El salón de la gala seguía con su vibración de la música y el tintineo de las copas de cristal, pero para Romina, el sonido de los flashes era lo único que retumbaba en sus oídos. Porque ahí estaba, Caleb, mirándola, haciendo que las cámaras capturaran una historia que no era cierta.
—Romina, al parecer mi presencia no es de tu agrado —le susurro Caleb, su voz apenas era un roce cerca de su oreja—. Trata de sonreír más natural, el público nos observa.
—No deberías de estar aquí, Mariño, tu presencia es un estorbo para mi sonrisa —siseo ella, manteniendo la sonrisa congelada para los fotógrafos.
Ambos caminaron hacia un pasillo lateral que conducía a la biblioteca privada del hotel. En cuanto las puertas dobles se cerraron tras ellos, el silencio cayó como una losa. Alfonso ya estaba allí, sentado en el sillón de cuero, sosteniendo una tablet con una expresión de triunfo que hizo que a Romina se le revolviera el estómago.
—Vaya, vaya. Los jóvenes amantes regresan a escena —dijo Alfonso sin levantar la vista del dispositivo—. Es impresionante lo rápido que se mueve el mundo hoy en día, Romina. No han pasado ni veinte minutos desde que cruzaron palabras y ya eres tendencia.
Alfonso le tendió la tablet. Romina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. En la pantalla, un portal de chismes de alto perfil mostraba la foto de Caleb inclinándose hacia ella. El titular era devastadoramente efectivo:
>"¿Cenizas donde hubo fuego? Romina Villarroel y Caleb Mariño: el reencuentro más esperado de la élite.">
Debajo, los comentarios volaban como pájaros.
"Se nota la tensión sexual desde aquí"
"Hacían la pareja perfecta"
"Si vuelven, las acciones de Villarroel subirán como la espuma".
—Esto es un malentendido, tío —declaró Romina, devolviendo la tablet con desprecio—. Mariño es solo un consultor que la junta contrató a mis espaldas. No hay nada más, ya sabemos como son estos malditos periodistas, no pueden ver algo porque ya se inventan una historia.
—Para el mercado, Romina, lo que "hay" es lo que ellos ven —sentenció Alfonso, poniéndose en pie—. La junta directiva está cansada de tus negativas a "asentarte". Creen que eres fría, impredecible. Pero miren esto... —señaló la pantalla—. El público te ama cuando estás con él. Te hace ver humana. Te hace ver... estable.
—¿Estable? ¿qué quieres decirme con esto, tío? —Romina soltó una carcajada amarga—. Rompimos hace seis años, tío. Lo envié al diablo por una razón. No pienso volver con él, ni estando loca.
—Y por esa misma razón, te doy un ultimátum —Alfonso se acercó, bajando el tono de voz—. Tienes tres meses antes de la votación final para el puesto de CEO. Si para entonces no has demostrado que puedes mantener una relación sólida, que eres una mujer con una imagen familiar que inspire confianza a los inversores internacionales, le daré mi voto a tu primo Julián.
—¡Julián es un inepto! —estalló ella.
—Pero está casado y tiene una imagen impecable —Alfonso se encogió de hombros y miró a Caleb, quien se mantenía en las sombras, observando la escena con una calma exasperante—. A menos, claro, que los rumores sean ciertos y ustedes hayan decidido darse una segunda oportunidad. Eso calmaría a los tiburones de la junta.
Alfonso salió de la biblioteca, dejando un silencio denso y cargado de electricidad. Romina se giró hacia Caleb, con los ojos echando chispas.
—Tú sabías esto —lo acusó—. Sabías que mi tío usaría esto para acorralarme, ¡eres un maldito cretino!
Caleb se despegó de la pared y caminó hacia ella con esa elegancia depredadora que siempre lo había caracterizado. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que Romina pudiera ver el marrón intenso de sus ojos, ahora desprovistos de su máscara pública.
—Yo también tengo mis propios problemas, Romina. Mi reputación como "tiburón despiadado" está espantando a los inversores que necesito para mi próxima fusión. Necesito suavizar mi imagen. Necesito una prometida que el mundo respete.
—Búscate a otra —espetó ella, aunque su mente ya estaba haciendo cálculos desesperados.
—Nadie más serviría. El mundo sabe que te amé... y que me odias. Si volvemos, es la redención perfecta para ambos. Tú obtienes tu presidencia y yo mi contrato internacional.
Caleb extendió una mano, la misma que ella había querido sostener para siempre y que luego quiso cortar.
—Solo tres meses de falsa felicidad, Villarroel. Un contrato, una mentira compartida y luego, puedes mandarme al diablo de nuevo. ¿Qué dices? ¿Jugamos con este fuego?
—Jamás —sentenció Romina, con la voz temblando de pura indignación—. No aceptaré un maldito trato contigo, Caleb. Prefiero perder la presidencia antes que venderle mi alma al hombre que me humilló frente a todo el mundo.
Caleb arqueó una ceja, impasible ante el veneno en sus palabras.
—Enfócate en el trabajo para el cual la junta te contrató —continuó ella, acercándose hasta que su dedo índice golpeó el pecho firme de él—. Y no te metas donde no eres bienvenido. Tú y yo terminamos hace años. No hay cenizas, solo tierra sobre tu cadáver.
Él abrió la boca para responder, pero la puerta de la biblioteca se abrió de par en par. Alfonso apareció con una sonrisa que destilaba una satisfacción malévola.
—Siento interrumpir el idilio, pero la prensa está impaciente. Los inversores están preguntando por el "acercamiento del año". Salgamos, la gala debe continuar.
Antes de que Romina pudiera protestar, la mano de Caleb se cerró sobre su cintura. Fue un movimiento posesivo, experto. Ella se tensó, sintiendo que la sangre le hervía, pero Alfonso ya los estaba guiando hacia el salón principal, donde las luces se volvieron cegadoras.
Frente a la prensa, la transformación fue instantánea. La máscara de acero de Romina y la arrogancia cínica de Caleb se fundieron en una actuación digna de un Oscar. Eran la pareja de oro: el regreso del romance más intenso de la juventud, la fusión de dos imperios hoteleros y financieros que harían temblar el mercado.