Akari Azul

Primera Señal

AKARI

Puedo escuchar a lo lejos el tintineo de la campanilla de Deku, que viene corriendo a mi habitación, lo que hace que abra los ojos, porque significa que es hora de despertar, y ver la mancha en mi pared a la que le da la luz del sol me lo confirma.

Volteo a un lado y puedo ver las maletas que dejé la noche anterior, y aunque ahora viviré a 45 minutos de casa, empaqué como si fuera a irme a otro país, pero dicen que mujer precavida vale por dos.

Me levanto de forma perezosa de la cama para poder estar lista para el viaje. Peino un poco los nudos de mi cabello ondulado, que cae sutilmente hasta mi cintura mientras apareden destellos de un tono cobrizo cuando le caen los rayos del sol.
Me pongo mi short verde, que es tan cómodo, una camisa que era de mi hermano y los Converse azules, que para nada combinan, pero no importa probablemente cocinare pollo frito y no estaré en un desfile de moda.

Luego de veinte minutos estoy lista. Mi maleta, una bolsa de pan dulce que se ve aplastada por el peso de las cosas y mis Converse azules que ya no son tan azules.

- Te va a hacer bien, Pulguita -me dijo mamá.

Lo dijo como si irme al pueblo fuera a curarme de no saber qué hacer con mi vida.
Si tan solo el aire fresco te diera un título universitario y ganas de vivir

No le dije que yo ya sentía que me estaba muriendo un poco desde antes. Solo que no tan literal.

Logro despedirme de mamá por fin, le doy un último beso en la mejilla y subo al carro con papá, donde ya me esperaba la playlist ideal creada por él y para él.

El viaje fue tranquilo: ver el paisaje y los autos perderse entre los árboles y la brisa chocando con mi cara y enredando mi cabello como remolino, hasta empezar a entrar a una carretera distinta, con un poco más de tráfico y gente caminando con prisa sabiendo a donde dirigirse, con el plan perfecto de que hacer, y muy probablemente con planes o metas que cumplir durante los próximos diez años; y mentiría si digo que no les tengo envidia.

El pueblo huele a leña y café, o tal vez es porque en la entrada hay justo una cafetería

Hay gente caminando por doquier, puestos de comida callejera en cada esquina y gallos gritando como si les debieras dinero

Al llegar a mi ultimo destino me encuentro frente a una pequeña casa color verde y un rojo ladrillo, como si fuera el pequeño taller navideño de Santa, en la entrada hay unas pequeñas luces amarillas que dan directo a la puerta, y en ella, una mujer que no mide más de metro cincuenta, con una sonrisa perfecta y alineada y pequeñas arrugas alrededor de sus ojos que no se ven mal; en realidad es muy linda y las marcas alrededor de sus ojos son la prueba del esfuerzo que hace día con día. Era Bianca, mi hermana.

- Por fin -camina hacia mí con prisa para envolverme con sus brazos, y aunque sea la mayor, es mucho más bajita que yo, pero no puedo evitar pensar en: ¿por fin qué? ¿Por fin la desempleada sin ambición de la familia llega a donde al menos sirve de algo? Sin embargo, me limito a sonreír y a devolver el abrazo.

- Entra, entra, no te quedes acá, pasa que te muestro tu habitación y qué es lo que hacemos acá en Sweet Home -Sweet Home era el nombre del negocio de mi hermana; se dedicaba a vender comida casera y, a diferencia de mí, mi hermana sí parecía tener idea de qué quería. Salió de la casa a los dieciocho años, se casó, tuvo dos lindos hijos y ahora tiene un pequeño negocio en el pueblo que la hace feliz, como si ella se hubiera llevado toda la productividad de mí, pero claro, no es su culpa, no puedo culpar a las personas de mi indiferencia ante la vida y mi poca falta de metas.

Instantes después me encuentro acostada en una cama que no es mía y viendo la pared que no es mi pared; está pintada de un rosa suave y perfectamente cuidado, como si estuviera esperando a que alguien la habitara y la hiciera suya, y para su desdicha soy la persona menos indicada para ponerle color a esta habitación. Qué irónica es la vida: a pesar de que mi nombre es un color, mi vida parece muy gris.

Cuando estoy a la mitad de sacar las cosas de la maleta, escucho que tocan la puerta y se abre lentamente: era Bianca con una taza entre las manos

- Te traje un poco de té, sé que no te gusta, hermanita, pero te va a relajar después de ese pequeño viaje -se acerca y pone la taza en una mesita que está a mi lado.
- Lo tomaré solo porque lo hiciste tú, pero sabes que no me gusta ese té -no evito rodar los ojos.
- Ahora que estás acá será más fácil todo, me serás de mucha ayuda, de hecho podrías ayudarme justo ahora -hace un ligero puchero, igual al que hacía cuando estaba en casa y quería que guardara algún secreto.
- Bien, ¿qué necesitas?
- Necesito comprar las verduras para el estofado de la noche, podrías ir al supermercado y así ves cómo ha cambiado algo el pueblo durante estos últimos cuatro años -sonríe, y su sonrisa me anima y es que Bianca tenia la capacidadde contagiarte de positivismo con solo sonreir; tal vez no me hará mal ver cómo progresó este pequeño pueblo desde que me fui, y enseguida me levanto y tomo mi bolso

De camino al supermercado veo cómo muchos edificios que antes eran viejos han sido cambiados, ya hay más negocios, más carros, hay más y más de todo, más gente, más bulla, mas progresó y es curioso como hasta unos edificios pueden evolucionar, crecer y cambiar y yo sigo estancada

Mientras mantenia una conversación con mi conciencia sobre lo triste que es mi vida que tenga que compararme con un edificio y en el momento en que pongo un pie en el supermercado, golpeo mi cabeza con alguien sin querer, porque así de desafortunada estoy: mi primer día de vuelta y ya me golpeé con un desconocido, o bueno, ni tan desconocido.

Al levantar mi cabeza para quejarme, veo un rostro familiar: era Gabriel, un antiguo amigo con quien perdí contacto hace tiempo. Noto que él también me reconoció al instante, porque extiende sus manos y me abraza con fuerza.




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