Con el paso del tiempo, los hospitales empezaron a formar parte de mi vida de una manera que nunca imaginé cuando era niño. Ya no se trataba solamente de acudir a una consulta o hacerme unos análisis; había momentos en los que mi salud empeoraba y terminaba internado, rodeado de médicos, enfermeras y familiares que iban y venían pendientes de mí. Para mi familia, cada ingreso significaba preocupación. Para mí también, aunque aprendí a vivir aquellas situaciones de una manera muy particular. Podía sentirme mal, estar cansado, tener miedo o simplemente querer irme a mi casa, pero casi siempre encontraba alguna forma de hacer una broma o decir algo que hiciera reír a quien estuviera conmigo.
Supongo que el humor se convirtió en una de mis maneras de enfrentar las cosas. No significaba que no supiera lo que estaba pasando ni que todo me pareciera gracioso. Había momentos en los que realmente me sentía mal y sabía que mi familia estaba preocupada. Pero si podía conseguir que alguien sonriera, aunque fuera durante unos minutos, lo hacía. Tal vez era mi manera de cambiar un poco el ambiente de aquella habitación y de recordarles a todos que yo seguía siendo el mismo de siempre, incluso cuando estaba conectado a un tratamiento o llevaba varios días sin poder salir del hospital.
Recuerdo que muchas veces, cuando alguien me llamaba y me preguntaba cómo estaba, yo podía responder con alguna ocurrencia. Una de mis frases llegó a convertirse casi en una broma cada vez que me internaban: cuando veía que empezaba a llegar mucha gente a visitarme, decía que esta vez sí creía que me iba a morir porque había venido un montón de personas a verme. Lo decía riéndome, como si aquella fuera la prueba definitiva de que algo muy grave estaba ocurriendo. Probablemente quienes me escuchaban sabían que detrás de la broma también había una realidad: yo había pasado tantas veces por hospitales que conocía perfectamente la preocupación que provocaba cada ingreso.
Y, aun así, conseguía convertirlo en una anécdota.
Quizá eso era parte de mi manera de sobrevivir a esos días. Si me quedaba pensando todo el tiempo en lo que podía pasar, el miedo terminaba ocupándolo todo. En cambio, una broma podía cambiar una conversación, una visita podía convertirse en un rato agradable y alguien podía salir de la habitación sonriendo en lugar de hacerlo con lágrimas en los ojos. Yo sabía que mi familia sufría por mí. Lo veía en sus caras, en la forma en que me preguntaban cómo estaba y en todas las veces que intentaban aparentar tranquilidad, aunque seguramente por dentro estuvieran asustados.
No siempre hablaba de lo que sentía. Había molestias que prefería guardar y días en los que quizá no tenía ganas de explicar que me encontraba mal. No quería preocupar más a quienes ya estaban preocupados. Supongo que esa costumbre de hacerme el fuerte también terminó formando parte de mí. A veces podía estar pasando por un momento difícil y, en lugar de hablar de ello, hacía una broma. Era más fácil conseguir una sonrisa que explicar un miedo.
Los hospitales también me enseñaron quiénes estaban realmente a mi lado. Cada vez que ingresaba aparecía alguien para visitarme, preguntar por mí o simplemente acompañarme un rato. Algunos llegaban preocupados y terminaban riéndose conmigo. Otros probablemente salían de allí todavía más preocupados de lo que habían llegado, pero mientras estaban conmigo intentaban hacerme sentir bien. Yo recibía todas aquellas visitas con cariño porque sabía que nadie tenía la obligación de estar allí. Lo hacían porque me querían.
Y yo quería seguir viviendo esos momentos.
Por eso, incluso dentro de un hospital, encontraba razones para reír. Podía hablar de cualquier tontería, recordar alguna aventura con mis amigos o simplemente burlarme de la situación. Había aprendido que no podía controlar cuándo iba a enfermar, cuánto iba a durar un ingreso ni qué complicación podía aparecer después, pero sí podía intentar decidir cómo vivir esos momentos.
No siempre podía elegir lo que me ocurría, pero muchas veces podía elegir qué hacer con lo que me ocurría y yo elegía reírme cuando podía.