Llegó un momento en el que tuve que dejar atrás el área de pediatría. Durante años había estado rodeado de niños y adolescentes, de médicos y enfermeras que ya conocían mi historia y que, de alguna manera, también habían formado parte de mi crecimiento. Pero un día me dijeron que ya no correspondía estar allí. Había crecido y ahora tenía que pasar al área de adultos. Para mí, aquello podía parecer simplemente un cambio de habitación o de piso, pero para mi familia significó mucho más. Era otra señal de que el tiempo estaba pasando y de que yo ya no era aquel niño que había llegado al hospital años atrás.
El cambio no fue sencillo. Desde mi lugar, podía sentir que algo era diferente. Las personas que me atendían ya no eran las mismas, el ambiente tampoco y la manera de tratarme parecía distinta. Yo estaba acostumbrado a un lugar donde conocían mi historia, mis tratamientos y quizá hasta mi manera de ser. De repente me encontraba en un espacio nuevo, rodeado de personas adultas que también tenían sus propios problemas de salud y sus propias historias. No sé cuánto entendía yo entonces de las razones que había detrás de aquel cambio, pero sí podía notar la preocupación de mi madre y la forma en que intentaba averiguar qué estaba ocurriendo.
Ella no había recibido toda la información que necesitaba para comprender aquel traslado. Desde su perspectiva, parecía que me estaban apartando, que ya no recibía la misma atención y que algo había cambiado para peor. Como madre, era difícil quedarse tranquila cuando veía que su hijo necesitaba atención y sentía que no estaba recibiendo el mismo cuidado de antes. Así que hizo lo que muchas veces había hecho durante toda mi enfermedad: buscó una manera de protegerme.
Con el tiempo se enteró de que el traslado al área de adultos también podía estar relacionado con una posibilidad que todos habíamos esperado durante años: encontrar un donante y avanzar hacia un trasplante. Aquello cambiaba por completo la manera de entender lo que había sucedido. Pero para entonces mi madre ya había tomado una decisión pensando que era lo mejor para mí. Decidió mover mi caso a la capital, buscando mejores oportunidades y una atención que le diera más confianza.
Desde mi perspectiva, todo aquello debió sentirse como otro cambio impuesto por una enfermedad que llevaba años marcando mi vida. No era yo quien decidía dónde me atendían, qué tratamiento recibía o qué hospital podía ofrecerme una oportunidad. Los adultos tomaban decisiones intentando salvarme y yo tenía que adaptarme a ellas. Quizá no entendía todos los motivos, pero sí podía notar que mi familia hacía todo lo posible para encontrar una salida.
El problema fue que comenzar de nuevo también tenía un precio. Al trasladar mi caso, hubo que iniciar procesos nuevamente y muchas cosas que ya estaban encaminadas tuvieron que volver a ponerse en marcha. El hospital anterior dejó de llevar mi caso de la misma manera y nosotros tuvimos que enfrentarnos a una nueva realidad. Para mi familia aquello seguramente fue agotador. Para mí significaba continuar esperando, continuar con mis tratamientos y seguir adelante sin saber exactamente cuánto faltaba para que apareciera aquella oportunidad que llevábamos tanto tiempo esperando.
A esas alturas ya había aprendido que en mi vida muchas cosas dependían de esperar. Esperar resultados, esperar tratamientos, esperar una mejoría, esperar una llamada, esperar un donante. Pero yo no quería pasar mi vida únicamente esperando. Por eso, mientras los adultos se encargaban de buscar soluciones, yo intentaba seguir siendo yo. Quería estudiar, salir cuando podía, escuchar música, hablar con mis amigos y encontrar cualquier oportunidad para disfrutar de un día normal.
Quizá eso era lo que hacía que todos aquellos cambios fueran un poco más soportables. Aunque mi vida estuviera llena de decisiones médicas que no dependían de mí, todavía había cosas que sí podía elegir. Podía decidir con quién pasar mi tiempo, qué música escuchar, de qué hablar, a quién hacer reír y qué sueños seguir teniendo.
El trasplante seguía siendo una esperanza. Pero mientras llegaba, yo seguía viviendo.