Al cuerpo lo que pida

Capítulo 22 (Los últimos días)

En los últimos días, su estado de salud era especialmente delicado. Había pasado por demasiadas complicaciones y su cuerpo estaba muy debilitado. Respirar le costaba cada vez más, caminar unos pocos pasos podía convertirse en un esfuerzo enorme y las noches seguían siendo difíciles. Su organismo llevaba años soportando tratamientos, crisis y hospitalizaciones, y quienes estaban cerca de él podían notar que ya no era el mismo de antes físicamente. Sin embargo, aunque su salud estaba muy deteriorada, nadie vivía aquellos días pensando que serían los últimos. Él tampoco parecía estar despidiéndose de su vida. Seguía siendo él, seguía haciendo su rutina dentro de lo que podía y seguía relacionándose con las personas que tenía alrededor. Cuando la muerte llega de una manera inesperada, quizá una de las cosas más crueles es precisamente esa: que no siempre avisa, no siempre da tiempo para prepararse y muchas veces convierte un día completamente normal en el último sin que nadie lo sepa.

El día anterior a su muerte había ido a diálisis, como tantas otras veces. Después regresó a casa y continuó con su día dentro de lo posible. En algún momento estuvo en el patio conversando con el hermano de la mujer de su padre. Hablaron y compartieron un rato como podían haberlo hecho cualquier otro día. No había nada en aquella conversación que hiciera pensar que sería la última. No hubo una despedida especial ni una frase que pudiera interpretarse después como una señal. Simplemente estaban allí, conversando, mientras la vida seguía su curso sin que ninguno de ellos supiera que quedaban tan pocas horas.

Después entró al baño.

Y entonces se escuchó un golpe.

Había sufrido una convulsión y cayó al suelo. Todo ocurrió de repente. Lo llevaron al hospital y su padre fue con él. A partir de ahí, buena parte de lo que sabemos proviene de lo que su padre contó después, porque ninguno de nosotros estuvo allí para presenciar aquellos minutos. Según su relato, cuando llegaron al hospital le administraron un medicamento para la tensión porque consideraron que era necesario, aunque su padre sostenía que su presión estaba bien. No quiero reconstruir aquellos momentos como si supiera exactamente qué ocurrió dentro de esa habitación, porque no sería justo para la historia ni para la verdad. Hay cosas que conocemos y otras que quedaron en aquellos últimos minutos que nosotros nunca podremos recuperar.

Lo que sí sabemos es que las condiciones del hospital eran especialmente difíciles. Había cortes de electricidad y no contaban con aire acondicionado, algo especialmente duro para alguien que ya se encontraba en un estado tan delicado. Su padre intentaba hacer lo que podía para ayudarlo. Pensando en su comodidad, salió a buscar un ventilador y una almohada. No se fue durante horas. No sabía que estaba abandonando aquella habitación por última vez. Pensaba que regresaría en unos diez minutos y que encontraría a su hijo allí, quizá todavía luchando por recuperarse de aquella crisis.

Pero cuando regresó, le dijeron que había muerto.

Eran aproximadamente las cuatro o cinco de la tarde del 11 de mayo de 2019. Era sábado y, en Venezuela, al día siguiente se celebraba el Día de las Madres. Una fecha que para muchas familias significa reuniones, llamadas, regalos y abrazos terminó quedando marcada para nosotros por una ausencia imposible de explicar. Su muerte llegó justo cuando todos pensábamos que todavía habría tiempo. Tiempo para recuperarse de aquella crisis, para volver a casa, para continuar con su tratamiento, para verlo llegar a su graduación y para seguir haciendo planes como había hecho durante tantos años.

Y mientras nosotros recibíamos aquella noticia, su madre ni siquiera estaba cerca. Mi tía se encontraba viajando de regreso después de haber ido a la capital, donde vivía yo, debido a un problema que había tenido su hijo menor. Había sido una de esas pocas ocasiones en las que ella se había alejado durante varios días, algo que normalmente no hacía porque la enfermedad de él había condicionado durante años sus movimientos, sus viajes y prácticamente toda su vida. Aquella vez había tenido que irse por otra razón y estaba regresando a casa sin imaginar que, mientras avanzaba por el camino, su hijo ya había muerto.

Hay un detalle que mi tía recuerda y que todavía me resulta imposible pensar sin sentir un nudo en la garganta. Antes de regresar, le había comprado unos besitos de coco que a él le gustaban mucho. Seguramente los llevaba pensando en que, cuando volviera de la diálisis, podría comerlos. Era un gesto pequeño, cotidiano, de esos que una madre hace sin pensar demasiado porque forman parte de la vida de todos los días. Pero él nunca llegó a comérselos. Ella regresaba a casa pensando quizá en encontrarlo allí, en darle aquello que le había comprado, y en lugar de eso tuvo que encontrarse con la noticia de que su hijo había muerto.

La mujer de su padre había ido a la casa buscando a uno de sus hermanos, sin saber tampoco lo que había ocurrido. En lugar de encontrarlo, se encontró con mi tía y tuvo que darle la noticia. No puedo imaginar lo que debió sentir ella en aquel instante. Durante años había vivido pendiente de su hijo, de sus tratamientos, de sus crisis, de sus viajes a diálisis y de cada pequeño cambio en su salud. Había dejado su trabajo para cuidarlo y había construido gran parte de su vida alrededor de la necesidad de protegerlo. Y ahora tenía que escuchar que todo había terminado mientras regresaba a casa con unos besitos de coco que había comprado para él.

Estaba todo lo que había ocurrido antes de aquel día, con sus diálisis, sus hospitales, sus bromas, sus amigos, sus estudios, nuestras visitas, las llamadas, las discusiones, los momentos buenos y los difíciles. Y después estaba todo lo que vino cuando él ya no estaba.



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En el texto hay: humor, amor, biografía

Editado: 17.09.2026

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