Aira

XXXIV

AIRA

El aire del abismo golpeó mis pulmones como una sacudida eléctrica.

Era frío, denso y olía a estrellas muertas, a ozono y a un poder tan antiguo que hacía que la sangre me zumbará en los oídos. Mis botas, cubiertas del lodo de un bosque humano que ya parecía un recuerdo lejano, pisaron la obsidiana pulida del balcón principal del Bastión de Umbra.

A nuestras espaldas, el portal se cerró con un crujido que selló mi destino. Ya no había vuelta atrás.

Me solté de su mano, pero la pérdida de su calor duró apenas un segundo. Aeth se colocó detrás de mí. Sentí la dureza de su armadura de acero abismal rozando mi espalda, y su mano, grande, acorazada y posesiva, se posó en mi cintura, empujándome suavemente hacia el borde del precipicio.

—Mira tu imperio, Aira —murmuró junto a mi oído, su voz resonando en mi pecho—. Míralos.

Me asomé al abismo, y el aliento me abandonó por completo.

El valle era un océano de oscuridad contenida, iluminado apenas por el fulgor de las nebulosas violetas y plateadas que surcaban este cielo sin sol. Todo el Ejército del Ocaso, cientos de miles de guerreros sin rostro, seguían arrodillados, con la cabeza gacha en señal de sumisión absoluta.

Los lobos espectrales, bestias de cinco metros de alto, exhalaban humo por sus fauces; las panteras de vacío mantenían sus colas de sombra quietas sobre la piedra. Y arriba, orbitando las torres del castillo en un silencio espectral, los colosales Leviatanes de Sombra flotaban esperando una sola palabra.

Cien mil monstruos. Una legión capaz de hacer pedazos la creación entera. Y todos contenían la respiración por nosotros.

Aeth dio un paso al frente, colocándose a mi lado en el borde del balcón. Su presencia pareció absorber la poca luz que quedaba en el valle. Cuando habló, no gritó. No le hizo falta. Su magia amplificó su voz hasta que cada sílaba, profunda y letal, resonó en la mente de cada soldado, de cada bestia, y de mí misma.

¡LEVANTÁOS!

El sonido de cientos de miles de guerreros poniéndose de pie al unísono fue como el choque de placas tectónicas. La tierra de obsidiana tembló. Las bestias alzaron la cabeza, clavando sus ojos de fuego azul directamente en nosotros.

Aeth desenvainó su espada, Desolación, un mandoble tan negro que parecía sangrar oscuridad. La levantó hacia el cielo de nebulosas.

—¡Durante milenios, el mundo nuevo nos llamó una anomalía! —su voz fue un trueno oscuro que barrió el valle—. ¡Los reinos de la Luz y el Fuego nos enterraron en este abismo, convenciéndose a sí mismos de que podían borrar a las sombras para que su sol brillara eternamente! ¡Creyeron que estábamos muertos! ¡Creyeron que el equilibrio les pertenecía!

Los wyverns soltaron un chillido bajo, ansioso. Los soldados golpearon el suelo con las astas de sus lanzas: ¡BUM! ¡BUM!

Aeth bajó la espada, apuntándola hacia mí. Millones de ojos me miraron.

Aeth se giró hacia mí. Sus ojos ardían. —Tú eres la Reina del Aire. Mi cielo te pertenece tanto como mis sombras .—murmuró, su voz cargada de un orgullo oscuro e innegable—. Te presento a El Ejército del Ocaso. Mi ejército. Y desde este momento... el tuyo.

Me quedé sin palabras. Mi mente no podía procesar la escala de lo que estaba viviendo.

Se adelantó hasta el borde del balcón, alzando su espada principal, una hoja tan negra que parecía absorber la luz de las nebulosas. El silencio en el valle era ensordecedor, esperando la voz de su rey.

Señaló hacia atrás, directamente hacia mí. Todos los ojos, cientos de miles de miradas ardiendo en la oscuridad, se clavaron en mi figura solitaria. Mi ropa seguía sucia y rota por el entrenamiento, pero en respuesta a la atención masiva, mi magia reaccionó.

—¡HE AQUÍ A LA JINETE! —bramó Aeth, su voz compitiendo con el rugido de mis vientos—. ¡LA REINA QUE ROMPERÁ LOS CIELOS! ¡ANTES DE QUE EL EQUILIBRIO EXIJA NUESTRA SANGRE, LE MOSTRAREMOS AL MUNDO LO QUE SUCEDE CUANDO LA TORMENTA Y LA NOCHE MARCHAN JUNTAS!

Como si sus palabras hubieran detonado una bomba, el valle entero estalló. Los lobos colosales aullaron al unísono, un sonido tan desgarrador que hizo vibrar las columnas del castillo. Las panteras de vacío rugieron, los soldados golpearon sus escudos con un ritmo ensordecedor que hizo temblar la obsidiana bajo mis pies, y en el cielo, los Leviatanes soltaron relámpagos negros que iluminaron las nebulosas.

El clamor era absoluto. Era devoción pura, violenta y salvaje.

Aeth se volvió hacia mí, la Corona de Tinieblas sobre su cabeza haciéndolo lucir invencible. La promesa de muerte que nos unía seguía ahí, latente, pero en ese momento, parados frente a un ejército capaz de destruir la creación entera, la chispa en sus ojos azules me dijo la verdad.

Kael venía a buscarme. El mundo viejo venía a juzgarnos. Pero ya no estábamos en el bosque. Y ya no éramos presas.

Mi magia respondió a sus palabras. No pude evitarlo. No quise evitarlo.

La adrenalina estalló en mi interior y el viento respondió a mi llamado. Un huracán turquesa, brillante y salvaje, me envolvió, levantándome unos centímetros del suelo. Mi cabello se agitó como una corona de furia, y las corrientes de aire a mi alrededor chocaron con las sombras de Aeth, fusionándose en un remolino de relámpagos oscuros y viento afilado que iluminó todo el balcón.

Ya no era una exiliada asustada. Era una diosa de la destrucción.

Me acerqué al borde del balcón, con el viento rugiendo a mis pies, y miré al ejército.

—¡El mundo viejo viene a ponernos cadenas! —grité, y el viento llevó mi voz hasta el último rincón del valle, sonando igual de implacable que la de él—. ¡Vienen a exigir sumisión! ¡Vienen a llamarnos monstruos!

Apreté la daga de obsidiana y la alcé en el aire.

—¡Si quieren monstruos, les daremos el maldito infierno! —mi voz se quebró de pura furia—. ¡No dejaremos piedra sobre piedra! ¡Arrancaremos su cielo de cuajo! ¡A partir de hoy, la Luz no vuelve a salir!




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