Matthew abrió sus ojos bruscamente al escuchar su teléfono sonar. No había notado que se había quedado dormido. Frotó sus ojos y se incorporó tomando su teléfono entre sus manos. El contacto de Rita adornaba la pantalla.
Frunció el ceño y contestó sin más.
— ¿Rita?
— Matthew lamento interrumpir ¿Liz está contigo? -su pregunta lo tomó por sorpresa.
— No.
Su respuesta estaba llena de temor. El verla ayer irse de esa forma tan repentina…algo no estaba bien.
— Quedamos en que vendría a mi casa. Eso fue hace como tres horas y no puedo contactarla. Ella no es de desaparecer… -su teléfono comenzó a vibrar recibiendo otra llamada. Lizbeth.
— Rita, espera. Liz me está llamando.
Cortó la comunicación y contestó casi al instante esperando escuchar la dulce voz de la joven, pero una voz masculina lo tomó por sorpresa.
— ¿Hola? -él dudó en contestar -¿Usted es Matthew?
— Sí, soy yo.
— Le hablamos del Westbrook Medical Center. La señorita Lizbeth Valmont acaba de tener un accidente de tránsito.
Su mente quedó en blanco por completo.
— ¿Usted es familiar de la señorita?
— Sí -repondió casi por instinto.
— La señorita Valmont llegó hace unos minutos. Está siendo atendida, pero durante el traslado no ha dejado de repetir un nombre. El suyo. Por favor le pedimos que se acerque hasta el hospital.
Matthew abrió su boca para hablar pero el médico había cortado la llamada. Se colocó sus zapatos y salió disparado del cuarto. Austin, que aún seguía en la sala, se sobresaltó al verlo tan alterado.
— ¿Qué sucede?
— Llama a tus padres, Liz tuvo un accidente.
— ¿Qué? -esa pregunta salió sin fuerza, sino por shock.
— Hazlo -habló molesto -Está en el Westbrook Medical Center.
Tomó su casco y montó su motocicleta. No esperó a que la puerta del garaje se abriera por completo, su casco golpeó levemente el pequeño metal.
La distancia de su casa al hospital no era demasiada, pero era lo suficientemente larga para que la mente de Matthew lo traicionara. Los posibles escenarios que creaba su cabeza lo desconcentraban del camino. La imagen de Liz cubierta de vidrios rotos y sangre aparecía una y otra vez, obligándolo a apretar los dientes mientras intentaba mantener la mirada fija al frente. Presionó con fuerza el manillar y aceleró.
Sentía un ardor en el pecho que jamás había experimentado. Aquella desesperación, aquella ansiedad de no saber en qué estado se encontraba Liz, le producía una ira que no podía controlar. Quería llegar al hospital, quería verla con sus propios ojos y necesitaba escuchar de alguien que estaba bien, aunque una parte de él sabía que, si realmente hubiera estado bien, probablemente no habría recibido aquella llamada.
A poca distancia localizó finalmente el edificio del hospital. Esquivando algunos autos y personas, llegó a su destino, estacionó y bajó casi corriendo, arrojando el casco junto a su motocicleta sin importar siquiera cómo había colocado el seguro. Giró la puerta mecánica y se adentró en el hospital, repleto de personas. Caminó a pasos rápidos hacia las enfermeras y, con la voz temblorosa, preguntó:
— ¿Dónde está Lizbeth Valmont?
— ¿Disculpe?
La paciencia del joven estaba llegando a su límite.
— Una joven que ingresó por un accidente de tránsito.
— Venga conmigo, por favor -carraspeó su garganta un tanto incómoda por la presencia de las demás personas que oían su conversación sin vergüenza alguna.
— ¿Puede decirme si ella está bien?
— Está en el quirófano. No pensé que fuera usted el Matthew que ella nombraba.
— ¿Cuándo puedo verla?
— No saben cuánto tardará la cirugía. Lo llevaré con el doctor que la atendió antes de entrar al quirófano.
Matthew alborotó su cabello y frotó su rostro frustrado. Siguió a la enfermera hasta un consultorio. Tensó su mandíbula. El no obtener respuestas rápidas le provocaba demasiada ansiedad. Unos segundos después, un hombre de cabello castaño, con su bonita bata blanca apareció en el lugar.
— No pensé que el Matthew que mencionaba la señorita Lizbeth era el mismísimo Matthew Blackwell -alzó su mano para estrecharla con el chico, pero él solo lo observó con desdén.
Su mirada fría no tenía nada de miedo. Matthew permanecía completamente erguido, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula ligeramente tensa, esperando que el hombre dejara de lado las presentaciones y comenzara a hablar. No había llegado hasta allí para conversar ni para responder preguntas sobre quién era, necesitaba saber qué había ocurrido con Lizbeth y, sobre todo, en qué estado se encontraba.
El doctor pareció comprenderlo y bajó lentamente la mano.
— Tiene razón. Iré directo al punto. La señorita Valmont sufrió un impacto bastante fuerte, pero cuando llegó estaba consciente y podía responder a nuestras preguntas.
Matthew asintió.
— Tiene una herida considerable en el cuero cabelludo debido al golpe, pero por fortuna no parece ser grave. Los estudios iniciales no muestran una hemorragia intracraneal ni lesiones que, en este momento, representen un peligro inmediato para su vida. De todas maneras, tendremos que mantenerla bajo vigilancia durante las próximas horas porque algunos síntomas pueden aparecer después del traumatismo.
Matthew soltó el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta.
— Entonces estará bien.
No lo preguntó.
Lo afirmó.
Incluso su postura pareció relajarse un poco. La tensión que había llevado desde que recibió aquella llamada comenzó a disminuir, convencido de que lo peor ya había pasado y que, una vez terminara de atenderse la herida de la cabeza, Lizbeth despertaría y todo aquello quedaría reducido a un terrible susto.
Pero el doctor no respondió.
Matthew frunció el ceño.
— ¿Qué?
El hombre bajó la mirada hacia los informes que llevaba en sus manos.
— Hay otra cosa.