Después de su muerte descubrí que todavía me quedaban muchas cosas por conocer de él. Puede parecer extraño decirlo, porque habíamos crecido juntos y yo había compartido una parte enorme de su vida, pero nadie puede conocer completamente a otra persona. Hay versiones de nosotros que pertenecen a determinados lugares, a determinados amigos y a momentos en los que nuestra familia no está presente. Yo conocía al muchacho que estaba en casa, al que jugaba conmigo, al que me llamaba, al que me contaba cosas y al que muchas veces me dejaba ver lo que realmente sentía. Pero había otro él que yo no había podido conocer del todo: el que existía cuando estaba con sus amigos, cuando hacía música, cuando salía a dar una vuelta o cuando simplemente se sentaba a conversar con alguien durante horas.
Después de su muerte sentí la necesidad de acercarme también a esa parte de él. Empecé a preguntar. Hablé con algunos de sus amigos, con personas que habían compartido con él momentos que yo nunca había visto y, por supuesto, con mi tía, que podía contarme muchas cosas de su vida que yo no conocía. Escuché historias pequeñas, anécdotas que quizá en otro momento habrían parecido insignificantes, pero que después de perderlo adquirieron un valor enorme. Cada persona parecía conservar una versión diferente de él y, poco a poco, fui reuniendo todas esas piezas. Era como si después de su muerte todavía pudiera seguir conociéndolo.
Una de sus amigas me contó una historia que se me quedó especialmente grabada. En uno de sus cumpleaños, sus amigos habían preparado una torta para él y se puso muy contento porque nunca le habían hecho algo así. Aquello podía parecer un detalle sencillo, pero para él significó muchísimo. Se emocionó al darse cuenta de que sus amigos habían pensado en él y habían querido hacer algo especial para celebrar su cumpleaños. Cuando escuché aquella historia entendí que quizá muchas veces no necesitamos grandes cosas para sentirnos queridos. A veces basta con que alguien se tome el tiempo de pensar en nosotros, preparar algo con cariño y demostrar que nuestra presencia importa.
También estaban las historias de sus amigos de la música. Con ellos compartía las gaitas y una parte de su vida que le permitía expresarse de otra manera. Se reunían en casa de algún vecino, conversaban, hacían bromas y pasaban el tiempo juntos. Algunas veces incluso salían en moto. Cuando escuchaba esas historias podía imaginarlo de una forma que me gustaba mucho: fuera de una habitación de hospital, fuera de una consulta médica, fuera de las preocupaciones de nuestra familia. Podía imaginarlo sentado con sus amigos, riéndose de cualquier tontería, hablando de música o simplemente disfrutando de una tarde sin que nadie estuviera pendiente de su estado de salud.
También me hablaron de su manera de relacionarse con las muchachas. Era enamoradizo, cariñoso y tenía ese carisma que hacía que siempre hubiera alguna chica que le llamara la atención. No era algo que necesariamente llegara a convertirse en una relación seria, pero formaba parte de él. Le gustaba sentirse querido, le gustaba conversar, bromear y vivir esas pequeñas experiencias que cualquier muchacho de su edad quería experimentar. Su enfermedad podía poner límites a muchas cosas, pero no había conseguido quitarle la capacidad de ilusionarse con alguien ni de disfrutar de esos sentimientos.
Mientras escuchaba cada una de esas historias, comprendía algo que quizá siempre había sabido, pero que después de su muerte adquirió un significado diferente: él había dejado huellas en muchas más personas de las que yo imaginaba. No era solamente importante para nuestra familia. Había amigos que tenían sus propias historias con él, personas que podían recordar una tarde concreta, una broma, una canción, una conversación o un cumpleaños. Cada recuerdo demostraba que había existido una vida alrededor de él que no desaparecía simplemente porque él ya no estuviera.
Y eso era precisamente lo que yo quería conservar.
No quería escribir un libro en el que él apareciera únicamente como un muchacho enfermo que pasó por hospitales y tratamientos. Esa fue una parte enorme de su vida, y sería imposible contar su historia sin hablar de ella, pero no fue toda su vida. Antes, durante y entre cada una de esas dificultades hubo un muchacho que se reía, que hacía amigos, que quería música, que se enamoraba, que hacía planes, que buscaba sentirse útil y que disfrutaba de las pequeñas cosas.
Sus amigos me ayudaron a descubrir recuerdos que yo no tenía. Mi familia me permitió comprender otros momentos desde una perspectiva diferente. Y cada historia que escuchaba parecía devolverme un pedacito de él. No podía traerlo de vuelta, pero podía conocerlo un poco más. Podía entender que la persona que yo había amado como un hermano también había significado algo para muchas otras personas.
Quizá por eso decidí que sus recuerdos no podían quedarse solamente en quienes tuvimos la suerte de conocerlo. Quería reunirlos, guardarlos y contar su historia para que, cuando alguien leyera estas páginas, pudiera conocerlo más allá de su enfermedad. Quería que pudiera imaginarlo riendo con sus amigos, haciendo música, emocionándose por una torta de cumpleaños, saliendo en moto, hablando con alguna muchacha que le gustaba o simplemente pasando una tarde cualquiera con las personas que quería.
Porque cuando una persona muere, no desaparece todo lo que fue.
Quedan sus historias.
Quedan las personas que lo quisieron.
Quedan las fotografías, las canciones, las conversaciones y esas pequeñas anécdotas que alguien recuerda muchos años después y que, de repente, hacen que una persona vuelva a sentirse cerca.