Dicen que perder a un ser querido es doloroso.
Sí, lo es.
Dicen que aquel día aparecen personas que jamás habías visto en tu vida para abrazarte, llorar contigo y repetirte cuánto lo sienten.
Es cierto.
Dicen que el entierro es la parte más desgarradora, que observar cómo te despides de alguien consigue que finalmente comprendas que no volverá.
Sí.
Mil veces sí.
Pero no me advirtieron lo que viene después porque nadie me habló del silencio, de regresar a casa y encontrar los zapatos de papá donde siempre los dejaba o del bolso de mamá o los juguetes de mi hermanito.
Las fotografías.
Las habitaciones.
Todas esas cosas insignificantes que continúan exactamente dónde estaban, como si sus dueños fueran a regresar en cualquier momento, pero no regresarán.
Ese fue el momento en que realmente comprendí lo que significaba haberlos perdido.
¿Cómo es que ellos me habían dejado? ¿Cómo es que ya no iban a verme graduada de la secundaria? ¿Ni cuándo recibiría mi título en la universidad? ¿Cómo no iban a estar presentes cuando pidan mi mano en matrimonio? ¿Acaso mi madre ya no iba a acompañarme a mis pruebas de vestido? ¿Y mi padre no me llevaría hacia el altar? ¿Ya no me convertiría en chaperona de mi hermano? Tenía miles de preguntas de las cuales nunca obtendría alguna respuesta.
—No puedo… —murmuro en medio de la sala. Siento que mi cuerpo tiembla— Es demasiado doloroso.
—Cariño…
Mi tía Nicole, prima de mi madre, dejó todo apenas se enteró de lo sucedido. No le importó su trabajo, se trajo a su hija y desde entonces ninguna se ha separado de mí. Ella me abraza a pesar de estar tan destrozada como yo, había querido muchísimo a mi madre, siempre decía que más que primas eran como hermanas y, quizás por eso, siento sus brazos temblar alrededor de mi cuerpo.
—Sé que es difícil. —susurra mientras acaricia mi cabello— Y sé que nada de lo que te diga va a hacer que duela menos.
Me aparto un poco para verla mejor.
— ¿Cómo lo hago? —pregunto entre lágrimas— ¿Cómo se supone que un hijo sigue viviendo sin sus padres?
Mi tía contiene el aire.
—No lo sé, Cielo. —su respuesta me sorprende— No sé cómo se aprende a vivir después de algo así, pero no tienes que descubrirlo sola. Yo voy a ayudarte.
Niego con la cabeza.
— ¡No! —me suelto de sus brazos con brusquedad— ¡No quiero hacerlo juntas! ¡No quiero vivir sin ellos!
Mi voz retumba por toda la casa.
—Yo quiero a mi mamá. —digo, sintiendo que vuelvo a romperme— Quiero que entre por esa maldita puerta y me diga que todo esto fue una pesadilla. Quiero que mi papá me pregunte porque tanto lloro y quiero escuchar a mi hermanito corriendo por todos lados otra vez. —mi tía se cubre la boca mientras sus ojos se llenan de lágrimas— Quiero mi vida de antes.
—Cariño…
—Todos me dicen que tengo que salir adelante, que con el tiempo dolerá menos, que tengo que ser fuerte… —niego una y otra vez— pero nadie me dice cómo.
Ella se acerca lentamente y no intenta volver a abrazarme.
—Porque nadie sabe cómo, Cielo. —la miro fijamente— Yo no voy a pedirte que seas fuerte. Puedes llorar, puedes enojarte y puedes extrañarlos todo lo que necesites. Sin embargo, no puedo traerlos de vuelta…—trago con dificultad— No se puede, amor.
Rompo en llanto una vez más.
Siento un vacío inmenso en el pecho como si mi corazón siguiera latiendo sin entender que una parte de mí se fue con ellos. Me cuesta tomar aire, las piernas aun me tiemblan y un frío extraño recorre todo mi ser. Todo pesa, incluso mantenerme de pie. Por fuera, sigo siendo yo, pero por dentro siento que ya nada volverá a ser igual.
No sé cómo es que logro salir corriendo hacia mi habitación. Necesitaba estar sola, encerrarme entre cuatro paredes y esconderme de todo, aunque sea por unos minutos, hasta que esta agonía me deje respirar. Mis pies se detienen frente a la puerta, giro lentamente el rostro y había olvidado que sus cuartos estaban a unos pasos del mío. Me quedo observándolos por un momento, creyendo que tal vez, salgan de allí y se lancen a abrazarme.
«Es tan injusto»
¿Por qué los tres?
¿Por qué mi familia?
Aprieto los puños llena de tanta impotencia para luego entrar a mi lugar más privado. Ni bien me acuesto en la cama, mi mente viaja a ese triste recuerdo…, esa noche en que desperté dentro del hospital. Aquellos fragmentos rotos que no he conseguido ordenar correctamente porque cuando volví a abrir los ojos, lo primero que detalle fue un techo blanco. No sabía en dónde estaba ni porque me costaba mantenerlos abiertos; escuchaba voces a mi alrededor, pero ninguna pertenecía a las tres personas que estaba buscando.
Pregunté por papá, por mi mamá y por mi hermano, sin embargo, nadie era capaz de responderme.
Nunca había odiado tanto el silencio.
Horas después morí con la verdad.
Mis padres no habían sobrevivido.
Guillermo sí había salido con vida del accidente y aunque los paramédicos trataron de salvarlo, fue en vano. Es lo que más me costó en aceptar porque mientras yo andaba inconsciente, él todavía estaba allí, luchando por quedarse conmigo…
Por no dejarme sola.
Y yo ni siquiera pude decirle adiós.
Levanto la mano izquierda y observo mi palma. Hay una sensación extraña en ella, una especie de calor que todavía permanece entre mis delgados dedos, como si alguien la hubiera sostenido por un largo tiempo. No es un recuerdo porque no consigo ver ningún rostro ni escuchar ninguna voz, es solo la impresión de que, mientras dormía, alguien estuvo ahí conmigo en esa habitación. Sacudo la cabeza, debo andar alucinando de tanta medicina que estuvo corriendo por mis venas.
Continúo pensando en ellos, llorando hasta sentir que no me quedan fuerzas y enojándome por las personas que estuvieron presentes en el velorio y entierro. No conocía a muchas de ellas y, a pesar de eso, hablaban como si hubieran formado parte de la vida de mis padres. La única excepción fue mi madrina Ángela de Quecedo quién llegó acompañada de su esposo. Me sorprendió verlos, pues casi siempre paraban de viaje, así que imaginé que, apenas se enteraron de lo sucedido, decidieron regresar para despedirse, sobre todo, de mi madre, quién años atrás había sido su enfermera y con quien, con el paso del tiempo, había formado un vínculo que iba mucho más allá de lo profesional.