A medida que fui creciendo, también cambió la manera en la que mi padre estaba presente en mi vida. Ya no era solamente el hombre que aparecía para decirme que tuviera cuidado o que no hiciera algo que pudiera perjudicarme. Cuando las diálisis comenzaron a formar parte de mi rutina, también se convirtieron en parte de la suya. Había días en los que era él quien se encargaba de llevarme y otros en los que, si no podía hacerlo, buscaba la manera de pagar un transporte para que yo pudiera llegar. Era un viaje que se repetía con tanta frecuencia que terminaba formando parte de nuestra vida cotidiana, aunque probablemente para él significara mucho más que simplemente recorrer una hora de carretera.
No hablábamos necesariamente de cosas importantes durante esos trayectos. A veces bastaba con estar allí, compartir el camino y dejar que pasaran los kilómetros. Otras veces hablábamos de cualquier cosa. Yo podía estar pensando en mis amigos, en alguna muchacha, en los estudios o en alguna idea que se me hubiera ocurrido para conseguir dinero, mientras él probablemente estaba pendiente de cosas completamente diferentes. Así éramos nosotros. No siempre necesitábamos tener una conversación profunda para saber que existía un vínculo entre los dos.
También hubo momentos en los que nuestras diferencias seguían apareciendo. Yo quería hacer mi vida, probar cosas y sentir que podía decidir por mí mismo, mientras él seguía teniendo presente que había cosas que mi cuerpo no me permitía hacer como a los demás. A veces eso podía hacerme sentir limitado. Para mí era difícil aceptar que alguien tuviera que estar pendiente de lo que comía, de cuánto bebía, de cuánto esfuerzo hacía o de dónde estaba. Quería sentirme mayor y capaz de cuidarme solo, pero mi realidad hacía que las personas que me querían siguieran teniendo miedo de que una decisión mía terminara pasándome factura.
Con los años fui entendiendo que mi padre también había tenido que aprender a convivir con una situación que ninguno de nosotros había elegido. No tenía todas las respuestas ni podía solucionar lo que me ocurría, pero estaba allí. Y quizá esa era su manera de quererme: haciendo lo que podía cuando podía. No siempre decía las cosas de la forma que yo esperaba y seguramente tampoco siempre sabía cómo acercarse a mí, pero había acciones que hablaban por él.
Llevarme a diálisis era una de ellas.
Buscar un transporte cuando no podía llevarme era otra.
Estar pendiente de que yo recibiera el tratamiento que necesitaba también.
Son cosas que quizá, vistas desde fuera, pueden parecer parte de una obligación familiar. Pero cuando una enfermedad ocupa tantos años de la vida de una persona, cada una de esas pequeñas responsabilidades termina teniendo un peso enorme. No se trata de hacerlo una vez, sino de repetirlo durante años, adaptando horarios, buscando soluciones y reorganizando la vida alrededor de algo que nunca desaparece.
Yo también tenía mis propios sentimientos hacia él. Podía enfadarme, podía sentir que no me comprendía o querer hacer algo que él consideraba una locura. Pero ninguna de esas cosas eliminaba el cariño. Al final seguía siendo mi padre y yo sabía que, aunque nuestra relación tuviera sus propias dificultades, cuando llegaba un momento importante podía contar con él.
Quizá nuestra familia nunca fue una fotografía perfecta. Mis padres no estaban juntos y cada uno tenía su propia vida, pero yo había aprendido que una familia no siempre se sostiene de la misma manera. A veces se sostiene con una madre que permanece al lado de su hijo durante años. Otras veces, con un padre que aparece en el momento en que hace falta y busca la manera de ayudar. También con hermanos, tíos, primos, amigos y vecinos que terminan formando una red alrededor de una persona sin que nadie tenga que explicarlo demasiado.
Yo crecí dentro de esa red.
Y aunque en algunos momentos pudiera sentir que todos estaban demasiado pendientes de mí, con el tiempo también entendí lo que había detrás de esa preocupación. No era solamente miedo. Era cariño. Un cariño que cada uno expresaba como sabía.
Mi padre lo hacía a su manera.
Y esa manera también forma parte de mi historia.