Al cuerpo lo que pida

Capítulo 19 (Lo que todavía estaba pendiente)

Mientras él terminaba sus estudios, yo seguía viviendo lejos, pero eso no significaba que estuviera ausente de su vida. Desde que me fui a los dieciocho años, muchas cosas cambiaron. Él llegó a preguntarme varias veces por qué me había ido, y aunque yo entendía que mi partida podía haberle dolido, nunca dejé de buscar la manera de volver. No podía estar allí todos los días, pero intentaba viajar cuando podía, aunque fuera una vez al año o cada dos años.

También había tenido la oportunidad de llevar a mi hija para que la conociera. Recuerdo con especial cariño aquella etapa porque él se encariñó con ella y, cuando era bebé, me llamaba por las noches. Había una canción que le cantaba al piano, Estrellita, ¿dónde estás?, y esas pequeñas conversaciones terminaron formando parte de nuestros recuerdos familiares. Son cosas que en aquel momento parecen normales, pero que después de una pérdida adquieren un valor completamente diferente.

Yo siempre intenté que supiera lo orgullosa que estaba de él. Nunca quise que la distancia le hiciera pensar que me había olvidado. Se lo decía cada vez que tenía oportunidad y también le decía que lo quería. Hoy agradezco profundamente haberlo hecho, porque cuando alguien muere quedan muchas preguntas sobre lo que uno habría querido decirle. Yo tengo muchas cosas que hubiera querido hacer, pero al menos hay algo que sé: él sabía que lo quería.

Cuando supe que había terminado sus estudios, empecé a pensar en viajar para verlo. Esta vez quería hacerlo de sorpresa. No le dije que iba a ir porque quería llegar y encontrarme con él sin que estuviera esperando mi visita. Además, tenía pensado llevarle un teléfono. Él quería uno y yo llevaba tiempo pensando en regalárselo. Quería ver su reacción, entregárselo personalmente y compartir con él aquella alegría.

No imaginaba que estaba preparando un regalo para alguien que ya no iba a poder recibirlo.

Mientras yo hacía esos planes, también intentaba ayudar de otras maneras. La situación que vivíamos en Venezuela era muy complicada y conseguir medicamentos podía convertirse en una verdadera búsqueda. Muchas veces no se encontraban en nuestro pueblo y tocaba buscarlos en otra ciudad para hacérselos llegar. Yo hacía lo que podía, con la ayuda de otra prima y su padre, porque sabía que no conseguir un medicamento no era simplemente quedarse sin algo en casa: para él podía significar una complicación mucho más seria.

También intenté buscar una salida más grande. Quería que pudieran llevarlo a otro país para que lo evaluaran, lo internaran y, si existía alguna posibilidad, pudieran realizarle el trasplante que llevaba tantos años esperando. No sabía si iba a ser posible ni si realmente existía una solución fuera de nuestro alcance, pero quería intentarlo. Cuando quieres a alguien que está enfermo, llega un momento en que cualquier posibilidad, por pequeña que sea, parece digna de ser perseguida.

Yo seguía pensando que habría tiempo. Tiempo para viajar y volver a verlo, para entregarle aquel teléfono que quería regalarle como sorpresa, para seguir buscando alguna alternativa que pudiera ayudarlo y, sobre todo, para verlo graduarse. En mi cabeza todavía existía un después en el que todas esas cosas iban a ocurrir de alguna manera. No sabía cuándo exactamente, pero estaba convencida de que tendría la oportunidad de hacerlo. A veces vivimos pensando que las cosas importantes pueden esperar unos días más, unas semanas o incluso unos meses, porque damos por hecho que el futuro estará ahí para nosotros. Yo también lo pensaba. No sabía que algunas de esas cosas que imaginaba hacer con él ya no tendrían oportunidad de suceder.



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En el texto hay: humor, amor, biografía

Editado: 17.09.2026

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