Akila: los ángeles caídos

Capítulo 9

◣La Gran Cima del Ángel◢

Era un pueblo, tenía la estructura de un pueblo, no podía no ser un pueblo. Pero era distinto.

Aterrizamos a orillas del río que rodeaba el pueblo como una fosa. Ese pueblo estaba incrustado en la montaña, dejándonos a nosotros arriba. Hay caminos pequeños, casas sobre la tierra y sobre los árboles, grandes huertas y muchas criaturas distintas que nunca había visto. Lo más impactante es que no era solo eso. En el centro de todo ese pueblo, se encontraba una estatua de una mujer alada que fácilmente podía medir veinte metros de alto, de cabello largo hasta las rodillas; estaba sosteniendo un cetro que brillaba en la punta; y parecía estar hecha de hielo; por otro lado, tenía a su derecha dos gatos de distintos pelajes. Además, a lo lejos, tallado en árboles, piedras y la misma tierra, habían una serie de símbolos, parecidas a coronas de hojas, plumas y flores. Tuve el atrevimiento de preguntarle a Immanuel qué eran.

—¡Oh!—dijo rápidamente, tomándome el rostro y volteándome a verlo a los ojos—No los mires por más de veinte segundos, perderás la memoria.

Una fuerte teoría vino a mi cabeza en ese instante, y volví a preguntar:

—¿Eso le pasó a Lucián?

Un fuerte golpe hizo retumbar mi cabeza.

—Realmente eres un idiota—exclamó Miori apareciendo desde mis espaldas—¿Nunca aprenderás a no meterte donde no te llaman? Ya no preguntes nada.

—¡Seguiré preguntando todo lo que quiera, es nuevo para mí!—respondí en un tono caprichoso de niño pequeño. Ella solo rió y siguió caminando hacia unas escaleras que la adentraban hacia la aldea.

De repente, un grito de dolor nos puso en alerta. Volteé siguiendo el sonido y me encontré con Immanuel levantando a Diego. Corrí a ayudarlo de inmediato.

—Debemos llevarlo al hospital, debe tener algún hueso fracturado o algo—dije.

—Gracias por mantener mi calma, amigo—contestó Diego con un notable sarcasmo.

—No, vamos con mi padre, él sabrá qué hacer—ordenó Immanuel—. Ayúdame a subirlo.

Acomodé a mi amigo en los brazos del akila y vi cómo este no tardó ni un segundo en salir volando.

Inesperadamente, las garras de la persona que me había traído hasta allí, me tomó de las axilas y me llevó volando hacia una casa en lo más alto de la montaña, donde el suelo parecía cielo.

Allí nos recibió un hombre, canoso, de una edad avanzada y en pijama.

—Padre, nos atacaron—informó Gabriel, el hermano de Immanuel, haciéndose paso para ingresar a la casa.

El hombre inmediatamente se hizo a un lado y nos dejó pasar a todos.

El lugar no era muy grande, pero tenía unos ventanales del piso al techo que daban la ilusión de estar en medio del cielo. Se trataba de una cabaña rústica de gente millonaria, pero el anciano tenía cara de buena gente.

Immanuel colocó a Diego en uno de los sofás. Al verlo sentado, pude notar su pie izquierdo hinchado de manera horrible. El anciano se acercó y vio con detenimiento el pie herido.

—¿Cuál es su código de nacimiento?—preguntó.

Un silencio brutal se hizo en la sala. Diego miró sudor a Immanuel y los demás akilas, y luego, usando sus conocimientos previos, comenzó a citar su número de documento:

—43, 6...

—En realidad—lo interrumpió de inmediato Imma con una gota de sudor cayendo por su rostro, y un notable nerviosismo en su voz—, él no es akila.

—Entonces, llévenlo a un hospital. No puedo hacer nada por él—sentenció el anciano.

—Es que no podemos. Nos atacaron en el hotel. Fue el Grupo Negro, estoy seguro. Escuché un helicóptero.

—No puedo contradecir a mi hermano—acotó Gabriel—. Oí demasiado estos días. Las aves no dejan de cantar sobre supuestas guerras. Es mejor ser precavidos en los lugares públicos.

—¿Qué haremos si se desata una guerra?—preguntó con inquietud la mujer.

—No habrá guerra mientras no nos encuentren. No se ha detectado ni una sola desaparición en todo el año. Vamos por buen camino.

—El hecho de que estuvieran en el hotel significa que están buscando a Lucián—afirmó Immanuel.

—¿Lucián? ¿Dónde está ella?—preguntó él con cierto tono desesperado.

Miró a la susodicha, parecía nerviosa ¿quién no lo estaría? Estos últimos temas me han comido la cabeza ¿Guerras? ¿Grupo Negro? ¿Helicóptero? ¿Qué estaba pasando?

—Aquí—respondió Lucián tímidamente.

El hombre la vio con las mejillas enrojecidas y los ojos bien abiertos.

—Es igual a él—comentó.

Se acercó y sostuvo su rostro entre sus manos. La contempló con detenimiento, podría decirse que hasta le examinaba los ojos de adentro hacia afuera.

—Dime, ¿dónde tienes la marca?

—¿Marca?—preguntó ella confundida.

—Lucián sufre de memoria a corto plazo—comentó Immanuel—. Además, no tiene la marca.

Noté a Miori a mi lado, en ese momento. Entonces me acerqué a ella y le pregunté.

—¿De qué marca hablan?

Ella gruñó y me tomó de la muñeca. Me arrastró fuera de la casa hasta la orilla de esa montaña, desde la que se notaba todo pueblo. Se quedó contemplándolo, ni siquiera me miró o me soltó. No sabía qué hacer, así que solo la imité.

El sol estaba ocultándose, por lo que la luz de aquella estatua era lo único que alumbraba el lugar. Su color azulado, la hacía similar a una luna. El sol se perdía en las nubes a un paso tan veloz que sentí una pequeña desesperación, la cual creo que fue mucho mayor en Miori; pues escuché su respiración acelerarse mientras acariciaba mi muñeca. La observé. No se veía igual que siempre, fuerte y decidida; sino débil, temerosa, desesperada. Me soltó y se sentó dejando colgando sus pies de la orilla. No supe qué hacer, así que la imité.

—¿Estás bien?—le pregunté.

—Sí, es solo que...me asusta un poco estar lejos de casa cuando el sol se oculta.

No había caído en cuenta de la seriedad de esa confesión, solo pude decirle como un gran idiota.




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