"Al caer la nieve" (libro 1)

Capítulo 29: Viejos conocidos.

DANNA

No han pasado ni dos minutos desde que la señora Isabel salió de la habitación y ya su hijo está apartando las sábanas de la cama para poder incorporarse.

— ¿Qué crees que haces? —pregunto de inmediato e intento acercarme.

Santiago apoya una mano sobre el colchón, dispuesto a levantarse, pero el gesto de dolor en su rostro no pasa desapercibido. Aunque tenía el brazo lastimado estaba decidido a ir detrás de ella porque sabía perfectamente que su tonta acción solo era por esa estúpida mocosa.

Lo bloqueo. — ¿Has olvidado que estás herido?

—Tengo que hacerlo.

—Claro que no.

Él continúa insistiendo, fijándose en la puerta como si quisiera saber qué es lo que está ocurriendo afuera. Da un suspiro y por fin, logra su cometido. Lo único que no contó es que no lo dejaría dar ni un paso más.

Me mira como si quisiera aniquilarme.

—Apártate.

—Tengo que cuidarte.

—No eres mi madre.

—Pues lo hago por ella.

—Claro que no, lo haces por ti. —niego con la cabeza— Lamento tener que volver a ser duro contigo al decirte que no me interesas porque lo de nosotros ya pasó, fue bonito y ahí quedó. ¿Podrías entenderlo de una puta vez?

Duele.

Duele tanto que maldigo el ser tan migajera porque a pesar de todo, lo sigo amando demasiado. Ni siquiera sé en qué momento me clavé tanto con un chico cuatro años menor que yo cuando bien podría estar con alguien de mi edad porque “fanáticos” tengo por montón. Sin embargo, aquí estoy mendigándole a alguien que no siente ya nada por mí.

Saco fuerzas para aguantar las lágrimas.

— ¿Tanto… me odias?

—No te odio.

—Entonces, ¿Por qué me tratas así? —mis labios tiemblan— ¿Acaso aun no superas lo que pasó con Steve?

—Lo que pasó con él fue un arranque de tus inseguridades, ya que preferiste creer esos rumores en vez de hablar conmigo.

—Sí, sé que cometí un error, pero entre nosotros solo hubo un abrazo. —digo firme— Yo jamás te engañé.

—Y te creo, sin embargo, yo ahora no estoy para hablar de eso ya que sucedió hace mucho tiempo.

—Pero Santi, necesitamos esta conversación para poder aclarar las cosas y tal vez, tú y yo…

—Ya no existe el “nosotros”, Danna. —y vuelve a romperme el corazón por milésima vez— Yo estoy con Cielo y siempre estaré con ella. Nuevamente te pido perdón por si estoy siendo muy cruel y entendería si terminas odiándome; quizás sería lo mejor para que puedas olvidarte de mí.

—No puedo.

—Claro que puedes, solo que no lo intentas.

Si supiera cuántas veces lo he intentado…, y cuántas de esas veces terminé sintiéndome como una idiota. Incluso me fui al extranjero porque pensé que la distancia facilitaría las cosas. Me convencí de que solo era cuestión de tiempo, de dejar que pasaran los días, los meses, las horas… hasta que su recuerdo dejara de pesar tanto.

Pero no pasó.

Y supongo que ahora entiendo por qué.

Porque bien dicen que el primer amor nunca se olvida; no porque todavía se ame de la misma manera, sino porque hay afectos que sobreviven incluso cuando la historia ya terminó.

¿Debería ya darme por vencida?

***

CIELO

Sudo frío.

Tenerla frente a mí me intimidaba muchísimo.

Podía fingir que no, mantener la cabeza en alto y hacer como si sus ojos penetrantes no me afectaban en lo más mínimo, pero por dentro sentía un nudo en el estómago y el corazón me latía tan fuerte que por momentos pensaba que hasta ella podía escucharlo.

Porque no era cualquier persona.

Era su madre.

Lo peor era tener la certeza de que no le agradaba. Sentir que, hiciera lo que hiciera, ella ya había decidido quién era yo antes de conocerme realmente y eso dolía más de lo que quería admitir porque una parte de mí quería caerle bien, quería que algún día pudiera tratarme como lo hace con la Richi mayor.

¿Le tenía miedo? Sí.

Me sentía pequeña frente a ella y seguramente, si alguien me hubiera dado una excusa para salir de ahí, habría querido aprovecharla.

Aun así, también sentía molestia.

Porque podía entender que quisiera “proteger” a su hijo. Incluso podía entender que desconfiara de mí, sin embargo, no podía aceptar que me juzgara sin conocerme, como si mis sentimientos valieran menos solo porque soy una adolescente de quince años.

Ella suelta mi brazo para luego cruzar los suyos.

Respiro hondo.

—Dígame, Señora Isabel.

—Voy a ser súper clara contigo, niña. —habla firme— Quiero que te alejes de mi hijo. No quiero volver a verte con él y menos saber que sigues siendo su “novia”, así que voy a pedirte amablemente que rompan lo que según ustedes tienen. ¿Lo has entendido?

Estoy sin palabras.

Ni siquiera puedo responderle porque me ha dejado helada. Una cosa era que le sea desagradable y otra que me pida romper con él. «¿Dejar a Santiago? ¡Claro que no!»

Ella se da la vuelta creyendo que he aceptado su petición, por lo que no lo medito mucho y la tomo del antebrazo con vergüenza.

— ¿Qué haces?

— ¿Por qué no quiere que esté con su hijo?

—Simple. —aparta mi mano con un poco de brusquedad. No me quejo— Santiago merece estar con una chica como Danna Richi.

— ¿Aunque él no sienta nada por ella?

—Él la quiere.

—Él me quiere a mí tanto como yo lo quiero a él.

La señora Isabel me observa en silencio y solo por un segundo creo que he conseguido sorprenderla, pero enseguida esa expresión fría vuelve a instalarse en su rostro.

—Eres una mocosa que no tiene ni idea de lo que está diciendo.

—Puede ser —digo en un susurro—. Puede que usted tenga razón y todavía me falten muchas cosas por aprender. No obstante, sé lo que siento perfectamente.

—Lo que sientes ahora… —me corrige— es solo una ilusión que parece eterna porque así es como lo ves a tu corta y torpe edad.

Bajo la mirada por un instante.



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En el texto hay: juvenil, romance, drama

Editado: 18.09.2026

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