Al cuerpo lo que pida

Capítulo 11 (cuando venían a verme)

Cada hospitalización terminaba convirtiéndose también en una reunión inesperada. Familiares, amigos y personas que me querían aparecían para saber cómo estaba. Algunos se quedaban más tiempo, otros apenas podían acompañarme unos minutos, pero todos dejaban algo detrás: una conversación, una broma, una preocupación o simplemente la sensación de que no estaba solo.

A mí me gustaba recibir visitas, aunque seguramente mi familia prefería que estuviera descansando. Cuando aparecía alguien conocido, el ambiente cambiaba. Yo podía estar aburrido, cansado o sin muchas ganas de hablar, pero bastaba con que entrara uno de mis amigos para que comenzáramos a recordar alguna tontería y termináramos riéndonos. Con ellos podía olvidarme durante un rato de dónde estaba. No importaba si la habitación era pequeña, si llevaba horas allí o si había pasado una mala noche; cuando comenzábamos a hablar de nuestras cosas, volvía a sentirme como el muchacho que era fuera del hospital.

Mis amigos ocupaban un lugar importante en mi vida. No eran solamente personas con las que salía o compartía música. También eran quienes estaban pendientes de mí cuando las cosas se complicaban. Algunos conocían perfectamente mi manera de ser y sabían que, si me encontraban haciendo bromas, probablemente no significaba que estuviera perfectamente. Pero tampoco querían tratarme como alguien diferente. Y eso era algo que yo valoraba muchísimo.

Yo quería que me visitaran como visitarían a cualquier otro amigo. Por supuesto que quería que me preguntaran cómo estaba, pero después quería hablar de cualquier otra cosa. Quería saber qué estaba pasando afuera, qué habían hecho mientras yo estaba en el hospital, qué historias nuevas tenían y de qué podíamos reírnos esta vez. No quería que cada conversación terminara girando alrededor de mi salud, porque durante esos días ya tenía suficiente tiempo para pensar en ella.

Quería reírme con ellos, escuchar sus historias y sentir que, aunque estuviera en una cama de hospital, seguía formando parte de sus vidas. Me gustaba que me contaran lo que ocurría en el pueblo, las cosas que habían hecho, las tonterías que habían pasado mientras yo no estaba y hasta los problemas más insignificantes. Todo aquello me conectaba con el mundo que estaba fuera de esas cuatro paredes.

Necesitaba recordar que mi vida no se había detenido por completo solo porque en ese momento estuviera internado.

Necesitaba sentir que seguía siendo yo.

Porque cuando uno está internado, el mundo parece continuar sin uno. La gente sigue saliendo, los amigos siguen reuniéndose, las motos siguen pasando por las calles y la música continúa sonando. Mientras tanto, tú permaneces dentro de una habitación esperando poder volver a casa. Por eso una visita podía significar mucho más de lo que parecía.

También estaban las visitas de mi familia. Ellos conocían de cerca todo lo que me ocurría y podían notar incluso aquellas cosas que yo intentaba disimular. Sabían cuándo un día estaba siendo especialmente difícil, cuándo necesitaba descansar o cuándo simplemente hacía falta quedarse a mi lado sin hacer demasiadas preguntas. Yo veía la preocupación en sus rostros, aunque muchas veces intentaran esconderla para no hacerme sentir peor. Y quizá por eso, cuando los tenía cerca, prefería hacerlos reír antes que hablar demasiado de cómo me sentía. Si podía conseguir que durante un rato se olvidaran de la preocupación y volvieran a verme sonreír, para mí ya era suficiente.

Entre todas esas personas estaba ella.

Mi hermana.

Aunque en realidad nuestra historia era mucho más complicada que eso. No compartíamos el mismo padre y madre, realmente somos primos hermanos, pero habíamos crecido juntos desde pequeños, compartiendo juegos, tareas, travesuras y prácticamente la vida entera. Para mí no existía ninguna diferencia: era mi hermana, y así la sentía.

Aunque la vida nos había llevado por caminos diferentes y ella ya vivía en la capital, seguía estando pendiente de mí. Cuando podía venir a verme, lo hacía. Y cuando estaba conmigo, muchas veces encontraba la manera de consentirme un poquito.

Había ocasiones en las que me llevaba algún antojo que yo quería comer y que había conseguido a escondidas de mi madre. Ella sabía que yo tenía muchas restricciones y que no podía comer cualquier cosa, pero también sabía que de vez en cuando necesitaba sentir que podía darme un gusto. Así que, cuando iba a verme, intentaba llevarme algo que me hiciera ilusión.

Yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo y ella también sabía que yo lo entendía. Entre nosotros no hacía falta explicar demasiado; bastaba con una mirada, una sonrisa o aquel pequeño gesto de complicidad que decía mucho más que cualquier palabra. Los dos sabíamos que aquel antojo no era precisamente lo que mi tía habría querido que comiera, pero también sabíamos que, de vez en cuando, necesitaba permitirme un pequeño gusto y sentir que podía disfrutar de algo sin pensar durante unos minutos en todas las restricciones que formaban parte de mi vida.

A veces esos pequeños detalles eran suficientes para hacerme sentir querido. No porque aquello fuera a cambiar mi situación ni porque pudiera solucionar mis problemas de salud, sino porque durante unos minutos dejaba de sentir que todo estaba prohibido. Era simplemente mi hermana llegando a verme y trayéndome algo que me gustaba.

Quizá para ella era una pequeña cosa, pero para mí significaba mucho. Yo sabía qué hacía lo que podía por ayudarme, aunque no pudiera cambiar lo que estaba ocurriendo ni solucionar aquello contra lo que llevaba tantos años luchando. Y creo que eso era precisamente lo que más valoraba: nunca necesitó tener una solución para demostrarme que estaba conmigo. No podía quitarme la enfermedad ni evitarme todos los momentos difíciles, pero podía estar allí, acompañarme, escucharme y hacerme sentir que no tenía que enfrentar todo aquello completamente solo. Y muchas veces, eso era más que suficiente.



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En el texto hay: humor, amor, biografía

Editado: 17.09.2026

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