El día de Romina había comenzado con un presagio de desastre. Primero, su cafetera italiana —aquella que ella juraba que jamás le fallaría—. Explotó, dejando una mancha de cafeína en su blusa de seda blanca minutos antes de una reunión crucial.
Pero eso no era todo, el ascensor de su edificio se averió, así que se vio obligada a bajar trece pisos en tacones de aguja. Primero muerta que sencilla.
Para Romina, las leyes de Murphy no eran una teoría, eran su biografía más personal. Si algo podía salir mal, saldría mal, y si además podía ser humillante, estaba segura de que Murphy se encargaría de ponerle banda sonora.
—Solo es un par de horas más —susurró a sí misma mientras se miraba en el espejo del retrovisor de su auto—. Vamos, sonríe, sé impecable y la presidencia será tuya.
Esa noche, el hotel Grand Villarroel brillaba bajo una luz dorada. La gala benéfica anual no solo era un evento de caridad: eso era el examen final de Romina, mejor dicho su tesis para poder graduarse.
Su tío Alfonso, era un hombre que media el valor de las personas por su árbol genealógico, su estado civil y la capacidad de no cometer ni un error, la observaba desde el rincón del salón como un buitre esperando un traspié.
Romina caminó por la alfombra Roja con un elegante vestido azul que abrazaba sus curvas y una determinación de hierro. Saludo a los inversores, memorizó los nombres de las esposas de diplomáticos y mantuvo una copa de champán en la mano que apenas probó. Solo necesitaba demostrar que era la candidata perfecta para ser la próxima CEO del imperio familiar: estable, centrada y sobre todo, fría.
—Sobrina, te ves tensa —la voz de Alfonso la interceptó cerca del buffet—. La Junta Directiva está muy impresionada con tus números, pero aún les preocupa tu... volatilidad.
—Tío... —dijo ella, pero el hombre continuó.
—Recuerda que una empresa de este calibre necesita una imagen de solidez familiar. No una mujer soltera que prefiere el libertinaje a una vida social respetable.
Romina suspiro mientras apretó el tallo de su copa.
—Mi solidez está en los beneficios del último trimestre, tío. No necesito un anillo en el dedo para dirigir una cadena de hoteles.
—Eso ya lo veremos sobrina —dijo él con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Por cierto, el nuevo consultor estratégico que la Junta ha contratado acaba de llegar, es un viejo conocido, creo, así que por favor, trátalo bien.
Romina miró a donde su tío le señalaba y su pulso le dio un vuelco. Un escalofrío familiar le recorrió la nuca, el mismo que sentía seis años atrás antes de que su mundo se hiciera pedazos. Abrió y cerró los ojos, varias veces, esperando que su visión estuviera equivocada.
Pero Murphy nunca fallaba.
En la entrada del salón, rodeado de una nube de fotógrafos que se peleaban por captar su atención estaba él: Caleb Mariño.
Llevaba un esmoquin que parecía esculpido sobre su cuerpo y esa expresión de arrogancia tranquila que solo poseen los hombres que saben que son los dueños del lugar. Su mandíbula estaba más marcada que antes, una mirada más oscura, pero su sola presencia seguía teniendo el mimo efecto que un incendio forestal.
Romina sintió que el aire se volvía denso. La última vez que lo había visto, lo había esperado durante seis horas en un restaurante bajo la lluvia, con un anillo de compromiso que él nunca llegó a ver y una humillación que se le tatuó en el alma cuando recibió ese mensaje de texto de una sola línea terminando todo.
Caleb movió la cabeza y como si tuviera un radar para detectarla, sus ojos marrones chocaron con los de ella. No hubo sorpresa en su rostro, solo una chispa de triunfo desafiante.
Él camino hacia ella, mientras que ignoraba a los empresarios que intentaban detenerlo, abriéndose paso como si el salón le perteneciera. Mientras que Romina se obligó a no retroceder, a mantener el mentón en alto aunque sus manos empezaron a temblar.
—Villarroel —dijo Caleb cuando estuvo a menos de un metro. Su voz era una vibracion baja que despertó recuerdos que ella había enterrado bajo mil capas de hielo.
—Mariño —respondió ella, forzando una sonrisa gélida—. ¡Que horrible sorpresa! No sabía que el diablo aceptaba trabajos de consultoría.
—El diablo siempre va donde hay algo que vale la pena quemar —respondió él dando un paso más, invadiendo su espacio personal, permitiendo que el aroma de su perfume, una mezcla de sándalo y peligro, la rodeará—. Y tú y yo tenemos muchas cosas pendientes, Romina.
Alrededor, los flashes no perdieron tiempo, se dispararon a mil por segundos. El rumor del encuentro entre los ex -herederos dorados corrió por el salón como la pólvora. Romina supo, en ese preciso instante, que Murphy se había superado a si mismo: su peor pesadilla no solo había vuelto, sino que ahora tenía el poder de destruir su futuro profesional, porque su mano no tardó en estrellarse en el rostro de Caleb.