Aira

XXXIII

AIRA

Me había dejado sola.

El sonido de sus pasos hundiéndose en el barro se había desvanecido minutos atrás, engullido por el rugido de la lluvia y el viento. Me quedé allí, en el centro del claro, temblando de frío, de frustración y de una tormenta de emociones que me estaba destrozando por dentro.

Apreté la daga de obsidiana contra mi pecho. Me iba a matar. Mi maestro. El Rey de las Sombras. El hombre que me había arrebatado todo, que me había prometido la muerte, pero que, de alguna manera retorcida, era el único en todo el universo capaz de ver a la bestia que realmente latía dentro de mí. No lo amaba. O al menos, me repetía eso como un escudo. Pero tampoco lo odiaba, y eso era lo que más me aterraba. Lo que sentía por Aeth era un nudo asfixiante de rencor, fascinación y un magnetismo oscuro del que no podía escapar.

Grité. Un grito desgarrador que hizo que el viento a mi alrededor estallara en un huracán turquesa, arrancando de cuajo las raíces de los árboles muertos.

Y entonces, una voz grave, áspera y cargada de una electricidad letal, cortó la tormenta como una cuchilla.

—Te dije que pelearas por tu vida, Aira. No que le hicieras berrinches a los árboles.

El aliento se me atoró en la garganta. Me giré de golpe, levantando la daga.

Aeth emergió de las sombras espesas de la arboleda. No se había ido. O tal vez sí, pero había regresado, y la oscuridad que lo rodeaba ahora era distinta. Ya no era la frialdad contenida de un maestro; era un pozo sin fondo, denso, aplastante. Sus ojos azules brillaban en la penumbra como fuego fatuo.

Caminó hacia mí despacio, con la cadencia de un depredador que ha acorralado a su presa.

—Estás temblando, reina mía —ronroneó. Su voz era un susurro áspero que me arañó la garganta, mezclado con el calor de su aliento—.¿Es por el frío, mi reina? ¿O es porque la última vez que me clavaste esta daga me estabas besando... y te aterra darte cuenta de que te mueres de ganas de repetir las dos cosas?

—Dijiste que nos veríamos cuando yo tuviera mi corona —le escupí, retrocediendo un paso, mi pecho subiendo y bajando agitado.

—Hubo un cambio de planes —ronroneó, y en un parpadeo, la distancia entre nosotros desapareció.

Se movió con una velocidad inhumana. Su mano se cerró alrededor de mi muñeca, deteniendo la daga a un milímetro de su propio cuello, mientras con el otro brazo me rodeaba la cintura, tirando de mí hacia él con una violencia que me dejó sin aire. Chocamos con tanta fuerza que el impacto me sacudió los dientes.

—Suéltame —siseé, forcejeando. Pero su agarre era de hierro, y el calor de su cuerpo contra el mío me quemaba a través de la ropa empapada.

—Están aquí —murmuró. Inclinó el rostro, hundiendo la nariz en mi cuello, inhalando mi aroma mezclado con la lluvia y el ozono.

Cerré los ojos, traicionada por mi propia biología. Un escalofrío hirviente me recorrió la espina dorsal. Detestaba que tuviera este poder sobre mí, detestaba que me hubiera arrastrado a este juego mortal, pero odiaba aún más la forma en que cada fibra de mi ser respondía a su toque.

—Kael —continuó Aeth, su aliento rozando mi piel, encendiendo un fuego que me hizo apretar los muslos—. Su ejército. La Luz. Ya cruzaron el perímetro. Vienen a ponerte cadenas y a llamarlo salvación.

Rozó mi lóbulo con los labios. Me obligué a abrir los ojos y le clavé las uñas en el antebrazo, usándolo como ancla para no dejarme consumir por la tensión que nos ahogaba a los dos.

—¿Vas a entregarte a ellos, pequeña jinete? —susurró—. ¿Vas a dejar que te corten las alas antes de que siquiera te crezcan?

—¡No voy a dejar que nadie me encadene! —grité, empujando la daga contra su garganta hasta que una gota de sangre dorada brotó de su piel—. ¡Ni ellos, ni tú!

Aeth soltó una carcajada baja, ronca, que vibró contra mi pecho. Sus ojos chocaron con los míos. Estaban oscurecidos por una necesidad tan posesiva, tan abrumadora, que el mundo entero pareció desaparecer.

—Esa es mi reina —dijo, sonriendo con una devoción retorcida—. Si vas a caer, caerás en mis tierras. Porque nadie más en este maldito universo tiene derecho a derramar tu sangre. Y no pienso compartirte.

—Aléjate de mí —gruñí, aferrando la daga.

La comisura de sus labios se curvó en una sonrisa cruel. Su pulgar subió por mi cuello, trazando mi pulso desbocado hasta acariciar mi mandíbula con una suavidad que me descolocó por completo.

—Me alejaré el día que te entierre, Aira. No antes.

Me soltó de golpe, retrocediendo dos pasos. El contraste entre el calor de su cuerpo y el hielo de la lluvia me dejó jadeando.

El aire a nuestro alrededor dejó de ser aire. Se volvió estático, pesado, como si el universo estuviera a punto de colapsar. Aeth no sacó ningún arma. Simplemente levantó ambas manos, clavó sus dedos en el tejido invisible de la realidad y, con un rugido que hizo sangrar mis oídos, rasgó el mundo por la mitad.

El sonido fue el de un millón de huesos rompiéndose al Una fisura cósmica se abrió de par en par, sangrando oscuridad pura, ozono y un frío tan absoluto que congeló la lluvia a nuestro alrededor en el aire.

La onda expansiva me tiró al barro. Cuando levanté la vista, el aliento me abandonó.

A través de la herida abierta en el mundo, no había otro bosque. Había un abismo. Un cielo asfixiante de nebulosas violetas que parecían hechas de sangre coagulada y plata oscura. Y sobre un precipicio interminable, se alzaba el Bastión de Umbra. Una pesadilla gótica de obsidiana afilada que rasgaba las nubes.

Pero lo verdaderamente aterrador fue lo que el abismo le hizo a él.

Sin cruzar el umbral, parado en la mugre de mi mundo, la oscuridad reclamó a su rey. La ropa de Aeth se desintegró en humo negro. El vacío se arremolinó a su alrededor con la violencia de un huracán, tejiéndose directamente sobre su piel, cristalizándose hasta forjar una armadura de acero abismal. Runas que sangraban fuego azul brillaron en las placas. Una capa de niebla densa, hecha de almas rotas y frío eterno, cayó de sus hombros. Y sobre su cabeza, las sombras se afilaron hasta coronarlo.




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