Al cuerpo lo que pida

11 de mayo 2019

Yo estaba lejos. Era sábado y estaba dormida cuando mi vida cambió de una manera que jamás habría imaginado. Mi teléfono estaba dañado y no podía utilizarlo con normalidad, así que, al despertarme, encendí la Tablet. No estaba preparada para lo que iba a encontrar allí. Comenzaron a llegar las notificaciones y, al principio, simplemente las miraba sin comprenderlas del todo. Mi mente parecía buscar cualquier otra explicación antes de aceptar aquello que estaba leyendo. Una noticia, un mensaje, otro mensaje, personas escribiendo, preguntando, hablando de él. Todo parecía suceder demasiado rápido y, al mismo tiempo, yo sentía que estaba completamente quieta.

Hasta que lo entendí.

Había muerto.

Hay momentos que una recuerda con una claridad absoluta y otros que desaparecen casi por completo. Aquel día pertenece a las dos cosas. Recuerdo la noticia, recuerdo la sensación de incredulidad y recuerdo que necesitaba llegar hasta mi familia, pero hay muchas cosas que ocurrieron después que no puedo reconstruir con exactitud. Durante mucho tiempo me pregunté por qué no podía recordar determinados momentos. Hoy prefiero pensar que quizá mi mente hizo lo que pudo para protegerme. Hay dolores que, cuando llegan de golpe, son demasiado grandes para procesarlos todos de una sola vez. Tal vez por eso algunos recuerdos quedaron borrosos, como fotografías que alguien hubiera dejado demasiado tiempo bajo la lluvia.

Lo único que tuve claro fue que tenía que viajar. No podía quedarme allí. No podía recibir la noticia desde lejos y simplemente esperar. Necesitaba estar con los míos, necesitaba verlo, aunque ya no pudiera hablar con él, necesitaba abrazar a mi familia y comprender de alguna manera que aquello que estaba ocurriendo era real. Ese mismo día emprendí el viaje. No recuerdo cada detalle del camino, pero sí recuerdo esa sensación de estar avanzando mientras mi cabeza intentaba asimilar algo que mi corazón todavía rechazaba. Durante el trayecto seguramente pensé en muchas cosas, aunque hoy no pueda recuperarlas todas. Quizá pensé en nuestras conversaciones, en las veces que había ido a verlo, en las cosas que todavía quería hacer por él o simplemente en que todo aquello tenía que ser un error.

Al mismo tiempo de procesar la noticia mi tía acababa de regresar de la capital. Había viajado para atender un problema que había tenido su hijo menor y, como no solía salir mucho debido a la responsabilidad de cuidar durante tantos años a su hijo enfermo, aquel viaje había sido algo poco habitual para ella. Estaba regresando a casa cuando recibió la noticia. Lo más doloroso es que no volvía con las manos vacías ni con la sensación de que algo malo podía haber ocurrido. Volvía pensando en él.

Después de una diálisis, después de uno de aquellos días que habían formado parte de su vida durante tantos años, seguramente pensaba que al llegar podría dárselos. Era un gesto pequeño, cotidiano, pero precisamente por eso resulta tan doloroso. Una madre compra algo que le gusta a su hijo porque espera verlo llegar a casa, porque todavía existe una rutina que continúa y porque nadie imagina que una cosa tan sencilla como llevarle su comida favorita pueda convertirse, de repente, en un recuerdo de la última vez que pensó que volvería a verlo.

Pero él ya no iba a volver.

La mujer de su padre había ido a la casa buscando a su otro hijo, el mayor. No sabía que la noticia ya había llegado ni que encontraría allí a mi tía. Y en lugar de encontrarse con aquello que esperaba, tuvo que ser ella quien le diera la noticia. Me cuesta imaginar ese momento. Me cuesta imaginar el instante exacto en que mi tía comprendió que aquel besito de coco ya no tenía destinatario, que el hijo por el que llevaba tantos años luchando ya no iba a cruzar la puerta de la casa, que no volvería a preguntarle qué había para comer ni a hacer alguna de sus bromas. Hay cosas que una puede contar porque las conoce, pero hay otras que nunca podrá comprender completamente porque pertenecen al dolor de otra persona.

Después vino el funeral.

Y allí ocurrió algo que todavía recuerdo con mucha claridad: mi tía casi no lloró. Mientras nosotros podíamos verla y esperar que en cualquier momento se derrumbara, ella se dedicaba a atender a las personas que llegaban. Recibía a familiares, hablaba con quienes se acercaban, estaba pendiente de que todos estuvieran bien y parecía encontrar siempre algo que hacer. No estaba sentada entregándose completamente al dolor. Estaba ocupándose de los demás.

Durante mucho tiempo me llamó la atención. Pensaba en cómo era posible que una madre que acababa de perder a su hijo pudiera mantenerse de pie, hablar con la gente y ocuparse de tantas cosas sin dejar salir todo aquello que seguramente llevaba dentro. Pero con los años he aprendido que el dolor no siempre se parece al llanto. Hay personas que lloran desde el primer minuto y otras que necesitan mantenerse ocupadas porque detenerse significa enfrentarse a una realidad que todavía no pueden soportar. Quizá eso fue lo que hizo ella. Quizá cuidar de los demás fue la única manera que encontró de no quedarse sola con su propio dolor.

Después de tantos años, su vida había estado organizada alrededor de él. Los tratamientos, las diálisis, los viajes, los medicamentos, los hospitales, las comidas que podía o no podía consumir, las preocupaciones por su salud y todas esas decisiones que una madre termina aprendiendo casi de memoria cuando su hijo depende de cuidados constantes. Durante años había tenido una razón para levantarse, para organizar el día, para estar pendiente de los horarios y para luchar cuando las cosas no funcionaban como debían. De repente, aquella razón ya no estaba.



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En el texto hay: humor, amor, biografía

Editado: 17.09.2026

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