Al cuerpo lo que pida

Capítulo 4 (Entre amigos y risas)

Si había algo que conseguía hacerme olvidar por un rato todo lo que ocurría a mi alrededor, era la música. Siempre me había gustado, pero con el tiempo dejó de ser simplemente algo que escuchaba y pasó a formar parte de mi vida. La música estaba en las reuniones, en las conversaciones, en las tardes con mis amigos y en esos momentos en los que podía dejar de pensar en médicos, tratamientos y todo lo que mi enfermedad implicaba.

Tenía muchos amigos y, aunque cada uno ocupaba un lugar diferente en mi vida, había personas con las que compartía una amistad especialmente cercana. Con algunos podía pasar horas hablando de cualquier cosa, mientras que con otros bastaba con sentarnos juntos para empezar a hacer bromas y terminar riéndonos de cualquier tontería. No necesitábamos grandes planes. Muchas veces nos reuníamos en casa de algún vecino, nos sentábamos a conversar y dejábamos que las horas pasaran sin darnos cuenta.

También compartía con algunos de ellos una de mis grandes aficiones: la música. Formábamos parte de una banda en la que tocábamos gaitas y aquello se convirtió en otra manera de sentirme parte de un grupo. Allí no importaba demasiado que yo tuviera que cuidarme más que los demás. Era uno de ellos, y eso era lo que realmente quería sentir. Ensayar, tocar, compartir con los demás y disfrutar de la música me permitía concentrarme en algo diferente. Durante esos momentos no pensaba en lo que podía o no podía hacer; simplemente estaba allí, haciendo algo que me gustaba con personas que apreciaba.

Uno de mis amigos era especialmente cercano a mí. Con Jorge podía pasar tardes enteras hablando o haciendo cualquier ocurrencia. A veces terminábamos en casa de algún vecino, sentados sin ningún plan concreto, simplemente disfrutando de estar juntos. Otras veces salíamos en moto y recorríamos el pueblo. Para nosotros aquello era suficiente para convertir una tarde cualquiera en una buena tarde.

Quizá desde fuera parecieran cosas pequeñas, pero para mí significaban muchísimo. La enfermedad podía hacer que algunas partes de mi vida fueran diferentes, pero mis amigos conseguían que durante un rato eso dejara de importar. Con ellos podía reírme, bromear, hablar de cualquier cosa y sentir que no tenía que estar explicando constantemente cómo me encontraba.

Ellos también conocían mis limitaciones. Sabían que podía cansarme, que había días en los que no me encontraba bien y que en ocasiones tenía que quedarme en casa. Aun así, seguían contando conmigo. Y eso era importante para mí. No quería que me invitaran a las cosas por lástima ni que me trataran como si estuviera hecho de cristal. Quería que me llamaran, que me molestaran, que se rieran conmigo y que me hicieran sentir que seguía formando parte de todo.

Creo que por eso hice tantos amigos. Siempre me gustó hablar, bromear y estar rodeado de personas. Incluso cuando las cosas se complicaban, encontraba alguna manera de hacer reír a alguien. Tenía ese carácter desde pequeño y nunca desapareció por culpa de la enfermedad.

Mis amigos también fueron testigos de muchas etapas de mi vida. Algunos me conocieron cuando todavía era un niño, otros fueron llegando después y compartieron conmigo momentos que, con el tiempo, terminarían convirtiéndose en recuerdos importantes. Cada uno tenía una historia diferente conmigo, una broma, una tarde, una conversación o alguna aventura que recordar.

Yo no sabía entonces que algún día serían precisamente esos pequeños momentos los que quedarían guardados en la memoria de quienes me querían.

Para mí, muchas de aquellas tardes no tenían nada de extraordinario. Eran simplemente una conversación más, una canción más, una vuelta en moto o una broma entre amigos. No necesitábamos hacer grandes planes para pasarla bien; muchas veces bastaba con sentarnos en algún lugar, hablar de cualquier cosa, escuchar música y dejar que las horas pasaran. Eran momentos sencillos, pero precisamente por eso tenían tanto valor para mí.

Quizá ahí estaba una de las cosas más bonitas de mi vida: que, a pesar de todo lo que tenía que soportar, todavía existían momentos que se sentían completamente normales. Cuando estaba con mis amigos no quería pensar en hospitales, tratamientos ni en todo aquello que debía evitar. Quería disfrutar de la conversación, reírme de cualquier tontería, tocar música y sentirme parte de todo aquello sin que nadie tuviera que recordarme constantemente lo que podía o no podía hacer.

En esas horas no era el muchacho que tenía que cuidarse más que los demás ni aquel por quien todos sentían preocupación. Era simplemente yo, rodeado de mis amigos, haciendo música, riendo y buscando cualquier oportunidad para disfrutar de la vida. Y aunque aquellas tardes pudieran parecer pequeñas desde fuera, para mí eran una forma de recordar que mi vida también estaba hecha de momentos felices, de amistades y de recuerdos que nada tenían que ver con estar enfermo.



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En el texto hay: humor, amor, biografía

Editado: 29.08.2026

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