"Al caer la nieve" (libro 1)

Capítulo 28: La señora de Valenzuela

No puedo parar de temblar.

Cada minuto, cada segundo sin noticias de él me quema por dentro.

Mi corazón late tan fuerte que casi duele, y al mismo tiempo parece detenerse. La incertidumbre no me deja tranquila, siento que me desgarra el alma y a las justas puedo respirar. Solo tenía un pensamiento el cual se repetía una y otra vez en mi mente: Que él estuviera completamente bien.

Su imagen en el pavimento no me deja en paz.

Esta maldita angustia va a acabar conmigo.

—Tienes que tranquilizarte, Cielo. —niego mientras Milagros acaricia mi espalda— Estoy segura de que él está fuera de peligro.

— ¿Y por qué no nos dicen nada?

—No somos sus familiares. —Lo sabía y, aun así, tenía ganas de aventarme a la señorita de admisión para sacarle alguna información. Doy un suspiro— Mateo está tratando de comunicarse con su madre.

—Cierto, también debo llamar a la mía. —me pongo más nerviosa. Mi mejor amiga palmea mi cabeza— Ya sé que debo calmarme, pero es que ha pasado tanto tiempo que…

—Los doctores también deben realizarle estudios. —me corta— ¡No puedes ser tan negativa!

—Familiares de…

Interrumpo a la doctora cuando me acerco a ella y por suerte, nos reconoce.

— ¿Cómo se encuentra?

—Ya enyesé su brazo y tuve que realizarle algunos puntos en su frente debido al fuerte golpe. —ella revisa unas hojas— Los estudios salieron normales, así que solo tendrá que descansar por un par de semanas. —por fin respiro hondo— Su compañero tuvo mucha suerte, si el auto no hubiera frenado a tiempo otra sería la historia. —las dos asentimos y agradezco mentalmente a Dios por tremendo milagro. La doctora chequea por todos lados— ¿Sus padres aún no están aquí?

—En camino. —miento y cambio de tema— ¿Cree que podría verlo?

— ¿Eres Cielo Navarro? —afirmo confundida— Su habitación es la 405. Te aconsejo que vueles porque no ha parado de preguntar por ti.

Sonrío como boba.

La doctora se marcha y antes de ir a verlo le recuerdo a Mili que llame a mi madre. Además de que si llega alguno de sus familiares no dude en enviarlos a su cuarto. Sin más, me encamino hacia su pabellón y ni bien me detengo frente a su puerta, contengo las lágrimas con fuerza porque estaba segura de que terminaría llorando al primer vistazo de su rostro.

Palmeo mis mejillas para luego girar el pomo de la puerta y…

—Pequeña nube.

Mi corazón se acelera al oírlo y se encoge cuando noto sus vendajes.

Avanzo lentamente sin dejar de recorrerlo con la mirada, debo hacerlo para tener la certeza de que la doctora no me mintió sobre su condición. Es extraño, ahora siento una mezcla de alivio y enojo: Alivio, porque está consciente, mostrándome esa sonrisa que me atonta y me enamora todos los días…; enojo porque casi me mata de tanta preocupación.

Mis pies se detienen frente a él y al parecer se percata de mis ojos vidriosos al soltar un:

—Estoy bien.

—Tú… —mis labios tiemblan— ¡Eres un idiota!

Rompo en llanto.

No quería afligirlo más, pero las imágenes de Steve a punto de ser atropellado y de Santiago creyéndose “Superman” al salvarlo continúan persiguiéndome como algo muy doloroso: El sonido del freno, los gritos y el golpe seco de sus cuerpos sobre el pavimento.

—Todo está bien, Cielo. —insiste el tonto— No fue nada.

—Pudo haber sido peor. —murmuro e intento secar mis mejillas— Por poco te pierdo y… te juro que no quería llorar, pero estaba tan asustada que…

Santiago estira su brazo sano y me atrae hacia su pecho. Su calidez me envuelve sintiéndose tan irreal que esté abrazándome después de su accidente. Las lágrimas resurgen con más intensidad que me hacen odiarme por ser tan llorona.

—Tranquila, ya pasó- —él acaricia mi cabeza con movimientos lentos— Por suerte, ese auto no me sacó volando como en las películas.

—Eso no es gracioso. —respondo molesta al mirarlo.

—Lo sé, pequeña nube. —sonríe bajito y limpia una de mis lágrimas con su dedo pulgar— Pero si no bromeo, soy capaz de llorar contigo.

Él toma mi mentón y sin decir nada, presiona sus labios contra los míos. Un beso corto, dulce que casi me quita el aire.

—Agradezco que te hayas preocupado por mí.

—Te pido que no vuelvas a hacerlo. —digo firme y seria para luego acariciar su mejilla— No eres un superhéroe.

— ¿Cómo está Steven?

—Con una fractura en la muñeca derecha. —suspiro— No es nada grave, pero la doctora le aconsejo en que se quede unas horas en la camilla o bueno, hasta que llegue su padre porque no quiere ver a su madre.

—A las finales, fue en vano lo que hice…

— ¡Claro que no! Tú salvaste su vida. Además… —agacho la mirada— la única culpable de todo… soy yo.

—No digas eso.

—Es así. —me siento tan avergonzada— Si te hubiera hecho caso, nada de esto hubiera ocurrido. Tú no estarías tan lastimado y Steve… no tendría el corazón roto en mil pedazos.

Ahora me doy cuenta de que debí seguir los consejos de Santiago. Por mi terquedad, el chico de ojos verdes estaba sufriendo demasiado y no tenía idea de cómo poder ayudarlo.

Tú también lo engañaste.

Lo sé y aquello solo me hace ver que soy una persona terrible.

—Seguiste lo que creías que era lo correcto y tenías razón, pequeña nube… —menciona con ternura. Aparto esos pensamientos— Yo debí ser sincero con mi ex - mejor amigo.

—No querías herirlo.

—Así es. Sin embargo, cada uno toma sus decisiones y le toca enfrentar las consecuencias.

— ¿Crees que deberíamos ir a hablar con él?

—Es mejor darle un poco de espacio.

Santiago tenía razón y estaba dispuesta a todo con tal de no perder la amistad de Steve. Por ahora, dejaré este tema a un lado para no martirizarnos más.

Él cambia de tema.

— ¿Cuánto tiempo debo estar con este yeso?

—Dos semanas.

— ¡¿Dos semanas?! —exclama agobiado y hace una mueca— Ese es el tiempo que nos queda de clases.



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En el texto hay: juvenil, romance, drama

Editado: 06.01.2026

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