Terminar mis estudios se convirtió en una de esas cosas que ya no quería dejar a medias. Había pasado demasiado tiempo desde que tuve que apartarme de las clases y, aunque regresar no era sencillo, había algo dentro de mí que me decía que tenía que intentarlo. No quería que los años de enfermedad fueran también los años en los que dejara de perseguir todo aquello que quería para mi vida. Había perdido muchas cosas por el camino, algunas que ni siquiera había tenido oportunidad de elegir, pero esta vez quería decidir yo hasta dónde podía llegar.
No siempre tenía las mismas fuerzas. Había días en los que el cuerpo pesaba más y concentrarme podía resultar difícil, pero intentaba no convertir cada dificultad en una razón para detenerme. Sabía que mi salud podía complicar las cosas, pero también sabía que si esperaba a sentirme perfectamente bien para hacer algo, probablemente terminaría esperando toda la vida. Así que seguía estudiando, haciendo mis tareas y tratando de mantenerme al ritmo de los demás.
Había algo especialmente importante detrás de todo aquello: quería graduarme.
No solamente por mí, aunque por supuesto era mi logro y quería sentir que podía conseguirlo. También pensaba mucho en mi madre. Ella había dejado su trabajo para cuidarme y llevaba años pendiente de tratamientos, médicos, viajes, medicamentos y de cualquier cosa que pudiera afectar mi salud. Yo había visto su preocupación muchas veces, incluso cuando intentaba esconderla detrás de una sonrisa o de esas palabras que utilizaba para hacerme creer que todo estaba bien. Sabía cuánto había sacrificado por mí y, aunque quizá no siempre encontraba la manera de decírselo, quería devolverle un poco de todo aquello que ella había hecho por mí. Por eso quería terminar mis estudios. Quería que algún día pudiera verme conseguir algo que no tuviera relación con una enfermedad, un hospital o un tratamiento. Quería verla sentada entre las personas que me habían acompañado durante tantos años y saber que aquel momento también era suyo. Después de todo lo que había tenido que vivir conmigo, quería regalarle un motivo para sentirse orgullosa, uno de esos momentos que pudiera guardar para siempre y recordar que, a pesar de todas las dificultades, su hijo había conseguido llegar hasta allí.
Quería que pudiera mirar aquel título y decir que lo había logrado. Y lo hice. Terminé mis estudios después de haber tenido que dejarlos durante años, después de haber aprendido a convivir con tratamientos, limitaciones y días en los que continuar no resultaba sencillo. No fue fácil regresar, pero había algo dentro de mí que me empujaba a seguir adelante porque no quería que la enfermedad decidiera también hasta dónde podían llegar mis sueños. Todavía me quedaba la graduación, ese día que llevaba tanto tiempo imaginando y en el que finalmente podría compartir con mi familia el resultado de todo aquel esfuerzo. Para mí, terminar ya era una victoria; era demostrarme que todavía podía conseguir cosas que parecían imposibles cuando era más pequeño.
Y quizá por eso aquella meta significaba tanto. No era solamente un título ni una ceremonia. Era la oportunidad de darle una alegría a mi madre después de tantos años de preocupación, de demostrarle que todo lo que había hecho por mí había servido también para ayudarme a llegar hasta allí. Yo quería que pudiera verme orgullosa de mí, pero sobre todo quería sentirme orgulloso de mí mismo. Después de tantos años en los que mi vida había estado marcada por hospitales, diálisis y restricciones, por fin tenía algo que celebrar que no estaba relacionado con mi enfermedad. Había conseguido terminar mis estudios. Había llegado hasta el final. Y todavía creía que me quedaba mucho por vivir.
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Cuando pienso en ese momento ahora, siento una mezcla extraña de orgullo y tristeza. Orgullo porque realmente lo consiguió. No es una frase que quiera utilizar para hacer más emotiva su historia; lo consiguió de verdad. Después de haber tenido que apartarse de los estudios durante años, volvió a intentarlo, se esforzó y llegó hasta el final. La enfermedad había conseguido modificar muchas cosas en su vida, había obligado a cambiar sus planes y a renunciar a momentos que para otros jóvenes eran normales, pero esta vez no consiguió quitarle aquello que se había propuesto. Terminó sus estudios y pudo mirar hacia atrás sabiendo que, a pesar de todo, había llegado hasta donde quería.
Lo que quedaba era el acto de grado, ese día que seguramente imaginaba de una manera muy diferente a como terminaría ocurriendo. Él todavía pensaba en la ceremonia como algo que estaba por llegar y nosotros también. Había una fecha en el futuro, una celebración que compartir con la familia y un momento que todos esperábamos poder vivir junto a él. Después de tantos años de tratamientos y preocupaciones, parecía justo que también llegara una ocasión en la que pudiéramos verlo recibir el reconocimiento por algo que había conseguido con su propio esfuerzo.
En aquel momento nadie podía imaginar que terminar sus estudios sería una de las últimas metas que alcanzaría en vida. Para él todavía quedaban muchas cosas por hacer y, precisamente por eso, hablaba del futuro con naturalidad. Seguía haciendo planes, seguía pensando en lo que quería conseguir y todavía tenía ilusiones que esperaba cumplir. No estaba despidiéndose de nada; al contrario, estaba mirando hacia adelante. Y nosotros, sin saber lo que iba a ocurrir, mirábamos hacia adelante con él, convencidos de que todavía tendríamos tiempo para verlo crecer, cumplir sus sueños y celebrar muchos más momentos a su lado.