"Al caer la nieve" (libro 1)

Capítulo 32: Confesión.

— ¡Señor! ¡Señor!

Aquel hombre voltea al sentir que alguien está cogiendo su chaqueta. Baja la mirada y por fin, se da cuenta de nuestra presencia.

— ¿Qué sucede?

—Quiero un globo. —mi príncipe azul señala con su dedito índice para luego darle una moneda— Blanco, por favor.

Él me lo entrega poniéndome súper contenta.

Los conejitos son mis animalitos favoritos, no por nada tengo varios cuentos sobre ellos. Muy aparte de las princesas y los príncipes que son iguales al niño que tengo a lado.

— ¿Y dónde están sus padres?

—Allá.

Ambos señalamos al otro lado del pavimento.

— ¿Los dejaron cruzar solos? —alzamos los hombros y se coloca a nuestra altura— Deberían tener cuidado. No olviden que siempre, siempre tienen que esperar a la señal verde, ¿Sí?

—Sí. —respondemos al mismo tiempo.

El señor vendedor sigue su camino mientras que yo continúo contemplando mi globito de conejo hasta que siento su mano sujetar la mía. No sé porque siento unas cosquillitas raras en la barriga, pero me gustan ya que son como cuando mamá me dice que tiene una enorme sorpresa para mí. Continuamos avanzando y faltando unos pasos para volver al festival el hilo del globo se me resbala de mi mano. «Mi globo» Suelto su tacto, enfocándome en mi preciado regalo que lentamente va alcanzando las nubes.

— ¡Santi! ¡Cielo!

Ni cuenta que el semáforo ha cambiado de color y…

Abro los ojos de golpe.

— ¡NOOOOO!

—Cielo, cariño.

Mi madre limpia mi frente con un pañuelo debido al sudor que se resbala por todo mi rostro. Observo los alrededores y ni idea en dónde estoy, mucho menos que está haciendo ella aquí ya que lo último que recuerdo es haber estado en ese…

Apuñalada directo al corazón.

Una máquina me pone en alerta al escuchar los latidos desenfrenados de ese órgano, cayendo en cuenta que estoy en una habitación de alguna clínica.

— ¿Qué pasó? —pregunto confundida— ¿Por qué estoy aquí?

—Te desmayaste.

Cierto.

Aquellas alucinaciones, la pesadilla solo eran piezas que debían encajarse para así yo poder recordar que era una maldita asesina. Las lágrimas se me acumulan en los ojos donde es inevitable no mirar fijamente a mi madre quién no oculta su preocupación.

—Cariño…

—Lo sé todo.

— ¿De qué estás hablando?

—De que yo…

Rompo en llanto.

Mi cerebro ya no pudo bloquear más ese horrible suceso, ¿Por qué lo habré olvidado? Lo más probable es que el trauma que me causó haya sido completamente devastador.

—Cielo, ¿Qué tienes?

— ¡Yo soy la causante de la muerte del Señor Paolo! —exclamo con rabia, dejándola perpleja— ¡Yo maté al padre de mi novio!

— ¡Claro que no!

— ¡No me mientas!

— ¡Las cosas no fueron así, hija! —habla firme. Sacudo la cabeza— Ustedes eran solo unos niños y Paolo hizo lo que creyó correcto, aunque esa decisión terminó por costarle la vida. —toma mis manos que no paran de temblar— No le importó proteger a su hijo ni a ti.

—Fue injusto. —continúo sollozando— Ahora entiendo porque esa señora me odia. Le quité al amor de su vida y dejé a sus hijos sin padre.

—Tú no le quitaste nada a nadie.

—Eso no cambia las cosas. —aprieto los puños. El maldito globo vuelve a aparecer en mi mente— Si tan solo no hubiera pedido ese estúpido globo, la familia de Santiago jamás se hubiera roto.

—Entiende que no fue tu culpa.

—Sí lo fue.

Ella guarda silencio.

Unas las lágrimas ruedan por sus mejillas y no puedo evitar sentirme peor.

—Bien. Si quieres buscar un culpable para entender lo que ocurrió, mírame.

— ¿Qué?

—Mírame, Cielo. —lo hago— Tu padre y yo éramos los adultos. Solo a nosotros nos correspondía estar pendientes de ti en todo momento, pero no lo hicimos. Un grave error que nos costó perder a un buen amigo, vecino, a alguien que siempre conseguía hacer reír a los demás. —llora sin control— A pesar de eso, cuando te tuve entre mis brazos a salvo en lo único que pensé fue: “Mi hija está viva”. Un alivio inmenso, egoísta y tan horrible.

—Mamá…

—Hasta el día de hoy no he dejado de sentirme avergonzada con Isabel. —sus labios tiemblan. Deseo abrazarla— No estoy orgullosa de lo que sentí ese día, cariño; sin embargo, eras mi única hija, mi bebé. Perderte nos habría matado a los dos.

Extiendo mis brazos y mi madre no tarda en comprenderlo al abrazarme con fuerza. ¿Podría decir que mis padres fueron egoístas debido a ese pensamiento que tuvieron en aquel fatídico día? Por ahora no lo sé. Tal vez más adelante por si es que me decido a tener hijos.

Quisiera calmar sus penas, poder ocultar mis culpas, pero… ¿A quién quiero engañar? Yo solo andaba pensando en Santiago, en cómo se estará sintiendo después de haberle confesado mi crimen.

Mi madre seca sus mejillas con el dorso de sus manos y respira hondo.

— ¿Mejor?

— ¿Tú lo estás? —asiento. Me apena mentirle, ya no quiero agobiarla más— Siento que debería disculparme con esa señora.

—Tú no. Nosotros sí debemos hacerlo. —suelta un suspiro— En ese entonces lo hicimos una vez en dónde solo logramos que nos sacarán del velorio. Después de eso, jamás tuvimos la valentía de volver a pedirle perdón, menos ofrecerle nuestro apoyo.

— ¿Fue por eso que nos mudamos?

—En parte sí. —la miro atenta— Lo decidimos después de saber que, debido al shock, habías perdido la memoria.

— ¿Lo hice?

—Bueno, olvidaste casi un año.

— ¿Qué?

Por dios, no estamos hablando de un mes, sino doce meses de mi vida. ¿Cómo es posible que haya borrado una parte importante de mi infancia? Parpadeo varias veces porque es inaudito que ellos hayan preferido seguirme la corriente en vez de buscar otras opciones.

— ¿Los doctores les aconsejaron que no fuercen mi cabeza?



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En el texto hay: juvenil, romance, drama

Editado: 18.09.2026

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