Al diablo con mi ex.

Prólogo.

Prólogo:

Pov: Romina.

La mayoría de las personas creen que en el destino. Yo creo en las leyes de Murphy: si algo puede salir mal, saldrá mal.

Enviar a Caleb al diablo hace 6 años fue el acto más liberador de mi vida. Se sintió como soltar una granada justo antes de que explotara en mis manos. El problema es que las malditas granadas dejan cicatrices y las mías empezaron a arder en el momento en que ví este cucaracho entrar en la gala de la Fundación Villarroel.

—Sonríe, Romina, de lo contrario parecerás que estás planeando mi asesinato —me susurró al oído, sacándome de mis pensamientos con esa voz que me envió una corriente eléctrica que odie reconocer.

El muy idiota tenia una sonrisa perfecta de catálogo mientras que su mano, grande y cálida para mi gusto se posicionó en la curva de mi cintura con esa familiaridad que quemaba.

—Si me tocas un centímetro más abajo, Mariño, juro que el contrato no te servirá de nada porque estarás muerto —susurro mientras le clavo mis uñas en su brazo sin importarme que su traje italiano se pueda dañar.

El solo sonríe y afloja su agarre.

—Tú no deberías de estar aquí —digo manteniendo mi espalda recta y mi mejor máscara de futura ceo.

—Cierto, querida. Debería estar en una isla privada celebrando mi último éxito, pero resulta que ambos tenemos un problema que solo el otro puede resolver.

Caleb vuelve a rodear mi cintura con su mano firme. Y ahí está otra vez, el maldito contacto quemando a través de la seda de mi vestido azul.

Pero en este instante estamos frente a una docena de cámaras que buscan cualquier rastro de debilidad en la heredera del Imperio hotelero, lo que me llevo a comprender que mi regla de oro estaba a punto de hacerse añicos.

Habia jurado no volver a caer. Qué él era pasado. Pero aquí está, Caleb Mariño, ofreciéndome la única salida para salvar mi puesto, a cambio de la única cosa que yo no estoy dispuesta a darle: mi cercanía.

—Romina, es solo un contrato —añade él, inclinándose como si fuera a besarme en la mejilla, aunque sus ojos gritaban algo diferente—. Al diablo con el pasado. Finjamos que nos amamos y así ambos ganamos muñeca.

Mire su mano sobre la mía y luego a los fotógrafos. Si aceptaba, me metía voluntariamente en la boca del lobo. Y si me negaba, perdía todo por lo que había trabajado.

—Aceptaré, Mariño... —comencé, girándome para quedar a milímetros de su boca—. Asegúrate de no quemarte. Porque este juego lo voy a ganar yo.

Él sonrió de nuevo, con esa sonrisa que solía hacerme perder el norte pero ahora me daban ganas de borrarle de un bofetón e incluso dejarlo sin dientes.

No había vuelta atrás, el pacto estaba hecho. Estaba a punto de jugar con fuego con el hombre que me enseño lo que es el infierno.




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