Las diálisis habían terminado formando parte de la vida de toda la familia, pero llegar hasta ellas tampoco era sencillo. Para recibir el tratamiento tenían que desplazarse hasta otro lugar, lo que significaba organizar los viajes, conseguir transporte y acomodar los horarios de todos alrededor de unas horas que no podían cambiarse simplemente porque ese día hubiera cansancio o surgiera cualquier otro inconveniente. Durante años, aquellos desplazamientos se convirtieron en una rutina. Había que salir de casa, recorrer el camino hasta el lugar donde recibía el tratamiento y después hacer nuevamente el trayecto de regreso. Era una parte de su vida que quizá desde fuera podía parecer simplemente logística, pero para ellos significaba tiempo, dinero, esfuerzo y una constante preocupación por conseguir que nada interfiriera con su tratamiento.
Con el paso de los años, él también comenzó a reconocer cada parte de aquel recorrido. Había lugares que se volvieron familiares, personas que terminó conociendo y pequeñas costumbres que hacían que aquellos viajes no fueran únicamente sinónimo de enfermedad. Había un sitio en particular donde solían detenerse y donde a él le regalaban pasteles y dedos de queso. Después de pasar tantas horas entre tratamientos y preocupaciones, aquel pequeño gusto podía convertirse en una especie de recompensa. Quizá para otra persona no significaría demasiado, pero para él era algo que esperaba encontrar en el camino de regreso. Me gusta pensar que, dentro de una rutina que muchas veces no podía elegir, había pequeñas cosas que sí podía disfrutar y que terminaban siendo parte de sus recuerdos.
La propia sala de diálisis también terminó convirtiéndose en un lugar conocido. Allí compartía muchas horas con personas que, aunque eran mayores que él, estaban atravesando una situación parecida. No eran muchachos de su edad con quienes pudiera hablar de las mismas cosas que hablaba con sus amigos de siempre, pero existía entre ellos una comprensión que no necesitaba demasiadas explicaciones. Todos sabían lo que significaba estar conectado a una máquina, pasar horas esperando, sentirse cansado y regresar nuevamente después de un tiempo para repetir el mismo proceso. Con algunos llegó a crear vínculos y, de alguna manera, aquellas personas también terminaron formando parte de una etapa importante de su vida.
Pero había algo en ese lugar que con el tiempo empezó a pesarle más de lo que quizá mostraba. Él comenzó a ver cómo las personas que conocía dejaban de regresar. Al principio podía ser simplemente una ausencia. Una silla que estaba vacía cuando llegaba. Quizá preguntaba por esa persona y alguien le explicaba que había muerto. Después aparecía otra ausencia, y más adelante otra. Personas con las que había compartido tratamientos, conversaciones y tantas horas dejaron de estar allí. Él continuaba llegando, ocupando su lugar y esperando que terminara su sesión, mientras a su alrededor cada vez quedaban menos rostros conocidos.
Debió ser difícil para un muchacho vivir aquella realidad de una manera tan cercana. La muerte no era para él algo lejano que ocurría en las noticias o algo que pertenecía únicamente a personas muy mayores. La veía alrededor suyo. Conocía a alguien, compartía tiempo con esa persona y después, en algún momento, descubría que ya no volvería. Y así, poco a poco, llegó a convertirse prácticamente en uno de los últimos que quedaban de aquel grupo con el que había comenzado tantos años atrás. No sé exactamente qué pensaba cada vez que veía una silla vacía, ni cuánto miedo podía producirle darse cuenta de que las personas que habían comenzado aquel camino junto a él iban desapareciendo. No quiero poner en su boca pensamientos que nunca llegamos a escuchar, pero sí puedo imaginar que aquella realidad debía hacerle preguntas que probablemente prefería no formular.
Quizá por eso resulta todavía más significativo que siguiera haciendo planes. Porque después de ver tan de cerca lo frágil que podía ser la vida, él continuaba pensando en lo que quería hacer con la suya. Quería terminar sus estudios, quería trabajar, quería sentirse útil, quería enamorarse, quería algún día tener hijos y quería seguir disfrutando de las personas que tenía a su alrededor. No quería pasar sus días esperando simplemente la próxima sesión o complicación. Quería que entre una cosa y otra también existiera una vida.
Y esa vida estaba fuera de aquellas paredes. Estaba en su casa, en sus amigos, en las tardes de música, en las conversaciones con los vecinos, en las bromas, en las pequeñas aventuras y hasta en aquellos besitos de coco que esperaba encontrar después de uno de sus viajes. Estaba en las cosas que para cualquier otra persona podían parecer insignificantes, pero que para él significaban que después del tratamiento todavía había un «después». Todavía había un camino de regreso. Todavía había alguien esperándolo en casa.
Con los años, su padre también fue participando cada vez más en esos desplazamientos. Aunque sus padres estaban separados y cada uno había construido su vida de una manera diferente, su padre nunca dejó de estar pendiente de él. Cuando fue creciendo, muchas veces era él quien lo llevaba a las diálisis o buscaba la manera de conseguirle un transporte cuando no podía hacerlo personalmente. Su presencia quizá no siempre se parecía a la de una familia que vivía bajo el mismo techo, pero estaba allí de la forma que podía. Y para alguien que llevaba tantos años dependiendo de otros para poder continuar con su tratamiento, contar con una persona que estuviera dispuesta a acompañarlo en esos recorridos también debía significar mucho.
Aquellos caminos terminaron formando parte de su historia. Los kilómetros recorridos, las esperas, las personas que conoció, las que dejaron de estar, las conversaciones durante los viajes y los pequeños lugares que llegaron a convertirse en parte de su rutina. La enfermedad había marcado su vida de muchas maneras, pero incluso dentro de esa rutina había conseguido construir recuerdos que no tenían que ver únicamente con estar enfermo.