Al cuerpo lo que pida

Capítulo 12 (como si nada hubiera cambiado)

Fuera de los hospitales, mi vida seguía teniendo sus propios momentos. Estaban mis amigos, la música, las conversaciones, las bromas y todas esas pequeñas cosas que conseguían devolverme a una vida que no estuviera definida por médicos y tratamientos. Yo necesitaba esos momentos. Necesitaba salir, hablar, reírme y sentir que todavía podía compartir cosas con los demás.

Uno de mis amigos de la música era especialmente cercano a mí. Juntos compartíamos nuestra afición por las gaitas y muchas veces terminábamos pasando tiempo en casa de algún vecino, hablando de cualquier cosa o simplemente echando broma. No hacía falta organizar algo especial. Podíamos sentarnos un rato, empezar una conversación y terminar riéndonos por cualquier tontería. También salíamos en moto y recorríamos el pueblo, disfrutando de esa sensación de libertad que para mí tenía un valor enorme.

Aquellas tardes podían parecer completamente normales, y precisamente por eso me gustaban tanto. No había una habitación de hospital, ni una máquina, ni una persona preguntándome constantemente cómo me sentía. Éramos nosotros, como cualquier grupo de amigos, pasando el rato y buscando algo con lo que divertirnos.

A veces creo que eso era lo que más necesitaba: normalidad.

No quería que cada persona que me mirara pensara primero en mi enfermedad. Yo sabía que estaba enfermo. Mi familia lo sabía. Mis amigos también. No hacía falta que estuviera presente en cada conversación. Cuando estaba con ellos quería ser simplemente yo: el que hacía bromas, el que se enamoraba de alguna muchacha, el que hablaba de música, el que podía subirse a una moto y pasar una tarde con los amigos.

Incluso cuando mi cuerpo me recordaba mis límites, intentaba seguir haciendo aquello que me hacía sentir bien. Había días en los que me cansaba caminando y otros en los que tenía que cuidarme más, pero eso no significaba que dejara de querer salir. Recuerdo que incluso había alguna muchacha que me animaba a caminar cuando me costaba hacerlo. Yo iba con ella, aunque me cansara, porque me gustaba su compañía y porque, de alguna manera, aquello me hacía sentir que podía seguir adelante.

Mi familia muchas veces veía cosas que yo prefería ignorar. Ellos sabían cuándo estaba agotado, cuándo necesitaba descansar y cuándo alguna actividad podía hacerme daño. Yo, en cambio, tenía esa necesidad constante de probar que podía seguir. No porque quisiera hacerles sufrir ni porque no entendiera sus preocupaciones, sino porque cada vez que conseguía hacer algo que parecía difícil sentía que había ganado una pequeña batalla.

Y así fui construyendo mi vida.

No fue una vida sencilla, pero tampoco estuvo hecha únicamente de sufrimiento. Hubo enfermedades, sí. Hubo hospitales, tratamientos y momentos difíciles que marcaron mi historia. Pero también hubo música, amigos, cumpleaños, muchachas, bromas, motos, pequeños negocios y tardes en las que simplemente me sentía feliz.

Creo que eso es importante.

Porque cuando alguien conoce solamente la parte difícil de una historia puede terminar pensando que una enfermedad ocupa todos los espacios de una vida. En la mía no fue así. Había muchas otras cosas que me hacían ser quien era y que conseguían que, incluso después de un día malo, al día siguiente volviera a buscar alguna razón para salir, conversar o reír.

Yo no quería vivir esperando el próximo problema. Durante demasiado tiempo había tenido que acostumbrarme a pensar en lo que podía pasar, en cuándo volvería a sentirme mal o en cuándo tendría que regresar a un hospital. No quería que mi vida se convirtiera en una espera constante de la siguiente complicación. Prefería pensar en lo que todavía podía hacer, en las personas que tenía a mi alrededor y en todos esos pequeños momentos que conseguían hacerme olvidar, aunque fuera por un rato, todo lo demás.

Quería vivir esperando el próximo momento bueno. Una tarde con mis amigos, una canción, una conversación, una visita, una broma o cualquier pequeña cosa que consiguiera sacarme una sonrisa. No necesitaba que ocurriera algo extraordinario para sentir que valía la pena; muchas veces bastaba con tener un buen día.

Y mientras apareciera alguno, por pequeño que fuera, yo iba a aprovecharlo.



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En el texto hay: humor, amor, biografía

Editado: 17.09.2026

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