"Al caer la nieve" (libro 1)

Capítulo 39: Final de la primera parte - Adiós.

Dicen que cuando una relación termina, algunas mujeres se cortan el cabello. Nunca he entendido esa lógica y hasta me parecía bastante absurda. ¿Qué culpa tenía el pobre cabello de que el amor fuera un maldito desastre? Sin embargo, ahora lo entendía. No podía cortarme los sentimientos, tampoco los recuerdos y mucho menos lo que sentía por Santiago, así que supongo que el cabello era lo único que sí podía cortar porque si realmente quería dejarlo atrás, tenía que comenzar por algún lado. No podía arrancármelo del corazón, pero al menos podía cambiar a la chica que alguna vez se enamoró perdidamente de él.

Mi tía aún permanece en silencio, luciendo confundida como si no hubiera escuchado bien mis palabras. Luego, reacciona y pregunta:

— ¿Quieres irte con nosotras?

—Así es. —trato de sonar convincente— Necesito olvidar todos esos terribles sucesos y creer que mi familia se fue a un viaje sin retorno, anhelando que volverán por mí algún día.

—Entiendo…, pero ¿Qué harás con esta casa? ¿Piensas venderla?

—Jamás. —observo sus alrededores. No podría perder lo único que me queda de mis padres— Tengo la intención de volver cuando me sienta lista. No sé cuánto tarde, pero ya es un paso adelante, ¿no?

— ¿Estás segura, cariño? —no lo estoy, sin embargo, es necesario— Porque una mudanza no es algo sencillo, ya que también debemos ver tu traslado a otra escuela y…

—Muy segura. —la corto y tomo una de sus manos— Dijiste que quería ayudarme, tía. ¡Hazlo, por favor!

Ella baja la mirada como si estuviera pensándolo.

Sí, sé que desaparecer no era la solución, pero era mejor hacerlo que continuar hundiéndome en un lugar que ya no se sentía como un hogar. Después de unos segundos, mi tía Nicole vuelve a concentrarse en mí y esboza una pequeña sonrisa.

—De acuerdo, Cielo. —suelto un suspiro y sus brazos rodean mi cuerpo— Respetaré tu decisión y no sabes cuánto admiro tu fortaleza. Prometo que cuidaré de ti y te daré el tiempo que necesites.

Asiento con la cabeza.

Ya estaba bien decidido y no había marcha atrás. Tenía que sobrellevar poco a poco la muerte de mis padres, de mi hermanito e iniciar mi plan: Olvidando al amor de mi vida y eso solo significaba “Salir de allí”. Obviamente, lo primero era convivir con el dolor, la frustración, la injusticia y la culpa que me remordía por dentro; abandonar los recuerdos que creé con él y guardarlos muy en el fondo de mi pobre corazón, en algún lugar donde no pudiera seguir lastimándome.

Sonaba casi sencillo.

Lástima que Valenzuela nunca había sido sencillo para mí.

— ¿Podrías encargarte de todo?

—Sí, claro.

—Lo único que sí te pediría es que no le digas a nadie adónde iremos.

— ¿Ni a tus amigos? —niego firme. Cuando dije “dejar todo atrás”, los incluí— Al menos, ¿No deberías mantener el contacto con alguna de tus mejores amigas?

—Ellas tienen mi correo y yo tengo sus números de teléfono, así que no te preocupes por eso.

—Bien.

Su respuesta debería tranquilizarme, pero consigue todo lo contrario porque decirlo en voz alta hace que mi decisión se sienta mucho más real. «Me voy» Dejo mi casa, mi ciudad, a mis mejores amigas…

Lo dejo a él.

Y quizás eso sea la única manera de descubrir si un corazón también aprende a olvidar cuando coloca suficiente distancia de por medio.

Ella me exige que me una al desayuno, ya que no había querido comer nada desde el día del accidente. Opto por hacerle caso al servirme un vaso de leche, untar mantequilla en un pan y comienzo a comerlo lentamente. Media hora después, me devuelvo a mi habitación para iniciar con la bendita mudanza.

***

Han pasado tres días en donde me he dedicado a doblar mi ropa y meterla en diferentes cajas, poner en venta algunas cosas que ya no me servirían, como mi antiguo uniforme, que me llenó de nostalgia y me hizo botar algunas lágrimas. También visité la iglesia de mi comunidad para donar la ropa de mis padres y de Guillermo; era mejor que alguien más lo usará a que se terminará empolvando o siendo comida por las polillas. Lo único que conservé conmigo fue el vestido y velo de novia de mi madre, uno de sus recuerdos más bonitos porque mi padre se los compró con sus propios ahorros, lo que los hacía aún más especiales. Era consciente que jamás los usaría y de que ellos nunca podrían verme con el vestido puesto.

Aun así, decidí conservarlos.

— ¿A qué hora vendrá el camión? —pregunto mientras cubro con plástico mi cama con ayuda de mi prima. Mi tía Nicole anda descansado un poco en mi tocador.

—En un par de horas. —suspira agotada— ¿Ya tienes todo empaquetado?

—Me falta revisar un par de cajones.

—No demores mucho. —asiento y ella me observa fijamente— Te ves linda con ese corte.

—Ya me lo has dicho varias veces.

— ¿Crees que a Sol le quedaría?

Su hija me pide auxilio con su mirada.

—Creo que sí.

— ¿Ves? —mi prima luce como si quisiera asesinarme— Llegando a casa, sacaré cita con la peluquera.

— ¡Mamá!

Las dos salen de mi habitación no sin antes ver a Sol haciendo un gesto con la mano como si planeara cortarme el cuello. Sonrío bajito. Después de todo, no sería una buena prima sino consiguiera sacarla de quicio de vez en cuando.

Continúo con lo mío, chequeando cada rincón de mi habitación por si estoy olvidando algo. Abro mi ropero una vez más y…, mis ojos azules se centran en una pequeña caja plateada. —Demonios, había dicho que lo dejaría para el último— pronuncio para mí misma; la saco de allí y tiemblo cuando le quito la tapa. La pulsera, el amigurumi de su mini versión, los cien chupetines en forma de conejo que tardé en darme cuenta de su intención al querer que lo recordara y la foto que mi madre nos tomó en navidad.

Una imagen que retrataba la felicidad antes de la desgracia.

La tomo entre mis manos y me quedo observando nuestros rostros. Santiago y yo sonreíamos a la cámara, ajenos a todo lo que ocurriría después. Recuerdo perfectamente a mi madre detrás de esta, pidiéndonos que nos acercáramos un poco más porque, según ella, parecíamos dos desconocidos en lugar de “buenos amiguitos”. Temía decir “enamorados” en frente de papá por ser un señor celoso. El chico de ojos mieles me rodeó con uno de sus brazos y yo terminé riéndome por alguna babosada que susurró cerca de mi oído. Mamá aprovechó ese preciso instante para tomar la fotografía.



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En el texto hay: juvenil, romance, drama

Editado: 18.09.2026

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