"Al caer la nieve" (libro 1)

Capítulo 31: El conejo de la luna.

— ¿Por qué el festival tiene ese nombre?

—Sé que es por una vieja leyenda de la ciudad en donde se dice que un conejo se perdió y no podía encontrar el camino de regreso porque sus huellas habían desaparecido. Entonces siguió a la luna para poder volver a casa.

— ¿Y por eso arman un festival?

—Bueno, la gente terminó diciendo que hay cosas que pueden perderse durante mucho tiempo, pero que, si realmente pertenecen a algún lugar, siempre hallan la manera de regresar porque “Aunque olvides el camino, el corazón recuerda donde estuvo alguna vez”. —me quedo perpleja. Él lo nota— ¿Te gustó esa frase?

—Sí.

—Lo verás en cada uno de los puestos y atracciones.

—Con el conejo de acompañante.

—Muy sabia, nube.

Más bien fue intuición.

Aunque tenía unas ganas de visitar ese lugar, un escalofrío recorría mi cuerpo como si me advirtiera que no indague más y solo me enfoque en encontrar al chico de ojos verdes para luego dar media vuelta, y volar a casa. Sacudí la cabeza, decidida a solo creer que eran tonterías mías y ni bien cruzo la calle, visualizo el enorme parque, que como mencionó Oda, el festival acaparaba la mayor parte de este.

—Se ve tan desolado… —ubico a mi mejor amigo a unos metros, señalándolo— Ahí está, Santi.

No le permito hablar al jalar su mano, pidiéndole que se apresure porque no vaya a volver escapar de nosotros. Mientras nos vamos acercando con sigilo, logro notar su expresión decaída y el que limpie sus mejillas me hace sentir tan culpable. ¿Cuánto tiempo habrá estado llorando?

—Steve…

Él capta mi voz, por lo que gira su rostro para fijarse mejor hasta que mira a Santiago y nos da la espalda por completo. Estaba claro que no tenía la intención de hablar conmigo delante del que era mi novio y quien sabía de las tantas infidelidades de su madre.

Opto en soltar la mano del tonto y me siento a su lado.

—No nos ignores, por favor. —digo con tono de súplica— Nosotros hemos estado preocupados por ti.

—Cielo tiene razón. —agrega Santiago— Comprendo que me odies, pero no te la agarres con ella.

—Cómo si la hubiera tratado mal alguna vez. —Steve responde y por fin, nos da la cara. Posa sus ojos verdes en su ex – mejor amigo— Yo no soy como tú.

—Lo sé.

—Aun así, quiero que me dejen solo.

—Pero…

—Si se sienten tan culpables, háganlo.

Niego con la cabeza.

—La única culpable de lo que pasó soy yo. —rectifico— Santiago no tuvo nada que ver.

— ¡Él es aún más culpable! —se exalta, incorporándose en donde yo hago lo mismo. Valenzuela me coge del antebrazo posicionándome a su costado— Mi madre no solo me confesó su amorío con ese hombre, sino que también aceptó que se había enredado con mi ex – profesor de ciencias hace dos años. —Steve no se inmuta en sujetarlo por el cuello de su polo— ¡¿Por qué demonios no me lo dijiste?!

—No podía.

—Hiciste todo un show con Danna para pelearte conmigo cuando en realidad, solo querías encubrir a la que sigo llamando mamá. —deja de sujetarlo quedándose sin fuerza— ¿Por qué?

Santiago baja la mirada.

—Eras mi mejor amigo, fue imposible herirte.

— ¿Ella misma se autolesionó no? —Santiago asiente luciendo apenado— Y a pesar de eso, te culpaste.

—Fue lo mejor.

Steve suelta una risa amarga.

— ¿Para quién? Por qué déjame decirte que lo único que hiciste fua alargar la agonía que provocaría su hipocresía.

—En verdad, lo lamento.

—Yo también. —él respira profundamente, haciendo un esfuerzo evidente por mantener la compostura— Creí que solo te habías vengado por lo de Danna a pesar de que se me hacía difícil entender de que tú podrías desconfiar tanto de mí. —lo mira fijamente— Crecimos juntos, ¿Por qué supusiste que yo…?

—Nunca dudé de ti. —el chico de ojos miel canta con sinceridad— En ese tiempo, el rumor que había apostado para estar con ella corría como viento en popa. Esperé a que ella misma me lo preguntara, pero decidió no hacerlo al dejar de hablarme por varios días. Cuando por fin, se atrevió a darme la cara, no lo negué al sentirme decepcionado de su desconfianza, así que su solución fue darme de mi propia cuchara y qué mejor golpe que abrazar a mi mejor amigo. —sigue— Ese mismo día, había encontrado a tu madre con el que era nuestro profesor y pensé que era correcto decírtelo, sin embargo, te vi con la que fue mi novia y pensé que tal vez, algo me decía que dejara las cosas como estaban. Como no quise darte la oportunidad de explicarme, me encaminé hacia el aula y en ese momento, tu madre me acorraló para luego arrastrarme al laboratorio. Lo que ocurrió después, ya lo sabes.

—Siempre supe que eras un completo imbécil, pero jamás que arriesgarías nuestra amistad.

—Tu familia valía más.

—Mi familia está destruida. —corrige. Resopla— Bueno, ni tanto ya que a mi padre no le importa lucir como venado con tal de aparentar que somos “Los López Malvacedo” perfectos.

—Eso es un tema de ellos, Steve. —me incluyo cuando siento el ambiente más tranquilo— Lo importante ahora es que vayas sanando poco a poco para que puedas darle una nueva oportunidad a tu madre.

—Es difícil cuando solo pienso en aventarla desde un barranco.

Agrando los ojos.

Mi mejor amigo ríe bajito.

—Bromeaba. —por un segundo creí que se estaba convirtiendo en psicópata— Siempre es gracioso ver tus expresiones, Cielo.

— ¿Tengo cara de payaso?

—Eres linda.

Santiago carraspea.

—Por cierto… —él muestra nuestras manos unidas—Sé que no es el momento, pero te recuerdo que es mi novia.

Ruedo los ojos.

¿Por qué este hombre será tan celópata y cómo es que cambiaron de tema?

—Los vi juntos cuando huía de casa, así que ya me lo imaginaba. —hace una mueca— Lamento si mi comportamiento no se vio bonito, es solo que creí que habían venido a restregarme su relación en la cara.

— ¿Tan insensibles nos ves?

—Cualquiera se equivoca ¿no?



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En el texto hay: juvenil, romance, drama

Editado: 18.09.2026

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