"Al caer la nieve" (libro 1)

Capítulo 33: Pequeños amigurumis.

La mamá de Santiago me odiaba tanto, pero tanto que le importaba poco los sentimientos de su hijo. No solo me estaba alejando de él, sino que también lo estaba dejando sin sus compañeros y mejores amigos. Me sentía impotente ante esa dura decisión, triste por ver cuánto le afectaba este nuevo cambio, y aun así no podía detestar a esa señora porque en el fondo comprendía sus motivos.

Controlo la agonía que andaba rompiéndome por dentro.

—No sabe cuánto lo siento, señora Isabel.

Sé que mi madre me pidió varias veces que no hiciera esto, incluso ella misma había intentado acercarse junto a mi padre para pedirle perdón nuevamente, sin embargo, lo único que consiguieron fue que les cerrara la puerta en sus caras. Mis intenciones no eran para limpiar mi consciencia, ni reparar esos diez años de dolor, ni mucho menos ganarme su corazón para poder quedarme con su hijo. Tan solo quería que supiera que sí me afectaba haber dañado a su familia, a pesar de que, a los cinco años no era consciente de mis acciones.

Ella permanece frente a mí sin articular ninguna palabra.

Yo continúo:

—Lamento muchísimo que haya perdido a su esposo, lamento que Santiago y sus hermanos hayan tenido que crecer sin su padre, pero lo que más lamento es haberlo olvidado.

— ¿Qué?

—Al Señor Paolo.

La mamá de Santiago presiona los labios.

Su expresión es de rabia.

Oh, oh.

—Odio que su nombre salga de tu boca, niña. —creo que empeoré más nuestra situación— Digas lo que digas, no va a cambiar la decisión que ya tomé. Además, vuelvo a recordarles que tienen quince años, aun no saben nada del amor real.

—Bueno… —habla su hijo— para la edad que tengo estoy más que decidido a no dejarme manipular. Aparte, ¿No iniciaste una relación con mi padre a esa misma edad?

— ¡No me gusta que lo menciones delante de esta!

—Se llama Cielo, mamá.

—Es inaudito que la defiendas tanto. —inquiere con decepción— Soy yo quien te dio la vida, por lo que deberías apoyarme.

—Te amo demasiado, sin embargo, no puedes seguir viviendo con tanto rencor, sobre todo por algo que pasó hace muchos años.

— ¡Esos años no cambian lo que ocurrió!

— ¡Pero tampoco van a devolvérnoslo!

Los dos se quedan en silencio.

Por un instante, tengo ganas de evaporarme porque siento que estoy presenciando una conversación que no me corresponde. No obstante, cuando trato de alejarme, Santiago coge mi muñeca.

Su madre se da cuenta.

—Déjala.

—No.

—Santiago, por una vez más te recalco que yo soy tu madre.

—Y ella es Cielo Navarro, mi novia.

— ¡No puedes compararnos!

Él aprieta mi mano para luego soltar un suspiro.

—No lo hago, así que te pido que no sigas con esto.

— ¿Con qué? ¿El protegerte de esta?

—Obligarme a escoger. —la señora Isabel agranda los ojos tanto como yo. Su tono de voz es firme— Porque eso es precisamente lo que estás haciendo, mamá. Creer que, porque eres alguien muy importante para mí, tendré que sí o sí alejarme de ella. —Santi niega con la cabeza— Cielo no decidió lo que pasó ese día, ella tenía cinco años al igual que yo, así que, si vas a culparla por haber necesitado ayuda, entonces tendrás que culparme a mí por lo mismo. Aunque…

—No es igual.

— ¿Por qué?

—Tú eras su hijo.

Su respuesta me eriza la piel al saber que mi vida era muy insignificante para ella.

Santiago baja la mirada.

—Claro, yo era su hijo. —vuelve a mirarla— Aun así, dudo que él quisiera que convirtiéramos lo que hizo en una razón para odiarla.

—No hables como si supieras lo que tu padre querría.

—Tú tampoco.

Ella respira hondo, pareciera que ya estuviera harta de todo este lío.

— ¿Qué es lo que quieres, Santi?

—Que dejes de castigarla por haber sobrevivido.

—Estás siendo muy injusto.

—Lo injusto es que sigas buscando culpables cuando en primera, ustedes como padres también tuvieron responsabilidad. —su madre recibe aquellas palabras como si acaba de abofetearla— Nos perdieron de vista, ¿no?

— ¡Es suficiente!

Exclama algo nerviosa y me quedó sorprendida cuando abre su bolso y saca un cigarrillo. «¿Esto es enserio?» Lo enciende sin importarle que su hijo esté delante, que estamos en una escuela y mucho menos delante de mí porque estaba claro que para ella yo era parte de la decoración.

Da una calada y suelta el humo lentamente.

Arrugo la nariz.

— Puede que en parte tengas razón. —continúa— Pero eso no minimiza lo que ocurrió aquella noche. Te amo y una madre siempre querrá lo mejor para su hijo. Quizás algún día, entiendas lo que significa tener tanto miedo de perder a alguien que amas. —finalmente, posa sus ojos en mí— Y tú no vuelvas a pedirme perdón como si un “Lo siento” cambiará el concepto que tengo de ti. Así mismo, diles a tus padres que tampoco lo hagan porque solo me hacen perder el tiempo.

Antes de marcharse, ella le indica que no llegue tarde a su casa. Cuando desaparece de mi vista, caigo de cuclillas al suelo en dónde Santiago me levanta al no haber soltado mi mano para nada. Sé que es tonto reaccionar así, sin embargo, sentía que aún estaba en un campo de batalla.

—Lo que menos deseaba era que discutieras con tu madre. —mis ojos se cristalizan al verlo tan cabizbajo. No ha debido de ser fácil para él contrariarla— El pedirle perdón fue en vano y no sabes cuánto lamento no haber podido hacer algo por ti.

— ¿Por mí?

—Estoy segura de que no quieres irte a otra escuela, ¿Quién querría dejar a sus amigos y a su novia? —se queda en silencio— Y todo por mi culpa.

—No quiero escuchar más culpas, pequeña nube. —asiento y él intenta calmar su nostalgia— Vámonos.

Ambos salimos de la escuela bastante apenados porque éramos los últimos y el portero no podía darse el privilegio de dejar el trabajo hasta que el lugar quede vacío. Sin apuro, nos encaminamos hacia mi casa. Me sentía impotente al no saber cómo reconfortarlo, tenía ganas de abrazarlo y al mismo tiempo tenía miedo de quedarme con esa caricia por última vez.



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En el texto hay: juvenil, romance, drama

Editado: 18.09.2026

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