"Al caer la nieve" (libro 1)

Capítulo 34: Fiesta sorpresa.

—No puedo creer que las fiestas navideñas hayan pasado tan rápido.

—Ni yo, nube.

Segunda semana de enero en donde decido llevar al parque a Guillermo aprovechando los rayos del sol. Es la estación que más me agrada, ya que puedo vestirme con ropa más ligera o modelar los vestidos floreados que suele comprarme mi madre. En esta ocasión, Santiago también nos acompaña y mi hermano menor no duda en aventarse a sus brazos para que no camine tanto.

—Las vacaciones volarán, ¿no crees?

—Por eso quiero disfrutarlo al máximo contigo. —toma una de mis manos y con la otra continúa cargando a Guille— Si se pudiera las veinticuatro horas al día.

— ¿Eres un acosador?

—Lo que quieras, mi amor. —me recuerda esa vez que se lo recalqué a su ex en la casa de playa. Le doy un ligero golpe— No me pegues, mi amor.

—Das cringe.

— Si, yo también te amo.

Entrelaza mis dedos con los suyos y por suerte, nuestro pequeño acompañante no tiene idea de lo que suelta este baboso. Dios, yo ya perdí la razón porque no hay ni un solo día que no piense en él, en sus declaraciones de amor y en como floto con un leve tacto de su piel.

Estoy completamente loca.

Los tres nos detenemos en una tienda a comprar helados porque mi hermanito no paraba de pedírmelo y por poco hace una de sus tantas rabietas. Cumplo su capricho, sin embargo, no conté que también quería una paleta y con ganas de soltarle el NO porque ya perdí la paciencia, mi novio se mete al comprárselo, obteniendo un besito como agradecimiento.

Me quede con las ganas de darle un buen peñisco.

Llegamos a nuestro destino y el parque no era demasiado grande, pero tenía todo lo necesario para mantener entretenido a cualquier niño durante horas. En el centro había una pequeña zona de juegos rodeada de césped y varios árboles que ofrecían sombra; dos columpios se balanceaban de un lado a otro, impulsados por unos niños que competían por ver quién conseguía llegar más alto. A pocos metros, un resbaladero de colores terminaba sobre un suelo cubierto de arena mientras otros pequeños subían una y otra vez por las escaleras sin mostrar el menor signo de cansancio. Las bancas estaban distribuidas alrededor de los juegos, ocupadas principalmente por padres que vigilaban a sus hijos mientras conversaban animadamente.

Un lugar bastante común que le encantaba a Guille.

—Por poco y arma un show por ese bendito dulce. —hablo al estar bien acomodados debajo de la sombra de uno de los árboles. Le lanzo una mirada al berrinchudo quién luce feliz— Mi madre lo tiene muy engreído.

—Es un niño. —Santiago acaricia su cabeza para luego limpiarle los labios con cuidado— Me recuerda mucho a Ismael cuando tenía su edad.

— ¿Cuántos tiene ahora?

—Diez años y solo hay una cosa que pasa por su mente.

— ¿Qué?

—Videogames.

—Como todo niño de su edad. —me quedo pensativa— Me gustaría conocerlo, ¿Será tan guapo como tú?

—No, los genes guapos solo los obtuve yo.

—Qué modesto.

—Obvio.

Me percato de que un columbio queda libre, por lo que me incorporo, tomando la mano de Guille y lo subo con cuidado. Cuando quiero balancearlo se niega al pronunciar “Anti” en donde me quedo confundida hasta que capto que es su forma de llamar al tonto popular.

— ¿Desde cuándo te has ganado el corazón de mi hermano, Anti-pático?

—Desde que jugamos con sus carritos, muñequitos y bloques.

—Pues yo también juego con él. —me quejo, cruzando los brazos— Hasta dejo que me pinte la cara.

—Porque tu mamá te obliga, en cambio yo lo hago con todo gusto.

Quiero protestar, pero le doy la razón.

—Todo porque es tu “cuñadito”. —enarco una ceja— Se nota que quieres caerles súper bien a toda mi familia.

— ¿Es tan notorio? —asiento. Él sonríe como si le hubieran descubierto haciendo algo completamente normal— Tengo mis motivos.

— ¿Motivos? —destapo mi botella de agua y comienzo a beber— ¿Cuáles?

—Seré tu esposo y tendremos muchos hijos. —escupo el agua de inmediato.

— ¡¿Qué?!

Estoy tosiendo como loca y en vez de preocuparse por mí, ríe bajito.

—Tus padres siempre deben tener un buen concepto de mí.

Demonios.

Ya sabía que su amistad con el novio de Milagros era una pésima idea. Mi mejor amiga no deja de repetir que ellos se casarán cuando tengan veintitantos años, que tendrán una enorme casa, hijos y no sé cuántas cosas más. Seguramente, entre los dos se han encargado de meterle semejantes tonterías en la cabeza.

Aunque…

Bueno, tampoco digo que no quisiera unir mi vida con la suya, sin embargo, una cosa es imaginarlo durante cinco segundos antes de dormir y otra muy diferente es tener a mi novio prácticamente organizando nuestra descendencia mientras yo trato de terminar el colegio.

— ¿Cuántos son “Muchos”? —pregunto antes de poder detenerme.

El idiota ríe más fuerte.

Carajo.

¡Caí en su trampa!

—Sí que lo estabas considerando.

— ¡Por supuesto que no! Era curiosidad científica.

—Claro.

—Además, ni sabemos lo que estaremos haciendo dentro de diez años.

—Yo sí. —lo miro atenta— Estar contigo.

—El sol ya te calentó el cerebro.

Él se lleva una de sus manos al pecho.

—Rompes mi corazón, pequeña nube.

—Sobrevivirás.

—No lo sé, acabas de arruinar nuestros planes matrimoniales.

— ¿Nuestros? ¡Eres tú quien ya nos casó!

—Todavía podemos negociar la cantidad de hijos.

— ¡Valenzuela!

Santiago suelta una gran carcajada el cual consigue que un par de personas volteen a mirarnos. Presa de la vergüenza, quiero golpearlo y como se percata de mis intenciones, el tonto deja a mi hermano y corre dando círculos porque ando detrás de él. Nuestra situación debe ser tan divertida que hasta Guille se une y ahora trata de golpearme.

Aunque realmente dice cosas sin sentido hay algo bonito en saber que, cuando él imagina su futuro, incluso bromeando, parece verme a su lado y aquello me llena de tanta satisfacción.



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En el texto hay: juvenil, romance, drama

Editado: 18.09.2026

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