Al cuerpo lo que pida

Capítulo 17 (Los que se fueron quedando atrás )

La sala de diálisis era un lugar al que llegaba porque tenía que hacerlo, pero con el paso de los años terminó convirtiéndose en un espacio donde también conocí personas que formaron parte de mi vida. No eran amigos que hubiera elegido conocer en otras circunstancias. Muchos eran bastante mayores que yo y probablemente pertenecíamos a generaciones completamente diferentes, pero allí las diferencias parecían importar menos. Todos llegábamos por la misma razón, todos conocíamos el cansancio del tratamiento y todos sabíamos lo que significaba tener que volver una y otra vez.

Al principio quizá no pensaba demasiado en el tiempo que llevaba allí. Era una rutina. Llegaba, esperaba, comenzaba el tratamiento y, cuando terminaba, regresaba a casa. Entre una cosa y otra había conversaciones, silencios, alguna broma y momentos en los que simplemente permanecía allí dejando pasar las horas. Con algunos de aquellos pacientes fui tomando más confianza. Hablábamos de nuestras vidas, de las cosas que ocurrían fuera del hospital y de cualquier tontería que pudiera hacer más llevadero el tiempo.

Yo era mucho más joven que ellos, pero eso no impedía que termináramos compartiendo cosas. Ellos podían contarme experiencias que yo todavía no había vivido y yo podía hablarles de mis amigos, de la música, de mis estudios o de las cosas que hacía cuando no estaba en diálisis. Era una convivencia extraña, pero también tenía algo bonito. Durante esas horas todos dejábamos de ser personas de edades diferentes para convertirnos simplemente en compañeros que compartían una parte difícil de la vida.

Con el tiempo empecé a reconocer las caras incluso antes de que me hablaran. Sabía quién solía llegar primero, quién tenía siempre algo que contar, quién prefería dormir durante el tratamiento y quién empezaba una conversación apenas se sentaba. Es curioso cómo una rutina que al principio parece completamente ajena termina creando sus propias costumbres. Aquella sala se convirtió en un pequeño mundo dentro de mi vida y aquellas personas, aunque quizá nunca lo hubieran imaginado, llegaron a formar parte de ella.

Pero ese mundo también empezó a cambiar.

Un día faltaba alguien.

Al principio nadie pensaba demasiado en ello. Podía estar ingresado, sentirse mal o simplemente no haber podido acudir. Después llegaba una noticia que hacía que todos entendieran por qué aquella silla llevaba días vacía. Había muerto.

Yo conocía la enfermedad y sabía que las personas que estaban allí eran pacientes, pero una cosa era saberlo y otra empezar a ver sus consecuencias de una manera tan cercana. Después faltaba otra persona. Luego otra. Los rostros que habían estado allí cuando yo comencé a hacerme diálisis iban desapareciendo poco a poco.

Y yo seguía llegando, sentándome en el mismo lugar y dejando que la máquina comenzara su trabajo, como tantas otras veces. Las horas pasaban y, mientras esperaba a que terminara el tratamiento, veía cómo aquella rutina continuaba a pesar de todo. Las personas cambiaban, algunas dejaban de volver y otras ocupaban sus lugares, pero yo seguía allí, haciendo lo mismo una y otra vez, intentando acostumbrarme a una vida que nunca había elegido.

Quizá lo más extraño era que, con el tiempo, aquello había terminado pareciéndome normal. Ya no me sorprendía entrar a una sala de diálisis ni pasar horas conectado a una máquina. Lo que sí empezaba a cambiar era mi manera de mirar a quienes estaban a mi alrededor y de comprender que, aunque todos llegáramos al mismo lugar, no todos tendríamos la oportunidad de seguir saliendo de allí.

Quizá eso fue lo que más me hizo pensar. Yo era joven y muchos de aquellos pacientes llevaban vidas muy diferentes a la mía, pero compartíamos algo que no podía ignorar: ninguno de nosotros sabía exactamente cuánto tiempo iba a permanecer allí. Ver morir a personas con las que había comenzado aquel camino hacía que esa idea dejara de ser algo que pertenecía solamente a los demás.

Podía aparecer una silla vacía y saber que alguien ya no iba a volver. También podía conocer a una persona nueva, conversar con ella durante el tratamiento y, sin querer, preguntarme cuánto tiempo permanecería allí. Era extraño acostumbrarme a una cara, compartir horas y conversaciones con alguien y descubrir, meses después, que esa persona ya no estaba. Poco a poco entendí que aquellas sillas no solo estaban ocupadas por pacientes; también guardaban historias que podían terminar de un momento a otro.

Cada ausencia me hacía recordar, aunque no quisiera, lo frágil que podía ser nuestra situación. Aun así, cuando alguien dejaba de estar, yo intentaba continuar con la misma rutina. Llegaba a mi tratamiento, ocupaba mi lugar y hacía lo que tenía que hacer. Quizá era la única manera que encontraba de seguir adelante: aceptar que algunas personas se iban, aunque cada ausencia dejara una marca, y agradecer que yo todavía pudiera volver a casa después de cada sesión.

No sé cuánto hablaba de eso con mi familia. Probablemente no demasiado. Había cosas que prefería guardar para mí y seguir con mi vida. Además, fuera de aquella sala yo tenía otras cosas en las que pensar. Tenía amigos, música, estudios, pequeños trabajos, muchachas que me gustaban y un montón de cosas que todavía quería hacer. No quería pasar todo el tiempo pensando en quién había muerto o en qué podía ocurrirme a mí, pero era imposible no darse cuenta; a veces bastaba con mirar alrededor.

Yo había empezado aquel tratamiento siendo mucho más joven y, con el paso de los años, me fui convirtiendo en uno de los que llevaban más tiempo allí. Los demás cambiaban y yo permanecía. Llegaban pacientes nuevos que no conocían la historia de quienes habían estado antes, mientras yo podía recordar perfectamente sus caras y algunas de las conversaciones que habíamos tenido.



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En el texto hay: humor, amor, biografía

Editado: 17.09.2026

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