Antes de que los hospitales formaran parte de mi vida, antes de aprender a reconocer el olor de una habitación de hospital o acostumbrarme a que los adultos hablaran de mí en voz baja, yo era simplemente un niño.
Y como cualquier niño, tenía un mundo entero delante de mí.
Mi mundo estaba formado por cuatro niños que crecimos juntos y que, aunque no todos compartíamos la misma sangre, nunca sentimos que eso importara. Estábamos mi hermana mayor, mis dos hermanos y yo. Nuestras madres eran hermanas y vivían muy cerca una de la otra, así que nuestra infancia transcurría prácticamente entre las dos casas.
Para nosotros no existía aquello de «primos» y «hermanos». Éramos nosotros cuatro.
Ella era la mayor y, por eso mismo, muchas veces terminaba ocupándose de nosotros. Nos ayudaba con las tareas de la escuela, nos explicaba lo que no entendíamos y seguramente también tenía que soportar nuestras ocurrencias más de una vez. Yo la veía como mi hermana mayor, como esa persona que estaba ahí cuando necesitaba ayuda y también cuando simplemente quería jugar.
Pasábamos muchísimo tiempo juntos.
Nuestra infancia estaba llena de juegos, carreras, risas y pequeñas peleas que seguramente en aquel momento parecían enormes y que hoy solo consiguen hacerme sonreír. Siempre encontrábamos algo que hacer. No necesitábamos grandes cosas para divertirnos; cualquier espacio podía convertirse en nuestro lugar de juegos y cualquier objeto podía terminar formando parte de alguna de nuestras ocurrencias.
Yo era bastante inquieto. Me gustaba jugar y hacer travesuras, y rara vez me quedaba tranquilo durante demasiado tiempo. Creo que desde pequeño tuve esa facilidad para buscarle el lado divertido a las cosas. Si había una oportunidad para hacer reír a alguien, probablemente la aprovechaba.
Una de nuestras diversiones era jugar al escondite.
Una tarde, mientras jugábamos, decidí esconderme debajo de una cama. Me pareció un escondite perfecto. Nadie iba a encontrarme allí.
Lo que yo no sabía era que debajo de aquella cama había unos restos de vidrio.
Cuando finalmente salí, tenía la rodilla llena de sangre.
El juego se terminó inmediatamente.
No recuerdo exactamente qué fue lo primero que pasó después, pero sí recuerdo el escándalo que se armó y, sobre todo, a nuestra tía saliendo detrás de nosotros dispuesta a regañarnos por aquella ocurrencia.
Éramos niños.
Nos metíamos en problemas, nos peleábamos, nos reconciliábamos y al poco rato seguramente ya estábamos pensando en el siguiente juego.
Así pasaban nuestros días.
Mi hermana también tenía que hacer de profesora muchas veces. Cuando llegaban las tareas, ella se sentaba con nosotros y nos ayudaba. Yo no siempre tenía muchas ganas de concentrarme, porque cualquier cosa parecía más interesante que los deberes, pero ella insistía.
Entre juegos y tareas fuimos creciendo.
Y aunque nuestra familia tenía sus propias dificultades, dentro de aquel pequeño mundo nosotros seguíamos siendo niños. No pensábamos demasiado en el futuro. No sabíamos qué nos esperaba ni cuánto podía cambiar la vida con el paso de los años.
Yo tampoco entendía todavía la dimensión de lo que ocurría con mi salud.
Sabía que había cosas diferentes en mi vida, que los adultos se preocupaban y que mi madre estaba muy pendiente de mí, pero aquello todavía no había conseguido quitarme las ganas de jugar, de reír o de hacer alguna travesura.
Tenía a mis hermanos, a mi hermana mayor, mi madre y a mi tía. Tenía una casa llena de personas que me querían y, para un niño, eso era todo lo que necesitaba.
Hoy, cuando pienso en aquellos años, entiendo que aquellas cosas que entonces me parecían tan normales terminarían convirtiéndose en algunos de los recuerdos más importantes de mi vida.
Porque antes de ser el niño que tenía que cuidarse, fui el niño que jugaba al escondite.
Antes de aprender a vivir pendiente de una enfermedad, aprendí a vivir rodeado de personas que me querían.
Y antes de que mi vida comenzara a girar alrededor de hospitales y tratamientos, existimos nosotros cuatro.
Simplemente nosotros cuatro.