Al Ritmo Del Hielo

CAPÍTULO 1

Kyla

Sábado, 20 de mayo de 2028

La vida, por lo general, suele dar segundas oportunidades y permite enmendar errores, pero a mí nunca me concedió esa opción. Después de la operación de rodilla, cuando tenía diecisiete años, no volví a pisar el frío hielo. El miedo a que mi rodilla volviera a joderse me paralizaba.

Y cuando sufres una caída tan dura en la autoestima, terminas autodestruyéndote tú sola.

No necesitas a nadie más: tú misma cavas tu propia tumba.

— Este año hay muchas expectativas en el patinaje artístico sobre hielo —dijo el presentador—. Hay una nueva estrella en alza que está dando grandes pasos en las competencias nacionales del país.

Giré la cabeza hacia la televisión colgada en la pared. Fruncí el ceño mientras cogía un vaso de chupito de la barra.

— Y hoy la tenemos con nosotros —añadió, levantándose del sofá para darle la bienvenida—: Raelynn Scott.

El público estalló en aplausos.

La chica entró en el plató con una sonrisa radiante. Su pelo rubio y ondulado resultaba demasiado llamativo; inevitablemente, todas las miradas acababan posándose en ella.

Solté un profundo suspiro antes de dejar el vaso con brusquedad sobre la barra.

— Tu entrenador ha dicho en más de una entrevista que estás entrenando muy duro para volver a ganar el Campeonato Europeo.

— Sí, estoy decidida a seguir ganando en esa competición —respondió. El público volvió a ovacionarla—. Y espero poder competir en el Mundial del año que viene —añadió.

— Esta chica pisa fuerte.

Volví a girar la cabeza, esta vez hacia la izquierda. Los murmullos de la gente en el pub hicieron que la sangre me hirviera.

— Qué chica más guapa...

En cuestión de segundos, los brazos de alguien me rodearon el cuello.

— ¿No crees, Kyla? —la voz grave de un hombre me aceleró el pulso.

— Cállate... —murmuré.

— No te pongas así —me apartó el pelo para dejar mi cuello al descubierto—. Estoy seguro de que tú te mueves mejor bajo las sábanas que esa chica —su aliento chocó contra mi piel.

— Izan.

Ambos giramos la cabeza hacia la derecha. El dueño del pub nos observaba con el ceño fruncido.

— Llegas tarde —inclinó ligeramente la cabeza—. Como siempre.

Le lanzó un trapo.

— Ya puedes ponerte manos a la obra —añadió, señalando la barra—. Pásale el trapo.

— Sí, señor —se apartó de mí y caminó hacia el otro lado de la barra.

— Y tú —apoyó las manos sobre la superficie y fijó la mirada en mí—, ya puedes atender las mesas.

Solté un breve suspiro antes de bajar del taburete.

— No te pago para que no hagas nada —añadió, dejando la bandeja sobre el mueble.

— Sí... sí... —murmuré mientras la cogía y me la llevaba.

Desde hace poco más de un año vivo en la planta superior del pub. Niall, el dueño, me la alquila a un precio reducido a cambio de que le ayude todos los días en el local.

Caminé entre las mesas, atenta a los nuevos pedidos de los clientes.

— Nuestros compañeros de la cadena te han preparado un vídeo recopilatorio de todas tus actuaciones —dijo el presentador—. Espero que te guste, Raelynn —añadió.

Giré la cabeza hacia la pantalla. Fruncí el ceño al observar cada uno de sus movimientos sobre el hielo: sus pasos no eran fluidos; parecían mecánicos, casi robóticos.

— ¿Y quiere ir al mundial...? —resoplé, esbozando una media sonrisa.

— Oye, guapa.

Alguien me dio una palmada en el culo. Giré con rapidez hacia el hombre que estaba sentado en la silla. Forcé una sonrisa mientras apartaba su mano de mi cuerpo con la bandeja.

— Como vuelvas a ponerme una mano encima, te voy a reventar esa puta cabeza —dejé de sonreír al instante—. ¿Me entiendes?

— Cagna —susurró, recorriéndome de arriba abajo con la mirada—. No eres para tanto —añadió, gesticulando.

Tenía un acento cerrado de algún lugar de Italia.

Apreté la bandeja con fuerza antes de estamparla contra su rostro. El ruido seco retumbó por todo el pub, que quedó sumido en un silencio absoluto, roto únicamente por el sonido de la televisión.

— Espero contar con vuestro apoyo en el campeonato de enero —la voz de Raelynn resonó por el local.

— Ya la habéis escuchado —dijo el presentador—. No dudéis en ir a ver a la próxima estrella en alza de los Países Bajos.

Mi mirada seguía fija en el hombre, que acababa de levantarse de la silla. Se llevaba una mano a la nariz mientras, con la otra, me señalaba.

— ¿De qué coño vas? —gritó, con la vena del cuello marcada —¡Eres una puta zorra de mierda!

Sus manos avanzaron hacia mí, cargadas de rabia. Pero antes de que pudiera tocarme lo más mínimo, Niall se colocó delante de mí.



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En el texto hay: romance, lgtbiq, sportromance

Editado: 06.07.2026

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