreglará lo que rompimos.
El cielo sobre el dosel del bosque rugió. Un trueno profundo hizo vibrar la tierra bajo nuestras botas. La primera gota de lluvia cayó, helada, golpeando mi mejilla como una advertencia.
Aeth bajó la mirada hacia mí. El abismo en sus ojos azules se agitó. Por una fracción de segundo, vi cómo la máscara se resquebrajaba. Vi el destello de una agonía tan profunda que me robó el aliento. Sus manos, que colgaban a los costados, se cerraron en puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Levantó una mano lentamente. Cerré los ojos, esperando el golpe. Esperando la oscuridad que recordaba de mi sueño.
Pero lo que sentí fue el dorso de sus dedos rozando mi mejilla, apartando una lágrima con una delicadeza que me destruyó más que cualquier puñalada.
Abrí los ojos de golpe.
Él estaba inclinado hacia mí. Su respiración, errática y caliente, chocaba contra mis labios. La tensión entre nosotros era un cable a punto de reventar. Quería golpearlo. Quería besarlo hasta sangrar. Quería que el bosque nos tragara a los dos.
—No voy a matarte hoy, Aira —murmuró, y su voz era un hilo ronco, oscuro, cargado de un deseo tóxico y desesperado—. Te voy a matar el día que recuperes tu trono. Cuando tengas la corona en la cabeza y las alas en la espalda. Cuando el universo sepa exactamente qué reina le estoy arrebatando.
Agarró mi muñeca, no con fuerza para lastimarme, sino para obligarme a abrir la mano. Con un movimiento fluido que apenas pude registrar, levantó la daga del suelo y la depositó en mi palma, cerrando mis dedos alrededor de la empuñadura.
—Hasta entonces —susurró, con los labios rozando el lóbulo de mi oreja, enviando una descarga eléctrica por toda mi espina dorsal—, más te vale que aprendas a usar esto. Porque el día que yo venga a cobrarme tu vida... espero que pelees por ella.
Me soltó de golpe. El frío de la lluvia y la ausencia de su cuerpo me golpearon al mismo tiempo. Se dio la media vuelta, dándome la espalda mientras caminaba hacia las sombras espesas de los árboles, donde la lluvia empezaba a caer con una furia implacable.
Me quedé allí, en el centro de la tormenta que yo misma había invocado, empuñando el arma con la que lo había asesinado. Y mientras la lluvia lavaba la tierra de mi rostro, apreté la daga con tanta fuerza que me hice daño.
Si iba a matarme al final de este camino, no se lo iba a poner fácil. Iba a recuperar mis alas. Iba a recuperar mi trono. Y cuando llegara el momento de enfrentarnos... le demostraría que no solo recordaba cómo traicionar, sino también cómo reinar.
AETH
La lluvia helada me empapaba la ropa, pero no lograba apagar el fuego que me quemaba por dentro.
Aceleré el paso, alejándome del claro, alejándome de ella. Mis botas hundían el barro con cada zancada, pero no sentía la tierra. Solo sentía el rastro de sus lágrimas en mis nudillos. Solo sentía el eco de su voz exigiéndome que la matara.
«Hazlo ahora».
Maldita sea. Maldita y mil veces maldita sea su valentía.
Me detuve cuando estuve seguro de que la espesura del bosque nos separaba por completo. Apoyé una mano contra el tronco de un roble centenario y cerré los ojos, respirando entrecortadamente. El autocontrol que había mantenido durante milenios colgaba de un hilo tan fino que estaba a punto de deshilacharse.
Había visto la culpa destrozarla. La había visto desmoronarse al recordar lo que me hizo. Y luego, en lugar de quedarse en el suelo como una víctima rota, se había levantado. Se había bañado en magia, viento y furia, plantándose frente a mí con una fiereza que casi me hizo caer de rodillas allí mismo.