SANTIAGO
Dos horas antes…
No sé cuánto tiempo llevo entrando y saliendo de diferentes tiendas tratando de hallar un uniforme de mi talla ya que, según mi madre, he tenido la grandiosa idea de crecer más de la cuenta y ahora ningún pantalón me queda como debería.
—Este tampoco.
— ¿Qué tiene de malo?
—Te queda corto.
Miro hacia abajo.
—No tanto.
—Santi… se te ven los tobillos.
—Tengo entendido que es una parte normal del cuerpo humano.
Ella pone los ojos en blanco, devolviendo el pantalón a la señorita que nos atiende. Ya me siento aburrido y un poco desesperado debido a que, por la hora, debería estar con mi novia en el cumpleaños de su mejor amiga.
—Voy a tener que mandarlo a confeccionar. —da un suspiro— Justamente lo que quería evitar porque no saldrá nada barato.
Como si tuviera la culpa de ser alto.
Regreso al probador para ponerme mi ropa y cuando salgo, observo que revisa un par de camisas. «Carajo» Y yo que creía que desistiría.
—Podrías dejar de crecer por unos meses.
—Haré el esfuerzo.
—No bromeo.
—Yo sí. —estoy cansado. Pregunto con seriedad— ¿Era necesario que viniera contigo?
—El uniforme es para ti, no para mí.
—No entiendo porque gastar tu dinero cuando sabes perfectamente que no quiero cambiarme de colegio.
—Ya lo hice, Santiago.
—Una decisión que tomaste tú sola.
— ¿Quieres que vuelva a recordarte que soy tu mamá? —deja una de las camisas sobre el mostrador con más fuerza— ¿Otra vez vamos a empezar?
—Nunca hemos terminado.
—No pienso discutir contigo en medio de una tienda.
—Bien, marchémonos y hagámoslo en casa.
—Santiago Valenzuela.
—Madre.
Me lanza una mirada de advertencia y sé que debería callarme, pero llevo días tragándome todo lo que pienso y estoy agotado de fingir que cambiarme de colegio es simplemente comprar otro uniforme y continuar con mi vida.
—Ya te transferí y punto.
— ¿Y si no quiero asistir?
—No te estoy preguntando.
—Ese es precisamente el problema.
—Sigamos con las compras… —ruedo los ojos— está oscureciendo.
—No voy a parar, ni tu tampoco deberías.
— ¿Para qué? ¿Para qué nuevamente digas que es injusto?
—Porque lo es.
—Lo hago por tu bien, amor.
Casi me suelto a reír.
Últimamente esa frase parece servir para justificar cualquier cosa.
—Claro que no, solo lo haces para alejarme de Cielo.
— ¿Por qué tienes que mencionarla siempre?
—Porque todo es por ella.
— ¡Todo esto es por ti!
—No, mamá. —agrego firme— Esto es porque no soportas que esté con la persona que tú decidiste odiar.
Su expresión se torna molesta.
—Cuida tus palabras, Santiago.
—Entonces dime que estoy equivocado.
— ¡Ya basta! —ella le paga a la señorita quien amablemente le entrega una bolsa. Al parecer, termino comprándole camisas a mi hermano menor— Vámonos.
De la nada, me fijo que sus dedos no pueden sujetar bien la bolsa la cual cae al piso.
— ¿Mamá?
—Estoy bien.
Ella se lleva una mano a su frente y su rostro pierde color.
—No parece.
—Solo necesito… sentarme por unos minutos.
La rabia que andaba sintiendo desaparece de inmediato.
— ¿Te sientes mal?
—Ya te dije que estoy bien.
—Pero estás pálida.
—Santiago, deja de exagerar.
—Lo digo en serio.
—Solo es un…
Mi madre intenta apartarme y… se detiene.
Noto que parpadea varias veces.
— ¿Mamá?
No responde.
—Mamá, mírame.
Tomo su rostro con ambas manos y pareciera que sus ojos tratan de enfocarme, pero algo en ellos me alarma.
—Santi…
Es lo único que alcanza a decir debido a que su cuerpo pierde fuerzas y cae desmayada en mis brazos — ¡Mamá, despierta! ¡Llamen a emergencias, por favor! ¡Mamá! ¡Mamá! — Algunas personas de alrededor comienzan a acercarse, tratando de calmarme y entonces un miedo que conozco demasiado bien sale a flote.
Uno que creía enterrado desde que era niño.
La posibilidad de perder a otro de mis padres.
***
CIELO
—Estábamos discutiendo por el traslado, por ti…, por todo. Luego, comenzó a sentirse mal y solo dijo que necesitaba sentarse, pero después…
Callo sus labios.
No quiero que vuelva a sentirse mal y acaricio una de sus manos tratando de darle fuerzas. Si pudiera le llenaría de besos, pero como sé que estamos en un hospital y, además, mi madre puede volver en cualquier momento trayendo las bebidas.
— ¿Los médicos te dijeron algo?
—Le están haciendo exámenes. —suelta un suspiro— Samuel está con ella. Tuve que llamarlo porque aún no soy mayor de edad.
—Sí o sí tenías que hacerlo. No puedes lidiar esto tú solo.
—Fue mi culpa, Cielo. —Ahí está, otra vez— Lo último que estaba haciendo antes de que se desmayara era gritarle. Soy un pésimo hijo.
—Claro que no. —niego con la cabeza. No voy a permitir que cargue con eso— A veces no sabemos cómo controlar ciertas situaciones y el que ella se sintiera mal no fue tu culpa.
—Solo quiero que esté bien.
—Y así será.
Quisiera estar tan segura como intento sonar.
Santiago entrelaza sus dedos con los míos y mantiene la mirada fija en el suelo.
— ¿Sabes que es lo peor?
— ¿Qué?
—Que estaba tan furioso con ella que por un momento solo quería dejarla hablando sola e irme.
—Pero no lo hiciste.
—Estuve a punto.
—Santi, basta. —levanto su mirada— No puedes castigarte por algo que pensaste hacer.
— ¿Y si me hubiera ido?
—No te fuiste.
—Cielo…
—No te fuiste. —repito con firmeza— Estabas ahí cuando te necesitó y eso es lo único que importa ahora.
Se queda en silencio.
Sé perfectamente lo que está haciendo porque yo hice exactamente lo mismo cuando recordé lo ocurrido con su padre. Está tomando cada segundo, cada palabra y cada decisión para encontrar ese preciso instante en el que pudo haber hecho algo completamente diferente.