Su loción.
Quiero seguir olfateando su rico aroma un poco más.
Estos días sin él habían sido un infierno y ahora que lo tenía tan cerca de mí me costaba soltarlo. Los latidos de mi corazón estaban muy desenfrenados, quería calmarme, pero… ¿Cómo podría? Su piel, su respiración, sus malditos ojos de color miel. Eran demasiado para mi pobre órgano latente.
—No puedo creer que estés aquí, Santi.
— ¿Quieres un peñisco?
—No, porque si estoy soñando prefiero continuar así.
—Vas a derretirme, Cielo.
—Pues que sea con un… —trato de cortar la distancia de nuestros rostros, pero él me detiene dejándome incrédula— ¿Qué?
Él aprieta sus labios para no reír.
—Estamos en tu casa.
Parpadeo varias veces.
Demonios.
Por un momento lo olvidé.
Siento como el calor comienza a subirme por el cuello hasta instalarse en mis mejillas. De seguro, estoy súper roja.
—Yo… —observo por todos lados— No pensaba hacerte nada.
—Sí, claro.
— ¡Es verdad!
Su sonrisa se ensancha más lo que me avergüenza peor.
—No te burles.
—No lo hago.
—Te conozco bien, Valenzuela.
—Y decías que el pervertido era yo.
— ¡Y lo eres!
—No más que tú.
Estoy a punto de seguir defendiendo la poca dignidad que me queda cuando de pronto, siento sus labios suaves sobre mi frente cerrando mis ojos por instinto. Es apenas un instante, un gesto sencillo, muy tranquilizador y dulce a la vez. Es maravilloso que esa pequeña acción me haga más feliz que nunca.
Cuando se aparta, lo miro fijamente.
—Añoro más.
— ¿Más? —asiento— ¿Desde cuándo mi pequeña nube se ha vuelto exigente?
—Desde que te he extrañado a morir.
Contengo las ganas de volver a llorar.
Él coge mi rostro con ambas manos.
—Te quiero tanto, Cielo. —sonrío para mis adentros— Y no sabes la agonía que ha sido no estar contigo durante estos días.
—No necesitas decirlo porque sé que ha sido así. Para mí también fue una tortura no saber de ti. —alzo mi mano para acariciar su mentón— Te quiero de más, tonto.
Santiago vuelve a abrazarme una vez más para luego acomodarnos en mi sofá. Por más que se encuentre mejor, no debería estar parado por mucho tiempo. Mi madre hace acto de presencia al traernos limonada y dos pedazos de pastel; no sé qué tanto habrá estado de chismosa porque conociéndola fácilmente habría estado tomándonos fotografías.
Ella se sienta al frente de nosotros junto con Guillermo.
—Me alegra saber que te encuentras mejor, Santi. —sirve el refresco y se levanta para entregarle un vaso mientras que yo debo servirme el mío. Demasiada preferencia— Lo bueno de ser joven es que la recuperación es más rápida.
—Bueno, mi madre estuvo muy al pendiente de que no hiciera ningún esfuerzo. Me cuido tanto que logré recuperarme más rápido de lo que pensé y ya que la estoy mencionando… —él bebe un poco para luego mirarnos apenado— Quería disculparme por su comportamiento de ese día, sobre todo en cómo trato a Cielo. Lo siento mucho.
—No tienes que sentirte agobiado. —responde con ternura— Ella ha debido de estar muy conmocionada por tu accidente, así que tanto mi hija y yo comprendemos su nerviosismo y preocupación al no medir sus palabras.
—Aun así, eso no es una justificación. —da un suspiro— Para serle sincero, no entiendo porque no le agradó conocer a su hija.
La mujer que me cambió los pañales frunce el ceño.
Oh, no.
— ¿También la trató mal delante de ti?
—No fue amable…
—Sobre eso… —me incluyo temiendo que el ogro salga a flote— Santiago me defendió lo más que pudo a pesar de que me sentí apenada por tratarse de su madre. —ella asiente y poso mis ojos en él— Siento que no fue un momento para entablar una conversación adecuada después de lo que te había pasado.
—Pero continúo cuando salió detrás de ti. —bajo la mirada— ¿Qué te dijo, nube?
—Ya no tiene caso hablar de eso.
—Necesito entender. —me enfoco en mi madre. Ojalá ahora si entienda que es importante que nos diga cuál es la historia entre ellos— Ella continúa con la misma actitud y peleamos constantemente.
— ¿Se lo has preguntado?
—Muchas veces, pero se cierra con que no tengo porque saber más.
—Pues tu madre y la mía tienen mucho en común.
—Señora Catherine… —Santiago la mira y mi madre luce algo nerviosa— ¿Qué fue lo que pasó entre ustedes?
Un rayito de esperanza aparece creyendo que, por fin, sabremos todo. Sin embargo, ahí mismo se evapora cuando escuchamos el sonido de la puerta de mi casa. Mi padre entra exclamando nuestros nombres hasta que llega a la sala y ensancha los labios al notar la presencia de Santiago.
Mi novio se levanta con torpeza debido a los nervios por ver a su suegro.
—No sabía que vendrías a visitarnos. —mi padre no se inmuta en darle un abrazo y lo estudia de pies a cabeza— Por dios, eres igualito a Paolo.
—Te lo dije. —agrega mi madre con picardía— Es tan atractivo como lo era su padre.
—En sí, los Valenzuela parecen tallados por los ángeles. —le pide a Santiago que vuelva a sentarse para luego acomodarse a lado de mi madre. Al parecer olvidó su molestia cuando le pidió tener una cita conmigo al saber realmente que se trataba del hijo de un buen amigo— Mejor no digo más porque me pongo celoso. —ríe bajo y no sé si lo dice por mí o por su esposa. Mi hermano se acomoda en sus piernas— Tu brazo luce mejor.
—Lo está, gracias.
—E Isabel, ¿Cómo se encuentra? Supongo que más tranquila…
Santiago responde con amabilidad a cada una de las preguntas de mi padre y podrían seguir así por horas. No obstante, yo siento que tenemos una conversación pendiente, por lo que los interrumpo y nada me hará dar marcha atrás.
— ¿Cómo es que conocen a los padres de Santiago? —ellos se miran mutuamente. Aquella reacción acaba de confirmar todas mis sospechas— ¿Hay algo que están ocultándome?