Su melena oscura como la noche estaba sumamente arreglada en una trenza prolija, pero segundos después la cubrió con su máscara. Su traje rojo resaltaba entre los demás trajes blancos de sus compañeros.
Al tomar su espada, la guerra fría comenzaba con lentitud, sintiendo la mirada de sus padres clavada en cada uno de sus movimientos. Sus manos temblaban, pero no tenía tiempo para equivocarse.
Lizbeth, con solo 22 años, se convirtió en la esgrimista más joven de su equipo, siendo reconocida por su talento. Torneo tras torneo era ganado y un trofeo más adornaba su enorme casa. Glen y Sabine, sus padres, eran reconocidos por ser los esgrimistas más famosos de su país y no iban a permitir que ese don se desperdicie. Su primer hijo varón, Clark, fue esgrimista desde niño, convirtiéndose en su favorito. Con solo 9 años viajaba por el mundo, compitiendo para llevarles un trofeo a sus padres, mientras que ellos cuidaban a su hermano menor, Austin. Querían que tuviera los mismos pasos que su hermano, pero su rebeldía fue mayor. No pudieron con él y quiso estar en un deporte diferente, el fútbol americano. Odiaron su idea y hasta dudaron en quitarle su apellido. Lo enviaron a una escuela militar para ocultarlo de los medios, y tomaron la decisión de tener a su hija menor. Lizbeth.
Ella desde niña quiso ser como su hermano. Escuchar a sus padres hablar sobre Clark, era algo maravilloso. Los ojos de su madre brillaban cuando hablaba de él. Quería que se sienta igual de orgullosa cuando hablase de ella. Pero debía superar a Clark.
Practicó por muchos años, noches sin dormir, días sin comer y logró entrar a una academia de esgrimistas privada, dirigida por su madre. Allí su talento fue reconocido y su nombre apareció por las redes sociales como quería. Pero casi en la cima, el filo de su propia espada la traicionó y le dio directo al corazón.
Casi por cumplir su sueño de ser el orgullo de sus padres, un torneo que parecía imposible de ganar se atravesó en su carrera, obligándola elegir entre el amor o el éxito.